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miércoles, 2 de junio de 2010

«El pueblo de Cáceres»

Hace dos años, tal día como hoy, con motivo del bicentenario de la Guerra de la Independencia, decidí escribir una entrada en la que resumía cómo se habían sucedido los acontecimientos en la villa de Cáceres con posterioridad al levantamiento popular contra los franceses en Madrid, el 2 de mayo de 1808. En su momento, comentaba que el 2 de junio apareció un pasquín clavado en la puerta de la Audiencia, en el que se animaba a la insurrección frente a los franceses y se pedía a las autoridades que declarasen la guerra. Según varios autores, a las que seguía en mi argumento, éste panfleto supuso el revulsivo que motivó a las autoridades municipales a posicionarse en contra del ejército invasor, siguiendo el ejemplo del alcalde de Móstoles. Sin embargo, siempre pensé que tal episodio no era del todo verídico, que se trataba de una manera así como literaria de adornar los acontecimientos históricos, y que, por tanto, dicho pasquín no se había escrito o, por lo menos, ni siquiera se conservaba. Pero mira por donde que andaba equivocado: el panfleto que en su día un portero de la Audiencia encontró en su puerta, firmado por el pueblo de Cáceres, en alegato contra los ejércitos de Napoleón, existe como tal documento y se conserva entre los papeles de un legajo en el Archivo Histórico Municipal. Aquí tenéis su transcripción:


Combiene para la defensa de esta monarquía que los señores jueces que componen este superior tribunal, como el corregidor, manden inmediatamente que se haga el alistamiento de todos los hombres de hedad de diez y seis años hasta cuarenta inclusive, tanto de Cáceres como de su partido, y les provean de armas, para estar defensos de cualquier novedad que según el estado de las cosas puede y aún está próxima a suceder.

Asimismo combiene que en medio de la plaza se fixe bandera encarnada con letrero a un lado que diga «Cáceres», y al otro lado un víctor con caracteres que digan «Viva Fernando Séptimo». Así lo han hecho otras provincias como tan celosas de la patria, religión y cristiandad, y no sería vien visto que una provincia como la Extremadura, tan heroica y valerosa, se levantase la última, cuando ya no puede adquirir ningún mérito.

Así combiene y así lo pide este pueblo, so pena que no verificándose esto, se tomara el gobierno por su cuenta y recaerá sobre ellos y cualquiera otra persona que vaya sobre o contra lo aquí contenido las penas o castigo de «si las varvas de tu vecino ves pelar…»

Pueblo de Cáceres.

Archivo Histórico Municipal de Cáceres. Guerra de la Independencia. 1808. Primer Expediente General de la Junta de Gobierno.

- F. Jiménez Berrocal, Mª J. Teixidó, J. C. Martín Borreguero: La Guerra de la Independencia en Cáceres. Badajoz: Caja de Extremadura, 2008; pág. 160.

sábado, 29 de agosto de 2009

El asesinato del obispo Álvarez de Castro (29 de agosto de 1809)


Tal día como hoy hace doscientos años, las tropas francesas al mando del mariscal Soult irrumpieron a punta de bayoneta en las calles de la villa cacereña de Hoyos. Allí se había refugiado el obispo de la diócesis de Coria, don Juan Álvarez de Castro (1724-1809), con cuya vida acabaron sin miramientos, a pesar de ser una persona de avanzada edad y encontrarse postrado en la cama y enfermo.

Juan Álvarez de Castro y Muñoz había nacido el 29 de enero de 1724 en la localidad toledana de Mohedas de la Jara. A pesar de su apellido, nada tenía que ver con el heroico defensor de Gerona en la Guerra de la Independencia, que murió también a manos de los franceses unos meses después que nuestro personaje. Tras su paso por varias parroquias, sucedió como obispo de Coria a Diego Martín Rodríguez (1785-1789). El día de su consagración fue el 29 de marzo de 1790 y contaba entonces 66 años de edad.

En adelante destacó por su labor social en la mejora de los hospitales de la diócesis y la atención a los niños abandonados. A los 82 años, enfermo en cama y casi ciego, decidió trasladar su residencia a la villa de Hoyos, en la Sierra de Gata, un lugar más fresco, saludable y a poca distancia de la sede episcopal. Fue aquí donde le sorprendió la invasión francesa, a la que se opuso desde el principio y con decisión, publicando al menos dos pastorales en las que recomendaba la unión de los españoles frente al invasor y alentaba a los más jóvenes a tomar las armas contra los franceses. En una de estas cartas llegaba a comparar a Napoleón con el mismísimo Lucifer y, en otra, celebraba la derrota de los franceses en la batalla de Bailén.

Tan encendidas proclamas no debieron sentar nada bien a los franceses, que a pesar de lo escondido de su retiro, lograron encontrar al obispo postrado en la cama, donde sin posibilidad de huir ni pedir auxilio, fue presa fácil de la soldadesca, que tras maltratar y burlarse del desvalido anciano, terminaron por coserlo con la bayoneta y dispararle dos tiros, uno en los genitales y otro en la boca. Al día siguiente, fue enterrado sin solemnidad y con apresuramiento en la iglesia parroquial de Hoyos, en un emplazamiento que a día de hoy se ha olvidado. Así de ingrata se suele comportar la memoria con aquellos que consideramos héroes.


Bibliografía:
- J. F. Fogués: El ilustrísimo obispo de Coria D. Juan Álvarez de Castro, mártir de la Independencia española. Homenajes de la diócesis le dedica en el primer centenario de la Guerra de la Independencia. Cáceres: [s.n.], 1908 (Tip. de sucesores de Álvarez).
- M. Á. Ortí Belmonte: Episcopologio cauriense. [Cáceres]: Diputación Prov. de Cáceres, [1959]; págs. 155-157 y 197-200.
- A. Orive: «Álvarez de Castro, Juan», Diccionario de Historia Eclesiástica de España. Madrid: CSIC, 1972; vol. I, pág. 55.
- F. Jiménez de Gregorio: «Martirio y asesinato por los franceses del obispo de Coria Dr. Álvarez de Castro», Toletum, 33, 1996; pág. 125.
- F. J. Fernández de la Cigoña: «D. Juan Álvarez de Castro, mártir de la Independencia española», Historia en Libertad, 28 de mayo de 2008 (html).
- C. Ortiz: «Un programa de actos recordará al obispo Álvarez de Castro», El Periódico Extremadura, 8 de enero de 2009.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Testamento del teniente Ruiz (Trujillo, 11 de marzo de 1809)

En el nombre de Dios todopoderoso. Amén. Sepan cuantos esta carta de testamento vieren, como yo don Jacinto Ruiz, teniente coronel de los Reales Ejércitos y primer teniente del Regimiento de Guardias Walonas, hallándome enfermo del cuerpo, pero en mi entero juicio, memoria, entendimiento y voluntad; creyendo como firmemente creo el misterio de la Santísima Trinidad, y en la Santa Madre la Yglesia, como católico fiel cristiano que soy, en cuya fe y creencia he vivido y quiero morir, he determinado hacer esta mi disposición testamentaria en la forma siguiente:

Primeramente, mando mi alma a Dios Nuestro Señor que la crió, y quiero que mi cuerpo siendo cadáver sea sepultado en la yglesia parroquial donde muera, haciéndose el entierro en la forma y modo que dispongan mis albaceas.

Ytem quiero que se digan por mi alma veinte misas rezadas, que se celebrarán si no hubiere impedimento por el presbítero don Manuel Salvador Carmona, dándole de limosna cinco reales por cada una.

Declaro que el maestro de sastre Ramón Albior, que vive en Madrid, calle de la Montera, me es en deber cierta cantidad de dinero, que por no acordarme de quanto es y fiando en su hombría de bien, quiero que se cobre.

Declaro que José Monrabio, sargento de las Milicias Probinciales de Trujillo, me debe también trescientos veinte reales, que se cobrarán a la mayor brevedad posible.

Declaro que el padre capellán del Regimiento de Jaén, don Nicolás Herrera, me debe igualmente seiscientos quarenta reales, que se cobrarán en la misma forma.

Declaro que en la actualidad poseo los vienes siguientes: doce mil reales en dinero efectivo; un relox de plata; dos cubiertos del mismo metal; dos sortijas de oro, la una con un vrillante; una maleta; seis camisas; quatro pares de calzetas; dos pares de calzetines; nuebe pañuelos; un mantel; tres serbilletas; una thoalla; tres clarecos, el uno elástico; tres pares de pantalones; dos capotes; tres pistolas; dos almoadas; y un cavallo con los arreos de montar.

Declaro que el maestro de sastre Agustín Gioter, vecino de Cádiz le debo cierta cantidad de reales, que consta de un recibo que le tengo hecho, y se le pagará de lo más efectibo de mis vienes.

Declaro que también debo cierta cantidad de dinero a otro maestro de sastre, al que igualmente tengo otro recibo, y se le pagara con la brevedad posible.

Quiero que si se presentase algún documento mío por donde se acredite que deba alguna cosa, que se pague no dudándose de su certeza.

Declaro también que deje en Madrid, en casa de mi señora, doña María Paula Viviano, algunas ropas, que en caso de haberse salvado del enemigo, y si se rescatan, se unirán al cuerpo de mi caudal, y se imbertirán como lo demás.

Quiero que el cavallo, y los demás efectos que dispongan mis albaceas, se vendan a los sujetos que los quieran, y por el precio en que se contengan, lego a la señora doña María de los Dolores, vecina de Cádiz, mil reales de vellón. Lego igualmente a José Cavarini, mi asistente, dos camisas, dos chalecos, dos pares de calzetas, dos pañuelos, unos pantalones de paño negro, y unas votas a arbitrio de mis albaceas.

Lego también a don Manuel Rodríguez y Valle la sortija de oro del vrillante, en memoria de la amistad y cariño que le profeso; e igualmente al teniente coronel don Juan Cevollino, mi tío, la otra sortija de oro.

Lego las espuelas de plata a mi hermano don Ignacio Ruiz; un cubierto de plata, a mi otro hermano don Antonio Ruiz; y el otro cubierto a doña Salvadora Ruiz, mi hermana; y quiero que se reparta también por iguales partes entre dichos mis tres hermanos lo que, decididos los legados, quedare líquido del tercio íntegro de mis vienes.

Instituyo por mi único y universal heredero del remanente de todos mis vienes a don Antonio Ruiz, mi padre, para que los haya y herede con la vendición de Dios (se incluye el relox).

Nombro por mis albaceas testamentarios a los referidos señores don Manuel Rodríguez y Valle y don Juan Cevollino, teniente coronel del Regimiento de Badajoz, a quienes doy poder absoluto, y cada uno
in solidum para que cumplan este mi testamento en la forma que dejo dispuesto, y sin ninguna ulterior diligencia judicial, pues quiero que todo se haga amigablemente sin estrépito.

Y por este mi testamento reboco y anulo quales hice antes de ahora, por escrito o de palabra, y quiero que ninguno otro sirba; sin embargo, en qualesquiera cláusula que contenga, sino es el presente, el que solamente quiero que valga, en la vía y forma que mejor combenga. Así lo otorgo siendo testigo el presbítero don Manuel Salvador Carmona, el teniente coronel don Juan Cevollino y el licenciado don Francisco Ortiz y Flores; y con los referidos testigos, los firmo en Truxillo a once de marzo de mil ochocientos nuebe.

Para ver dos entradas relacionadas, pincha aquí y aquí.

viernes, 27 de febrero de 2009

Palacio de los Condes de Adanero

Hace unos meses me pareció oportuno dedicarle sendas entradas a dos de las casas palaciegas más conocidas del casco antiguo cacereño: la de los Ribera y la de la Generala. En aquella ocasión, además de comentar algunos aspectos de su arquitectura, me refería también a las familias que vivieron en ellas. Con la excusa de seguir hablando de la historia y el patrimonio artístico de nuestra ciudad, he decidido continuar este paseo por donde lo dejamos. Si ascendemos por el adarve, el siguiente edificio digno de mención que nos encontraremos es el que se conoce como Palacio de los Condes de Adanero, justo enfrente del postigo de Santa Ana.


Su fachada es sobria, toda de mampostería, y quizá por eso destaca aún más el magnífico portón, copiado de uno de los modelos que Sebastián Serlio recoge en sus Cinco libros de arquitectura, y que a su vez sigue el gusto manierista de Giulio Romano. La puerta arquitrabada se corona con un frontón que se abre para albergar las grandes dovelas superiores. En los laterales dos columnas fajadas encierran el mismo tipo de sillares, almohadillados y perforados con agujeros, que crean en el espectador la sensación de que en lugar de áspero granito puede acariciar suave terciopelo. Esta combinación plástica, capaz de generar tal efecto ilusorio, es propia del manierismo de finales del siglo XVI.


Alrededor se disponen varios vanos de manera asimétrica, con una interesante rejería el situado a la derecha. Sobre las ventanas del piso superior podemos contemplar las ya conocidas armas de Ovando-Mogollón: la cruz flordelisada cantonada de veneras y los dos osos con bordura de aspas. En la pared que hace esquina también vemos dos escudos de los Ulloa, marqueses de Castro Serna y condes de Adandero, actuales propietarios de la casa.

Si tuviéramos la suerte de visitar el interior, podríamos admirar un patio cuadrado con dos columnas toscanas que sujetan arcos de medio punto, en la parte baja, y un segundo piso claustrado con arcos escarzanos muy anchos. La colección de blasones que alberga también sería digna de mencionar.

El solar que actualmente ocupa el palacio perteneció a los Paredes, pero a finales del siglo XVI fue adquirido por Pedro Rol de Ovando y de la Cerda (1569-1637), segundo Alférez Mayor de Cáceres y caballero de Alcántara, quien posiblemente mandó construir la portada. La casa pasó entonces a formar parte de su mayorazgo, junto con otra de su propiedad --la que posteriormente sería conocida como la de la Generala--; por lo que durante años ambas pertenecieron a la misma rama de los Ovando, de la que ya tuvimos ocasión de hablar, y que desde 1655 ostentarían el título de marqueses de Camarena.

Tras la disputa que en el siglo XVIII dio lugar a la división de las ramas de los marqueses de Camarena la Real y Camarena la Vieja, la casa que nos ocupa pasó a pertenecer a estos últimos. Como ya comentamos, los descendientes de Francisco Antonio de Ovando Rol (1640-1679), tío del teniente general Vicente Francisco de Ovando Rol (1700-1781), le disputaron a éste el mayorazgo al que iba unido el título de marqués de Camarena. El pleito fue ganado finalmente por María Josefa de Ovando y Ovando (1751-1775), bisnieta de Francisco Antonio de Ovando, que desde entonces sería la quinta marquesa de Camarena la Vieja; mientras que el rey Carlos III compensó a Vicente Francisco de Ovando con el nuevo título de marqués de Camarena la Real.

María Josefa de Ovando era hija de Francisco Antonio Rol de Ovando y Carvajal († 1756) y Francisca Antonia de Ovando y Vargas (1731-1800), hija a su vez de Diego Antonio de Ovando y Cáceres (1691-1743), II marqués del Reyno. Al fallecer sin sucesión el nieto primogénito de éste, Diego María de Ovando y Cáceres (1755-1808), el marquesado del Reyno recayó en la descendencia de María Josefa de Ovando. Hay quien confunde a esta noble dama con María Cayetana de Ovando Calderón (1736-1802), la Generala, de la que ya tuvimos ocasión de hablar. Este error puede deberse quizá porque vivieron en la misma época, eran vecinas y ambas estuvieron casadas con militares. María Josefa de Ovando contrajo matrimonio en 1773 con Antonio Vicente de Arce y Porres, natural de Brozas y brigadier de los Reales Ejércitos; el primogénito de ambos, Antonio María de Arce y Ovando (1775-1832), como hemos dicho, acabaría reuniendo los títulos de VI marqués de Camarena la Vieja y V del Reyno.

Postal del palacio de los Condes de Adanero (1920)


Merece la pena que nos detengamos en la biografía de Antonio María de Arce, que, como su padre, fue un destacado militar que comenzó su carrera combatiendo en la Guerra de la Independencia. Con el regimiento de infantería de Plasencia tomó parte en numerosas acciones militares, como las del puerto de Mirabel y el puente de Almaraz (enero de 1809). Allí se mantuvo con su unidad hasta el 18 de marzo de ese mismo año, cuando se produjo la retirada del ejército del general Cuesta. También estuvo presente en la desgraciada batalla del Medellín (28 de marzo de 1809) y en el acantonamiento de tropas en Monesterio (Badajoz). Más tarde fue destinado con una brigada a la región del río Tiétar, donde permaneció hasta que fueron atacados por fuerzas muy superiores comandadas por los mariscales Soult, Mortier y Ney, no quedando más remedio que replegarse. Posteriormente le encontramos en Asturias, a las órdenes de su padre, y más tarde en el ejército del Marqués de la Romana. Después pasó al batallón de milicias provinciales de Trujillo, en el que estuvo destinado hasta el final de la guerra.

En 1820, encontrándose en Andalucía, se opuso a la sublevación del general Riego, que finalmente triunfó e impuso el régimen liberal de la Constitución de Cádiz. El Marqués de Camarena la Vieja se retiró entonces a Cáceres con real licencia, aunque al año siguiente estuvo destinado nueve meses en Zaragoza. Mientras tanto, en Cáceres se había desatado una feroz represión contra todo elemento realista, dirigida por el juez de primera instancia, y después jefe de lo político, don José G. Landero Corchado. A su regreso, Camarena se hizo cargo del mando militar de la provincia de Cáceres, y gracias a esta privilegiada posición, consiguió salvar la vida de algunos compañeros realistas.

Con el restablecimiento del orden absolutista en 1823, el Marqués de Camarena fue nombrado regidor perpetuo del Ayuntamiento cacereño. La Regencia le encargó también organizar el regimiento provincial de Trujillo y el de voluntarios realistas de Cáceres. Sin embargo, no se encontraba seguro en Extremadura, donde campaban a sus anchas partidas de salteadores, muchas de ellas dirigidas por liberales, como es el caso de El Empecinado, cuyas tropas saquearon Cáceres el 17 de octubre de 1823. Antes de poner en peligro su vida, decidió marcharse a Madrid, mientras su familia estuvo refugiada en Portugal. Un año antes de morir fue ascendido a mariscal de campo.

En 1816 había contraído matrimonio en Madrid con María Josefa Colón y Sierra († 1855), natural de Valladolid y descendiente nada menos que de Cristóbal Colón, con quien tuvo tres hijos. La primogenitura de los marqueses de Camarena la Real continuó con José Francisco de Paula de Arce y Colón († 1856), que en 1840 se casó con María de las Mercedes Aponte y Ortega Montañés (1822-1896), VIII marquesa de Torreorgaz y V de Camarena la Real, bisnieta de Vicente Francisco de Ovando y la Generala (v. entrada anterior). El único hijo de este matrimonio que llegó a la edad adulta fue García Ramón de Arce y Aponte (1844-1897), que reunió los títulos de VIII marqués de Camarena la Vieja, VII del Reyno y de Torreorgaz, y conde de los Corbos.

Su interesante y controvertida biografía merecería por sí sola una entrada, no sólo para detallar sus innumerables amoríos, sino para analizar cómo acumuló en su persona buena parte de los grandes títulos cacereños y sus fortunas. Murió soltero en San Juan de Foz (Portugal), y al no contar con descendencia legítima, los marquesados de Camarena la Vieja, Camarena la Real y el condado de los Corbos, pasaron a los Carvajal de la Calle Empedrada; el marquesado de Torreorgaz, a los Jaraquemada y a los Velasco; y el marquesado del Reyno quedó vacante, por tratarse de un título napolitano. El palacio que nos ocupa quedó entonces en manos de José María de Ulloa y Ortega Montañes (1839-1905), IX conde de Adanero y VIII marqués de Castro Serna, que era medio hermano de la referida doña Mercedes de Aponte y, por tanto, tío del último marqués del Reyno.

José María de Ulloa, sin embargo, no vivió nunca en el palacio del que hoy nos ocupamos, sino en el cercano y conocido como del Vizconde de Roda, que pertenecía a los Ulloa, señores de Pajarillas, de los que también era descendiente. El conde de Adanero, o marqués de Castro Serna --que cuando uno goza de tantos títulos, da lo mismo llamarlo por uno o por otro--, reunió una gran colección de obras de arte, sobre todo pinturas, muchas de las cuales adquirió de conventos desamortizados o de familias nobles arruinadas por la desaparición del régimen de mayorazgos. Tan elevada debía ser su fortuna, que existe esta frase que todavía se emplea para aplacar los caprichos infantiles: «Tú te has creído que eres hijo del Marqués de Castro Serna».

Actualmente tanto el palacio como la magnífica colección siguen perteneciendo a los condes de Adanero y marqueses de Castro Serna, descendientes de éste que comentábamos. Cada vez que paso frente a la portada manierista, no puedo evitar pensar que tras ella se esconde parte de ese rico patrimonio que alberga nuestra ciudad monumental, que sabemos que existe, pero que por hoy no podemos apreciar.

Bibliografía:
- A. C. Floriano Cumbreño: Guía histórico-artística de Cáceres. Cáceres: Diputación Provincial, 1952, 2ª ed.; pág. 102.
- J. Miguel Lodo de Mayoralgo: Viejos linajes de Cáceres. Cáceres: Caja de Ahorros y Monte de Piedad, 1971; págs. 200-202 y 305-308.
-M.ª del M. Lozano Bartolozzi: El desarrollo urbanístico de Cáceres (siglos XVI-XIX). Cáceres: Univ. de Extremadura, 1980; pág. 220.
- M.ª A. Fajardo Caldera; J. M.ª Gómez Flores: La tarjeta postal en Cáceres (1900-1940). Badajoz: Cicón Ediciones, 2002; pág. 44.
- J. M. Mayoralgo y Lodo; A. Bueno Flores: Cien personajes cacereños de todos los tiempos: sus vidas contadas en dibujos de forma divertida. [Badajoz]: Corporación de Medios de Extremadura, [2004]; págs. 49 y 66.
- F. Acedo: «Aires de Roma», El Periódico Extremadura, 4 de septiembre de 2005.

sábado, 4 de octubre de 2008

Carta del teniente Ruiz (4 de octubre de 1808)


Exmo. Señor, Presidente, y demás Vocales de la Junta Suprema.

D.n Jacinto Ruiz y Mendoza, I.er Ten.e del R.l Cuerpo de Guas. Walon.s con el respeto devido hace presente: Que á su llegada á esta Plaza desde la de Madrid donde se hallaba, en la curación de las heridas q.e recivió el día 2 de Mayo, en la defensa del Parque de Artillería, no hizo presente á V. E. ni su corto mérito en aquella acción, ni los deseos q.e le asistían de llebar un distintibo q.e lo autorisare á la vista del Público. Por el Gefe del Estado Mayor se le pasó un aviso p.ª q.e así él, como todos los Oficiales y Soldados de su Cuerpo q.e llegaron al mismo tiempo, pudiesen llebar el Escudo concedido á los prófugos de Portugal.

No solicita el exponente ser preferido á nadie ni hacer ostentación de un Serv.º q.e cualquiera otro Oficial huviera hecho en igual.s circunstancias, ni tampoco manifestar q.e la grave herida, q.e aún tiene abierta, fue efecto de otra cosa que de las vicisitudes de la suerte Militar; pero sí desearía q.e V. E. como tan recto, justo y generoso, (y á quien tantos motivos tiene p.ª vivirle agradecido), se dignase mandar q.e se le habilite de una orden, Certificación, ó qualquiera otro documento, p.ª autorizarle á llebar á quel distintibo, ó qualquiera otro q.e V. E. quisiera señalarle en consideración á su corto merecim.to, pudiendo estar V. E. bien persuadido á q.e nada anhela con más interés que buscar ocasión donde acreditar el deseo de sacrificarse por la Nación, el Rey, Religión y esta Provincia.

Quartel Gen.l de Badajoz, 4 de Oct.e de 1808.- Exmo. S.or=Jacinto Ruiz y Mendoza.



Líbrese la certificación el primer Teniente de R.s Guardias Walonas D.n Jacinto Ruiz y Mendoza diciendo se le ha concedido, por esta Suprema Junta el mismo Escudo de distinción, señalado a todo Militar, fugado de Portugal, hallándose Prisionero de los Franceses, por el Amor y Patriotismo, con que huió de Madrid, luego que las grabes heridas que recivió tan gloriosam.te, el día dos de Mayo en aquella Corte, le permitieron dejar la cama; con las quales abiertas aun se presentó a alistarse entre los defensores de esta Prov.a, por cuio motivo, y el distinguido Mérito q.e contrajo en la defensa del Parque de Artillería, le señala la misma Suprema Junta otro nuebo Escudo de distinción como premio del valor, del qual deberá vsar antes de aquel, ese Escudo será una Corona de Laurel y en la circunferencia dirá: Por Fern.do 7º y la defensa del Parque de Art.a el día dos de Mayo de 1808.

Badajoz, 4 de Octubre de 1808=Josef Galluzo

Ramón Gómez Villafranca: Extremadura en la Guerra de la Independencia. Memoria histórica. [s.l.]: Muñoz Moya, 2004. Págs. 38-39.

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miércoles, 1 de octubre de 2008

Premio Fundación "Xavier de Salas" para Jóvenes Investigadores


El sábado pasado, en el Convento de la Coria de Trujillo, tuvo lugar la clausura de los XXXVII Coloquios Históricos de Extremadura, con una interesante conferencia pronunciada por el profesor Miguel Ángel Melón, que llevaba por título Extremadura, 1808-1812. Claves para entender el final traumático de una sociedad en crisis.

Al final del acto, se procedió a la entrega de los premios correspondientes a estos coloquios históricos. Tal como anuncié en su momento, el que escribe estas líneas participaba en dichos coloquios con una comunicación cuyo resumen podéis encontrar en una entrada anterior. Modestia aparte, ahora me complace comunicaros que el jurado consideró que mi ponencia era merecedora del premio otorgado por la Fundación Xavier de Salas para jóvenes investigadores.

Aprovecho la ocasión para agradecerles a la organización de los Coloquios y a la Fundación Xavier de Salas no sólo que me concedieran este galardón, sino además la oportunidad de participar en estas jornadas. Para cualquier persona como yo, que en estos momentos de su vida comienza a dar sus primeros pasos en el proceloso mundo de la investigación histórica, poder participar en actividades como estos coloquios supone una ocasión única, en primer lugar por la posibilidad de exponer los resultados de estas investigaciones, y después por la publicación de los mismos.

Los Coloquios Históricos de Extremadura, con una dilatada trayectoria de más de tres décadas, son y seguirán siendo punto de partida y referencia para todo aquel, profesional o aficionado, que sienta un especial interés por el pasado de nuestra región. Pasear por las actas de los coloquios, publicadas cada año en voluminosos tomos, supone encontrar artículos de gran calidad e interés sobre variedad de temas, épocas y lugares de la historia de Extremadura. Se trata de una fuente de documentación fundamental, a veces desconocida, de ahí que sea tan encomiable la labor de digitalización de estos fondos que actualmente se lleva a cabo. Por ello, me siento especialmente agradecido, no sólo por el premio, sino por haber tenido la oportunidad de participar en tan magnífico proyecto de difusión de nuestro pasado, nuestro patrimonio y nuestra cultura. En estos momentos ya estoy pensando en la comunicación que presentaré para el próximo año… os mantendré informados.

D. Jaime de Salas Ortueta, presidente de la Fundación Xavier de Salas, me hace entrega del Premio para Jóvenes Investigadores de los Coloquios Históricos de Extremadura en su XXXVII edición.

Foto de familia en la clausura de los XXXVII Coloquios Históricos de Extremadura. A mi izquierda, mi compañero y amigo Carlos Marín, también participante en estos coloquios.

sábado, 20 de septiembre de 2008

XXXVII Coloquios Históricos de Extremadura


El próximo lunes dará comienzo en Trujillo la XXXVII edición de los Coloquios Históricos de Extremadura, que este año están dedicados a la Guerra de la Independencia. La inauguración de los mismos correrá a cargo del profesor Fernando Sánchez Marroyo, que a las 21’00 h. intervendrá con una conferencia titulada Guerra y Revolución en España (1808-1814).

A partir del día siguiente se sucederán las ponencias. El miércoles 24 a eso de las ocho y media, le tocará el turno a un servidor. Por eso, aquí dejo un resumen de la comunicación que expondré.


La base alemana de carros de combate en las Arguijuelas, Cáceres (1936-1937)

En octubre de 1936 se asentó en los castillos de las Arguijuelas, en la carretera que va de Cáceres a Mérida, el cuartel general de una unidad de carros de combate enviada por el ejército alemán para apoyar militarmente a los insurrectos españoles. Al frente de la misma se situó el teniente coronel Wilhelm von Thoma, uno de los pioneros del arma blindada tras la Primera Guerra Mundial. En la base de las Arguijuelas, principalmente los alemanes se dedicaron a instruir a soldados españoles en la conducción de los tanques y el manejo de toda clase de armamento enviado por su país. Con esta comunicación se pretende dar a conocer los detalles que rodearon el establecimiento y funcionamiento de esta base militar, en uno de los lugares más emblemáticos de las cercanías de Cáceres. El carácter secreto de la misión motivó que las autoridades militares restringieran el contacto de los alemanes con la población civil. Sin embargo, era inevitable que se sospechara lo que sucedía en los castillos de las Arguijuelas, y un suceso luctuoso, como fue un accidente de circulación, acabó de aclarar las dudas sobre la nacionalidad e intenciones de quienes allí se encontraban alojados. Incluso los voluntarios alemanes fueron objeto de un homenaje municipal, por lo que todavía hoy día una de las principales avenidas de la ciudad lleva el nombre de su patria.

viernes, 15 de agosto de 2008

Nuestros aliados ingleses

Copio el siguiente artículo de Arturo Pérez-Reverte, de su columna de los domingos en El Semanal. Es de hace casi un mes, pero da igual. Como siempre, tenemos ocasión de disfrutar con una lección magistral de Historia, mientras el académico de la lengua aprovecha además para hacer amigos.

Esta semana que viene toca de nuevo conmemorar batallita. Y no se trata de una cualquiera: en Bailén, el 19 de julio de 1808, dos meses y medio después del 2 de Mayo, a las águilas de Bonaparte les hicieron cagar las plumas. Por primera vez en la historia de Europa, un ejército napoleónico tuvo que rendirse después de un partido de infarto, en el que nuestra selección nacional –tropas regulares, paisanos armados y guerrilleros– aguantó admirablemente los dos tiempos y la prórroga. También es verdad que fue la única vez que ganamos la copa, pues luego los franceses nos dieron siempre las del pulpo; o ganamos, cuando lo hicimos, con ayuda de las tropas inglesas que operaban en la Península. Si algo demostramos los españoles durante toda la campaña fue que para la insurrección y el dar por saco éramos unos superdotados, pero que a la hora de ponernos de acuerdo y combatir organizados no había quien nos conciliara. Paradojas de la guerra: por eso los gabachos nunca pudieron ganar. Acostumbrados a que alemanes o austriacos, por ejemplo, después de derrotados en el campo de batalla, se pusieran a sus órdenes con la policía y todo, preguntando muy serios a quién había que meter en la cárcel por antifrancés, no comprendían que los españoles, derrotados un día sí y otro también, no terminaran de rendirse nunca; y encima, en los ratos de calma, se incordiaran y mataran entre ellos mismos.


Al hilo de todo esto, un historiador británico se lamentaba hace poco de que aquí conmemoremos el bicentenario de aquella guerra con poco agradecimiento al papel que las tropas inglesas tuvieron en ella; ya que fueron éstas las que proporcionaron ejércitos disciplinados y coordinaron, con Wellington, las más decisivas operaciones. Y tiene razón ese historiador. En batallas y asedios, Bailén y los sitios aparte, la contribución británica fue decisiva. Lo que pasa es que de ahí a que los españoles deban agradecerlo, media un trecho. En primer lugar, los ingleses no desembarcaron para ayudarnos a sacudir el yugo francés, sino para establecer aquí una zona de continuo desgaste militar para su enemigo continental. Además, y salvo ilustres excepciones, su desprecio y arrogancia ante el pueblo español que se sacrificaba en la lucha fueron constantes, compartidos por la mayor parte de los historiadores británicos de entonces y de ahora. Por último, las tropas inglesas en suelo español se comportaron, a menudo, más como enemigas que como aliadas, cebándose en la población civil. Eso, manifestado ya durante la desastrosa retirada del general Moore en La Coruña, se evidenció en los saqueos de Ciudad Rodrigo, Badajoz y San Sebastián.


Y no hablo de trincar unas monedas y un par de candelabros. Historiadores españoles contemporáneos como Toreno y Muñoz Maldonado, por aquello de la delicadeza entre aliados, pasan por el asunto de puntillas; pero los mismos ingleses –Napier, Hamilton, Southey– lo cuentan con detalle. Sin olvidar la memoria local de los lugares afectados, donde todavía recuerdan los tristes días de la liberación británica. En Ciudad Rodrigo, por ejemplo, la toma de la ciudad a los franceses fue seguida de una borrachera colectiva –extraño, tratándose de ingleses–, asesinatos, saqueo de las casas de quienes salían a recibir alborozados a los libertadores, y violación de todas las señoras disponibles. Wellington atribuyó los excesos a que era la primera vez que sus tropas liberaban una ciudad española, y estaban poco acostumbradas; pero la cosa se repitió, aún peor, en la toma de Badajoz, donde 10.000 ingleses borrachos saquearon, violaron y mataron españoles durante dos días y dos noches, y culminó en San Sebastián, donde al retirarse los franceses y salir los vecinos a recibir a los libertadores, éstos se entregaron a una orgía de violencia, saqueos y violaciones masivas que no respetó a nadie. Luego vino el incendio de la ciudad: de 600 casas, de las que sólo 60 habían sido destruidas durante el asedio, quedaron 40 en pie. Habría sido ahí muy útil la feroz disciplina que, más tarde, Wellington impuso a las tropas que lo acompañaron en la invasión de Francia, cuando fusilaba sin contemplaciones a todo español que cometía algún exceso como revancha contra los franceses.

Puestos a eso, la verdad, simpatizo un pelín más con los gabachos. Al menos ellos saqueaban, mataban y violaban porque eran enemigos, tomando al asalto ciudades donde hasta los niños te endiñaban un navajazo. Los súbditos de Su Graciosa son harina de otro costal: iban a lo suyo y los españoles les importaban un carajo. Así que, en lo que a mí se refiere, que a Wellington y las tropas inglesas los homenajee en Londres su puta madre.

13 de julio de 2008

lunes, 2 de junio de 2008

El pueblo de Cáceres se levanta contra el invasor


Tal día como hoy del año 1808, las autoridades cacereñas firmaban un manifiesto en el que le declaraban oficialmente la guerra al ejército de Napoleón. Pocos después, estas mismas autoridades se agruparían en la llamada Junta Patriótica, encargada de coordinar los esfuerzos para hacer frente al invasor y gobernar la capital y su provincia.

Los acontecimientos acaecidos en Madrid el día 2 de mayo llegaron a Cáceres el día 4, por conducto del maestro de postas de Móstoles. Desde ese momento fue creciendo entre los habitantes de la población una expectante intranquilidad, a pesar de las tranquilizadoras noticias que llegaban por conducto de las autoridades. Sin embargo, se tuvo aquí puntual noticia de los levantamientos de Asturias y Valencia, y, aunque parezca paradójico, muy confusas las de Sevilla. El día 1 de junio, por un arriero llegado de Badajoz, se conocieron los sucesos allí acaecidos el 30 de mayo, sucesos que costaron la vida al conde de la Torre del Fresno, autoridad que había perecido al tratar de oponerse al levantamiento.

En la madrugada del día 2 de junio, cuando un portero de la Audiencia cacerense se disponía a abrir las puertas de la misma, encontró fijado a una de ellas un pasquín que, firmado por EL PUEBLO DE CÁCERES, invitaba a los cacereños a levantarse contra el Ejército francés.

Tal escrito fue el revulsivo que hizo, en parte por patriotismo y en parte por no ser víctimas de las iras populares, a las fuerzas vivas de la población declarar, en la tarde de aquel día, la guerra al francés, para lo cual se organizó un solemne cortejo que, desde la Audiencia, se dirigió al Ayuntamiento.

Fuente: A. Rubio Rojas: Cáceres, ciudad histórico-artística. Cáceres: [s.n.], 1985. Págs. 173-177.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Poema de Lord Byron dedicado a la batalla de La Albuera


Oh, Albuera! glorious field of grief!
As o'er thy plain the Pilgrim prick'd his steed,
Who could foresee thee, in a space so brief,
A scene where mingling foes should boast and bleed!
Peace to the perish'd! may the warrior's meed
And tears of triumph their reward prolong!
Till others fall where other chieftains lead,
Thy name shall circle round the gaping throng,
And shine in worthless lays, the theme of transient song.

(Childe Harold's Pilgrimage, canto 1st, XLIII)



Traducción:

¡Oh Albuera, campo de gloria y de dolor!
Cuando el peregrino espoleó su corcel en tu llanura,
¿Quién podría pensar que, en breve, aquel paisaje,
teatro confuso, sería sangre y tumulto?
¡Paz a los muertos! Ojalá los bélicos laureles
y los desgarros del triunfo prolonguen tu galardón.
Hasta que otros caigan y nuevos adalides se impongan,
tu nombre convocará extensas y admiradas muchedumbres
y lucirá en los versos deleznables de esta balada fugaz.

lunes, 19 de mayo de 2008

Crónica de la batalla de La Albuera

El 16 de mayo de 1811, tropas francesas provenientes de Sevilla y dirigidas por el mariscal Soult se aproximaban a la ciudad de Badajoz con el propósito de romper el cerco al que los aliados la sometían desde hacía apenas una semana. Pero antes de que pudieran atisbar las murallas que se yerguen sobre el Guadiana, el mariscal Beresford reunió un contingente de tropas españolas, británicas y portuguesas que salieron al encuentro de los franceses, plantándoles cara en los llanos que rodean La Albuera.

Las fuerzas españolas estaban al mando del general Joaquín Blake, quien contaba con la inestimable compañía del general Castaños, el héroe de Bailén. En total, el ejército aliado lo componían unos 14.600 españoles, 10.000 británicos y 10.000 portugueses. Frente a ellos, las fuerzas de Soult, aunque menores en número (sumaban unos 24.200 hombres), superaban a sus enemigos en habilidad táctica y experiencia en el combate.


La batalla comenzó cuando Soult lanzó en un ataque frontal sobre el pueblo a cuatro compañías de ulanos --los temidos jinetes lanceros polacos--, que cruzaron el río y sembraron el caos entre las filas aliadas. Pero esta primera embestida no era más que una estratagema para desviar la atención de los aliados, mientras el grueso del ejército francés se desplazaba hacia el sur con la intención de acometer una maniobra envolvente sobre su adversario.

Sin embargo, el coronel alemán Bertold Schepeler, que años atrás había combatido a las órdenes de Soult y ahora formaba parte del ejército aliado, advirtió las intenciones del mariscal francés y hubo tiempo suficiente para movilizar las tropas que pudieran repeler el ataque. A partir de entonces todo se complica y ambos ejércitos entablan una dura batalla, sucediéndose toda una serie de maniobras que no entro a detallar, por no aburrir. La lluvia y el granizo hacen acto de presencia, dificultando aún más la acción de soldados y jinetes, que tienen que combatir empapados y manchados de barro hasta las trancas. Con la niebla y el humo de la pólvora, la visibilidad se hace casi imposible, y en más de una ocasión tanto aliados como franceses no se percatan de que están disparando contra sus propias filas. El 57º Regimiento de Línea británico es aniquilado, y cuando su comandante, el coronel Inglis, es herido de muerte y le retiraban del campo de batalla, aún le quedan fuerzas para gritar: Die hard! Die hard! («¡Morid peleando!»). Desde entonces, a los miembros de este regimiento se les conocería como the diehards.

El mariscal Jean de Dieu Soult (1769-1851)

Las bajas para ambos contendientes fueron inasumibles: más de 13.000 entre muertos y heridos, lo que hace que esta batalla sea una de las más sangrientas de la Guerra de la Independencia. Los campos de La Albuera quedaron repletos de cadáveres sin enterrar. Ambos ejércitos se adjudicaron la victoria, aunque en tales circunstancias ni unos ni otros podrían presumir de ella. Se puede considerar que los aliados obtuvieron una victoria táctica, ya que Soult dio marcha atrás y regresó a Sevilla; pero poco después británicos, españoles y portugueses tuvieron que abandonar el asedio de Badajoz, que no pudo ser tomada hasta un año después, cuando el mismo general Wellington se presentó ante sus puertas.

Marshal Beresford disarming a Polish lancer at the Battle of Albuera, de T. Sutherland (1831). Beresford estuvo a punto de ser derribado por un ulano polaco, al que derribó un granadero de la escolta del mariscal.

Ayer, como todos los años, el pueblo de La Albuera revivió las horas trágicas de aquella batalla. Las tropas de Soult y Beresford volvieron a batirse frente al puente, los lanceros polacos sembaron el terror entre las filas aliadas y los cañones retumbaron contra las formaciones de los regimientos de voluntarios españoles y portugueses. Como ya he comentado en otras ocasiones, a veces las lecciones de historia no se aprenden en los libros, sino que es preciso vivirlas. Ayer fue la ocasión.

El mariscal Beresford, supongo, acompañado de su señora y un lacayo.

Oficial de gastadores.

El autor de este blog junto a las veteranas tropas de la Grande Armée y una portuguesa con bigote dispuesta a que le pidiera matrimonio.

¿El general Castaños?

Granaderos del Ejército Imperial.

Las tropas invasoras del mariscal Soult.

Regimiento de Dragones del ejército de Su Majestad.

Las tropas británicas desfilan por las calles de La Albuera.

Las descargas de la artillería provoca estragos en las filas enemigas.

Batería aliada.

Un voluntario catalán acompaña a una pareja de cazadores afanados en hacer blanco.

Fusilero escocés cargando su arma.

Infantería de línea británica.

El autor de este blog junto a algunos oficiales del ejército aliado. El primero por la izquierda es Daren Norris, descendiente Thomas Norris, un británico que combatió en La Albuera con el 57th Foot Regiment (Middlesex Regiment).

El coronel William Inglis al frente del 57º Regimiento Middlesex.

Tropas francesas y aliadas toman posiciones en el campo de batalla.

Tropas españolas con un estandarte donde declaran luchar por el rei Fernando VIIº. Así nos ha ido siempre, tomando por redentor al soplagaitas más inepto.

La Cruz de San Andrés, enseña de los antiguos Tercios, ondea orgullosa sobre los campos de La Albuera.

La niebla y el humo provoca momentos de confusión entre ambos ejércitos, que desorientados llegan a disparar contra sus propias filas.

La Guardia Valona cruza el puente al encuentro del invasor francés.

Fusileros del 23º Regimiento Royal Welch.

La artillería francesa trata de despejar el puente.

La insolencia de los gabachos se pasea sobre los cadáveres de los soldados aliados caídos en la batalla.



La carnicería ha sido igual para ambos bandos. Y para el incauto que se viera envuelto en el fuego cruzado...

Confraternizando con los supervivientes de la batalla.

Vota por CÁCERES. Candidata a Capital Europea de la Cultura 2016