No sé cómo les habrá sentado a los trujillanos que, en su última película, Indiana Jones se dedique a profanar la tumba del conquistador Francisco de Orellana. Bromas aparte, y hablando desde un punto de vista profesional, me parece que el trabajo de excavar una sepultura con varios siglos de antigüedad puede implicar ciertas contradicciones éticas. Me explico.
Pongamos el caso de un individuo de otra época o cultura que fallece y es enterrado. Supondremos que, de acuerdo con sus creencias religiosas, habría deseado que sus restos permaneciesen en el mismo lugar por los siglos de los siglos, y que su tumba jamás fuera violada. Además, es muy probable que el momento de la inhumación (o de la cremación) hubiese estado ritualizado, es decir, que se desarrollasen una serie de ceremonias, con el fin de hacer más solemne si cabe el acto universal de pasar a mejor vida (según algunos). Pero he aquí, que varias centurias más tarde, aparece un tipo que, sin afán de ofender al difunto, ni tampoco con ánimo de lucro por apoderarse de su ajuar, sino porque es su trabajo, porque por allí va a pasar una carretera o porque interesa estudiar las costumbres funerarias o el comportamiento demográfico de aquella población del pasado, pues va y desentierra al finado en cuestión, como el que saca patatas de un huerto.
Nosotros mismos, en pleno siglo XXI, por muy agnósticos y laicos que nos hayamos vuelto, somos los primeros a los que no nos apetece que dentro de quinientos, mil o dos mil años, viniera un arqueólogo y, por muy profesional que fuese, nos despertara de nuestro descanso eterno. Y menos gracia nos haría aún, si además resulta que es extranjero. Los pueblos de la antigüedad en cierto modo debieron prever que esto, tarde o temprano, podía suceder; por eso se inventaron toda clase de maldiciones dirigidas tanto a aquellos simples ladrones o curiosos insaciables que osaran profanar sus tumbas.

En alguna ocasión, durante las campañas arqueológicas en las que he participado, he tenido la oportunidad de exhumar una tumba. Recuerdo que la primera vez fue en la alcazaba de Mérida. Se trataba del enterramiento de un varón que, aunque adulto, llamaba la atención por su pequeña estatura. Por la posición se deducía que había sido inhumado según el rito cristiano, y según me contaron, podía llevar enterrado allí desde el siglo XIII o el XV. De ajuar funerario, no había nada de nada, por lo que también podíamos imaginarnos su condición social. Mientras limpiaba con cuidado y precisión aquellos huesos, no podía evitar pensar que en su día pertenecieron a una persona como yo, que aquel hombre habría tenido su familia, sus hijos, su trabajo… su vida, en definitiva. Aquellos huesos mondos y lirondos me infundían respeto, pero también me evocaban una cotidianeidad que nos estamos acostumbrados a percibir del pasado.
A pesar de los años que habían transcurrido, aunque no supiese nada sobre la vida de aquel sujeto, ni siquiera quedara nadie que se acordase de quién había sido, en todo momento procuré atender la tarea de desenterrar a este señor, o lo que quedaba del mismo, ante todo con mucho respecto, y después con la mayor solemnidad posible. Quizá en aquel momento habíamos roto siglos de anonimato, y aunque sus huesos no descansaran ya al calor de su tumba, sino metidos en una caja de plástico en un almacén del museo, este hombre del medievo podría seguir sintiéndose tranquilo, porque nadie había tenido la intención de despertarle de su descanso eterno.
Este respeto por los muertos del que hablo, me consta que es seguido a rajatabla por los arqueólogos judíos, los más profesionales de todo el mundo. Si en Oriente Próximo se descubre cualquier tipo de sepultura, sea de la época que sea, o pertenezca a una u otra cultura, se sigue un estricto protocolo en colaboración además con las autoridades religiosas.

Por todo esto se exige una profesionalidad en el ámbito de la Arqueología. Al igual que no todo el mundo está capacitado para ejercer la medicina, hay que saber diferenciar entre un aficionado y un arqueólogo profesional. Los ladrones de tumbas no sólo hacen un daño irreparable a nuestro patrimonio, sino que puede estar cometiendo un grave sacrilegio. Nos puede parecer una tontería, pero de nuevo os hago esta pregunta: ¿Qué pensaríais si un día alguien abriera la tumba de vuestros abuelos para comprobar si dentro hay algún tesoro?

- Del álbum de Las aventuras de Tintín: Las siete bolas de cristal (Hergé, 1943).

Por todo esto se exige una profesionalidad en el ámbito de la Arqueología. Al igual que no todo el mundo está capacitado para ejercer la medicina, hay que saber diferenciar entre un aficionado y un arqueólogo profesional. Los ladrones de tumbas no sólo hacen un daño irreparable a nuestro patrimonio, sino que puede estar cometiendo un grave sacrilegio. Nos puede parecer una tontería, pero de nuevo os hago esta pregunta: ¿Qué pensaríais si un día alguien abriera la tumba de vuestros abuelos para comprobar si dentro hay algún tesoro?
- Del álbum de Las aventuras de Tintín: Las siete bolas de cristal (Hergé, 1943).




























































