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lunes, 25 de agosto de 2008

Los reinos combatientes

Ayer se celebró la ceremonia de clausura de una de las olimpiadas más infames de la Historia, un vergonzoso episodio que tendremos que sumar a lista de despropósitos humanos… y ya van tres: Berlín en 1936, Moscú en 1980 y, en estos quince días, Pekín. Ahora que todo terminó, las aguas vuelven a su cauce, y seguramente pasará bastante tiempo hasta que alguien nos vuelva a hablar de las violaciones de los derechos humanos en China, o conozcamos que continúan las protestas a favor de la independencia del Tíbet.

Ha sido difícil tratar de ignorar las noticias sobre la fastuosidad de los juegos o las medallas conseguidas --incluidas las de los deportistas españoles--; pero como prometí, he intentado mantenerme al margen, al igual que a partir de este momento volveremos a darle la espalda a lo que suceda en China y a los crímenes que allí se sigan cometiendo. Quiero que quede bien claro que mi postura va en contra de un gobierno y no de un pueblo, que no es sino quien sufre la tiranía y la represión; por eso deseo dejar aquí constancia de mi admiración por la civilización china, una de las más antiguas del planeta y cuya dilatada historia es fiel reflejo de su grandeza.


Si hace dos semanas le dediqué una entrada al primer emperador de China, de la dinastía Qin, hoy quería hablar un poco de toda la época que le precede, y que conocemos como los períodos de las «primaveras y los otoños» (722-481 a.C. ) y de los «reinos combatientes» (480-221 a.C.).

Desde finales del siglo XII a.C. a principios del siglo VIII a.C., la China central era un conglomerado de estados feudales vagamente gobernado por la casa real de los Zhou (周), establecida a orillas del río Wei. El señor feudal de la dinastía Zhou dominaba indirectamente hasta 1.770 feudos, cada uno de ellos gobernando por un comandante de guarnición o un miembro de la extensa familia real. En el 770 a.C. la capital de los Zhou, debilitada por las luchas de poder, fue saqueada por los bárbaros. El sistema feudal sobrevivió, aunque los feudos se independizaron progresivamente.


De forma gradual surgieron diversos estados fuertes, especialmente Chu (楚), en el sur, y Jin (晉), en el noroeste. Algo más débiles que éstos, pero lo bastante fuertes como para dirigir sus propios imperios a pequeña escala, eran Qin (秦) y Qi (齊) en el este. De este modo, en el siglo VI a.C. imperaba un equilibrio de fuerzas entre Chu, Jin, Qin y Qi. Había también una liga antihegemónica de estados para contener la creciente influencia de Chu, y potencias medias como Zheng (鄭). Ésta, con un gobierno vigilante y un ejército fuerte, cambió de alianzas catorce veces entre Chu y la liga contraria a Chu con el fin de mejorar su situación. No obstante, puesto que cada potencia requería alianzas con las otras, surgió una especie de sistema que fomentó la integración militar y política de China. Contribuyeron a este proceso el comercio, el crecimiento de las ciudades y la sustitución de las estructuras feudales por una burocracia hasta cierto punto tipificada.

En el siglo V a.C. Chu fue desafiado de nuevo, esta vez por sus vecinos del sur, Wu (吳) y Yue (越國), reino que finalmente salió victorioso. Mientras tanto, las grandes potencias de Jin, Qin y Qi se debilitaron debido a luchas internas de poder. La complejidad de la política china se incrementó todavía más. Al cabo de medio siglo de confusión, surgieron siete potencias mayores y seis menores. El único reino antiguo que sobrevivió a la sacudida fue Chu, que, aun siendo una potencia meridional, había asimilado la cultura septentrional de sus rivales, una parte del proceso de integración que recorría China pese a las fracturas políticas.


Siguió a continuación (del 480 al 221 a.C.) otro ciclo de luchas de poder conocido como el Zhang guo (戰國時代), al que ya nos referimos en la entrada anterior como «el período de los reinos combatientes». Se caracterizó por una falta de armonía progresiva: muchos de los patrones culturales y estructuras burocráticas que caracterizarían China durante los dos milenios siguientes se desarrollaron durante el período de los reinos guerreros. Aquella época generó asimismo una excelente filosofía, como la de Sun Tzu (孫子), autor de El Arte de la guerra (孫子兵法), y la de Xun Zi (荀子), un pensador confuciano que dijo algo así como: «La naturaleza del hombre es el mal, su bondad sólo se adquiere mediante la instrucción». Una frase que bien podría haber salido la boca de Thomas Hobbes, más de veinte siglos después.


viernes, 8 de agosto de 2008

El primer emperador

Con estas calores, lo mejor que uno puede hacer es ir al cine; pero no a ver películas que te hagan sudar, sino algo ligero (como las ensaladas), para pasar un buen rato y disfrutar del aire acondicionado de la sala. Por esto mismo, como ayer por la tarde tampoco tenía demasiadas pretensiones intelectuales, me acerqué a ver qué tal resultaba la tercera entrega de La Momia. ¿O es la cuarta? Ya no lo sé… La que lleva por título La tumba del emperador Dragón, que estrenaron hace poco. En esta ocasión tampoco voy a dar mi opinión sobre la película, porque ya sabemos que sobre gustos no hay nada escrito, y lo que a unos nos agrada a otros les parecerá menos que un cuento chino (nunca mejor dicho).


Y es que en esta ocasión, el ex-legionario Rick O’Connell se las tiene que ver nada menos que con el primer emperador de China, quien ha regresado de entre los muertos con la intención invocar a su ejército de terracota (los famosos guerreros de Xi’an) y así apoderarse del mundo. Como en todas las demás películas del género, volvemos a encontrarnos con pastiche difícilmente digerible, desde el punto de vista histórico. Sin embargo, a raíz de haber visto la película, me picaba la curiosidad y he sentido la necesidad de documentarme sobre los orígenes de la historia de China.

Es una verdadera lástima que, después de cinco años de carrera, toda la Historia que hayamos estudiado sea fundamentalmente la europea, acaso con algunas asignaturas dedicadas a América y lo típico que se trata sobre las civilizaciones egipcia y mesopotámica. Por eso, mi ignorancia acerca del pasado de países como la India, China o Japón es absoluta y vergonzosa. De todos modos, intentaré explicar en unas pocas líneas quién fue el primer emperador de China, en quien se inspira la película que fui a ver ayer por la tarde.


Desde el siglo V a.C., la región más oriental de lo que actualmente es China comprendía un conglomerado de reinos feudales, enfrentados entre sí por la hegemonía y constantemente en guerra unos contra otros. No es de extrañar que a este período de la Historia se le conozca como el de los «reinos combatientes» (戰國時代). Ya en el siglo III a.C., siete estados habían alcanzado una cierta preeminencia: eran los reinos de Qi (齊), Chu (楚), Yao (燕), Han (韓), Zhao (趙), Wei (魏) y Qin (秦). Este último, que se situaba más al oeste, empezó a destacar sobre los demás cuando su población aumentó considerablemente, gracias sobre todo al empleo de sofisticadas técnicas de irrigación que favorecieron una agricultura intensiva. El incremento demográfico permitió destinar mayor número de hombres a la guerra. Además, los Qin habían desarrollado una tecnología para la fundición del hierro superior a la de sus vecinos, que les facilitaba la fabricación de armas a gran escala. Ante tales circunstancias, en pocos años la disciplinada infantería del reino Qin se impuso a los desfasados ejércitos feudales de sus enemigos. Tratando de hacer un ejercicio de comparación con el mundo occidental, podríamos identificar al ejército de Qin con las legiones romanas, integradas por soldados profesionales, perfectamente pertrechados y uniformados; mientras que las tropas de los demás reinos serían más parecidas a las mesnadas nobiliarias del feudalismo europeo: un señor montado en un carro, al que acompañaban varios clientes y su séquito, y si acaso un puñado de campesinos mal armados y peor motivados, que habrían sido arrancados de sus tierras y obligados a dejar a sus familias.


En el 247 a.C. accedió al trono de Qin un niño de apenas trece años, de nombre Zheng (政). Según la leyenda, habían nacido en Handan (邯鄲), la capital del estado enemigo de Zhao. Su padre era un príncipe de la casa real de Qin llamado Zichu, que vivía en la corte de Zhao en calidad de rehén. Años más tarde recuperaría el trono que su hijo iba a heredar, aunque Zheng aún tuvo que dar un golpe de estado para librarse de los regentes y hacerse con el control completo del país. En estos momentos el joven Zheng tenía veintiún años, y pronto reemprendió las campañas militares para extender sus dominios a costa de los estados vecinos. Uno a uno, los reinos feudales fueron sucumbiendo al imparable empuje del ejército de Qin: Han en el 230 a.C., Wei en el 225 a.C., Chu en el 223 a.C., Yan y Zhao en el 222 a. C., y en el 221 a.C. Qi.


En este mismo año, unificada ya toda China, Zheng se proclamó emperador y adoptó el nombre por el que sería conocido para la posteridad: Qin Shi Huang (秦始皇), que viene a significar algo así como «el primer emperador de Qin». Entre sus primeras medidas estuvo abolir el feudalismo y dividir el imperio en treinta y seis provincias, que serían dirigidas por gobernadores civiles y militares. Los nobles y los miembros de las casas reales de los estados derrotados fueron trasladados a Xiangyang (咸陽), la capital de Qin, en lo que es la actual provincia de Shaanxi. La unificación y la centralización política se completaron mediante un ambicioso proyecto de obras públicas: se acometió la construcción de una extensa red de carreteras y canales, que conectaban unas provincias con otras y permitieron un fluido intercambio comercial entre ellas, además que servirían para facilitar el traslado de contingentes militares, en el caso de que se produjera alguna revuelta o conato de resistencia frente al poder imperial en cualquier región, por muy remota que fuera. También se unificaron los pesos y medidas, la moneda, la escritura, las leyes…, todo lo cual me sigue resultando sorprendentemente familiar, si comparamos esta situación con otros imperios de la antigüedad, como pudo ser el romano.


En el ámbito de las obras públicas, tampoco nos podemos olvidar de la construcción de la Gran Muralla (長城). Aunque ya existían varios muros erigidos años atrás por los reinos del norte para hacer frente a las recurrentes invasiones de los nómadas mongoles, Qin Shi Huang emprendió la restauración de los tramos existentes y su ampliación, llegando a abarcar la obra definitiva una línea continua de fortificaciones que partía desde el océano y cubría una extensión de casi 7.000 kms. de longitud. Hoy día, cuando vamos a comer a restaurante chino, es raro que no nos encontremos con el típico cuadro de la Gran Muralla (junto a otros de osos pandas y gargantas en donde parece que el agua cae en cascada). Tonterías aparte, quería decir que generalmente tenemos la imagen de que la Muralla China está toda construida con ladrillos cocidos. Pero resulta que no es así, que las fotografías que estamos acostumbrados a ver son las de los tramos más vistosos, que se corresponden, por lo general, con los levantados por la dinastía Ming, ya entre los siglos XIV y XVII. La muralla original, y la mayor parte de ella, fue construida mediante tierra apisonada. Una técnica de edificación que puede parecer muy primitiva, pero que resulta muy efectiva y da un resultado bastante duradero… y, por cierto, que también me recuerda al modo en que los almohades erigieron las murallas de Cáceres.


En la construcción de la Gran Muralla, el emperador Qin Shi Huang empleó a más de un millón de súbditos, obligados a trabajar a destajo y en un régimen de semiesclavitud. Muchos no soportaron tales condiciones calamitosas y murieron a consecuencia del hambre, el frío y las enfermedades. Los que fallecían eran enterrados junto a los mismos cimientos de la muralla, por eso a veces también es conocida como el cementerio más largo del mundo.

Pero sí nos podía parecer que el proyecto más colosal de Qin Shi Huang fue la Gran Muralla, estamos equivocados. Su fama perduraría por siglos tras la construcción de su mausoleo, que, aunque algunos no me creáis, debió de ser el monumento funerario más impresionante y colosal de la Antigüedad… sí, sí, por delante de las pirámides de Egipto, de la tumba de Halicarnaso… y que de haber sido conocido Occidente, sin duda, se habría merecido la distinción de maravilla del mundo. A un kilómetro y pico de la tumba del emperador se localizaron en 1974 los famosos guerreros de terracota (兵馬俑), más de 7.000 estatuas de infantes y caballos, que se supone deberían acompañar al emperador en la otra vida… o quizá servir bajo su mando por si decidía regresar de entre los muertos y necesitaba contar con quien restaurar su reino. No lo sé.


Pero más impresionante aún debía ser la propia tumba del emperador, situada unos 33 kms. al este de la ciudad de Xi’an. Se trataba de una gran pirámide, mayor que la de Keops, aunque fue construida (como la muralla) con tierra apisonada, y hoy día sólo se puede distinguir una especie de montaña o meseta que destaca en el centro de las extensas llanuras que rodean Xi’an. Si lo veis desde el Google Earth, todavía se puede distinguir la forma de pirámide, y la verdad es que impresiona por sus dimensiones.


Las autoridades chinas aún no han concedido permiso para excavar semejante monumento, pero las sorpresas que puede deparar el hallazgo de la tumba del emperador Qin Shi Huang quizá constituya uno de los grandes hitos de la Arqueología. Algunos datos que hasta el momento parecían formar parte de la leyenda, parece ser que viene a ser confirmados por los resultados de prospecciones realizadas mediante georadar y otros sofisticados métodos. Por ejemplo, se cuenta que el interior del túmulo alberga varias estancias, ordenadas en pisos y algunas de grandes dimensiones. En una de ellas, el techo estaba tachonado de perlas, imitando las constelaciones celestes, y por el suelo discurrían ríos de azogue, lo que ayudaba a crear una atmósfera bastante onírica (y también tóxica). La leyenda asegura, por supuesto, que la tumba del emperador alberga indescriptibles riquezas, y por eso también son abundantes las trampas preparadas para impedir que los saqueadores hagan de las suyas. (Me dice mi hermano que esto que cuento se trata en la novela de Matilde Asensi, Todo bajo el cielo. Tendré que leérmela).


A medida que avanzaba su reinado, Qin Shi Huang se volvió más despótico, y por esta razón no fueron pocos los que intentaron derrocarle y atentar contra él. El emperador se comportaba como un paranoico, veía conspiraciones por todas partes y comenzó a ejecutar a diestro y siniestro a todo aquel que consideraba que podía tener motivos para odiarle. Incluso se cuenta que cada noche dormía en un edificio diferente del palacio, para evitar que le asesinaran, y que contaba con dobles que prestaban su presencia en actos oficiales y entrevistas con embajadores.


Qin Shi Huang murió en el 210 a.C. , cuando realizaba un viaje por la China oriental, según se dice, en busca de la fuente de la vida eterna. Sobre esto, la película que vi ayer también decía algo, aunque situaban la citada fuente en el Himalaya o por ahí. Por cierto, se me ocurre que sería interesante dedicarle una entrada a los mitos sobre la fuente de la eterna juventud. Pero esto mejor en otra ocasión.

Tras la muerte del emperador, sus consejeros se las ingeniaron para falsificar el testamento y conseguir que su hijo Fusu (扶蘇), a pesar de que era el primogénito, no pudiese acceder al trono de Qin, y en su lugar colocaron a su hermano pequeño Huhai (胡亥), quien en el fondo no fue más que una marioneta en manos de estos conspiradores. En poco tiempo surgieron por doquier revueltas campesinos y los nobles de los antiguos reinos aprovecharon la ocasión para reivindicar su independencia respecto al poder imperial. En el 207 a.C. otra conjura palaciega derrocó a Huhai y le reemplazó por el hijo de Fusu, Ziying (吳廣). Pero éste duro poco tiempo, ya que un general rebelde, de nombre Liu Bang (劉邦), no sólo acabó con la vida del último representante de los Qin, sino que tras vencer a sus enemigos implantó su propia dinastía, los Han (202 a.C. - 220 d.C.), que regirían los destinos de China durante casi cuatrocientos años. La obra de Qin Shi Huang no fue tan duradera como hubiese deseado.

Ahora os dejo con un documental que he encontrado sobre la historia de China, para que juntos nos ilustremos y conozcamos mejor a este imperio que, batido por siglos de historia, guerras e invasiones, ha llegado hasta nuestros días conservando esa grandeza que desde sus orígenes lo ha caracterizado.


parte 1 - parte 2 - parte 3 - parte 4 - parte 5


Precisamente hoy se inauguraban los Juegos Olímpicos en Pekín, pero como me propuse, no pienso decir una sola palabra al respecto. Esta indiferencia es mi forma de protestar ante las continuas violaciones de los derechos humanos por parte de las autoridades chinas.


Ahora sí, para terminar, y porque sé que a mi amigo Francisco Acedo le va a gustar, os traigo también un fragmento de la ópera The First Emperor, del compositor chino Tan Dun, que fue encargada por la Metropolitan Opera de Nueva Cork y que se estrenó el 21 de diciembre de 2006, contando con Plácido Domingo en el papel de Qin Shi Huang.




Bibliografía:
- Franco Martinelli: Historia de China. Barcelona: Editorial de Vecchi, 1975.
- John K. Fairbank: China. Una nueva historia. Santiago de Chile/Barcelona: Andrés Bello, 1997.
- J. A. G. Roberts: A History of China. Londres: McMillan Pub. Ltd., 1999.
- Sun Tzu: El arte de la guerra. Madrid: Trotta, 2001.
- Patricia Buckley Ebrey: The Cambridge Illustrated History of China. Cambridge: Cambridge University Press, 2002.
- Bamber Gascoigne: A Brief History of the Dynasties of China. Londres: Robinson Pub. Ltd. 2003.
- José Ángel Martos: El primer emperador. Madrid: Aguilar, 2006.
- Matilde Asensi: Todo bajo el cielo. Barcelona: Planeta, 2006.
- Pedro Ceinos: Historia breve de China. Madrid: Sílex, 2006.
- Jacques Gernet: El mundo chino. Barcelona: Crítica, 2007.
- Julia Lovell: La Gran Muralla: China contra el mundo (1000 a.C. - 2000 d.C.). Barcelona: Editorial Debate, 2007.

sábado, 5 de abril de 2008

Un motivo para no ver los Juegos Olímpicos de Pekín

Si no queremos que la Historia se repita...

viernes, 28 de marzo de 2008

Continúa la represión en el Tíbet

Desgraciadamente la situación no parece que haya variado mucho desde hace unas semanas para acá. A pesar de las declaraciones del Dalai Lama, que amenazó con «dimitir» si continuaba la violencia, los disturbios se han seguido sucediendo en las calles de Lhasa y otras ciudades del país. Como ya comentaba en una entrada anterior, el gobierno chino mantiene un férreo control informativo e, incluso, ha llegado a vetar qué información y qué imágenes podían distribuir portales de Internet como Yahoo y YouTube, siendo lo más grave que las compañías han accedido a las exigencias de retirar algunos contenidos. ¿Por qué? Muy sencillo: el mercado es el que manda y en China viven 1.300 millones de chinos, y muchos de ellos ya cuentan con ordenador y pagan su tarifa plana.

Apenas hay datos, los telediarios pasan por encima de las informaciones, aunque poco a poco se han ido colando imágenes que hablan por sí mismas. Mientras en algunos países, como India o Nepal, también se reprimen con brutalidad las manifestaciones de los exiliados tibetanos; algunos líderes mundiales ya han propuesto, aunque tímidamente, que de no solucionarse la crisis del Tíbet y seguir vulnerándose los derechos humanos en China, estarían dispuestos a boicotear los Juegos Olímpicos. En concreto, tales declaraciones corresponden al presidente francés, Nicolás Sarkozy, a quien precisamente no le profeso mucho aprecio, todo lo contrario que a su mujer… Pero ese es otro tema.

Algunos atletas han afirmado que no piensan participar en los Juegos Olímpicos, entre ellos el plusmarquista etíope Haile Gebrselassie, medalla de oro en las maratones de Atlanta y Sydney, aunque entre las razones que ha dado para no acudir a los juegos pesa más la contaminación atmosférica de Pekín, que según dice podría afectar a su salud.

En fin, como los telediarios están bastante ocupados con el frío que hace o deja de hacer estos días o con el reparto de la Mesa del Congreso, aquí van algunas imágenes que he podido encontrar, donde se demuestra la brutalidad de la represión de las fuerzas militares chinas y cómo sus países vecinos también hacen todos lo posible por acallar las protestas de los exiliados tibetanos.









Por cierto, me acabo de acordar: ¿sabíais quién fue el primer europeo que llegó al Tíbet? Pues un jesuita portugués, António de Andrade (1580-1634), que nació en la villa de Oleiros, muy cerca de Castelo Branco y, por tanto, de la provincia de Cáceres. Perdonadme la digresión histórica, pero me salen solas…

La manipulación y la ocultación informativa respecto al asunto del Tíbet es tal que en la página de vídeos de YouTube si haces una búsqueda relacionada, lo primero que aparece es la siguiente apología de la anexión, obra, sin duda, de algún agente del gobierno chino.



Algunos mapas históricos que se incluyen en este intento de documental son completamente falsos. China no ejerció ninguna influencia política sobre la región del Himalaya hasta el siglo XVIII, pero aun poco después fue sustituida por el protectorado británico. Antes, allá por el siglo XIII el Tíbet había formado parte del imperio mongol; pero los mongoles, lejos de la imagen de saqueadores que nos transmite la historiografía tradicional, gobernaron con benevolencia tanto ésta como otras regiones, promocionaron la cultura tibetana y llegaron a adoptar la versión del budismo que se practicaba por estas tierras, difundiéndola a la postre por el resto de Asia. El budismo mahayama es hoy día el mayoritario en el resto del mundo, incluso en la oficialmente atea China, mas que les pese a sus gobernantes. Hasta el siglo XVII, el Tíbet continuó siendo regido por dinastías mongolas independientes, que dieron su respaldo a la supremacía religiosa y moral del Dalai Lama, que actuaba como una especie de moderador entre los distintos nobles y regiones. Para ver un resumen más completo de la historia del Tíbet, se puede consultar la siguiente entrada de la Wikipedia.

Ahora bien, si en esta cartografía lo que se pretendía era plasmar que las rutas comerciales que por allí pasaban y ponían en relación a China con el resto del mundo, por las mismas, los límites del Imperio Romano deberían incluir al reino de los Partos o los desiertos de Arabia. El tránsito continuado por las rutas comerciales no quiere significar necesariamente que tenga que haber un control efectivo sobre las mismas.

Es muy fácil tratar de engañar al personal cuando se habla sobre asuntos que no son bien conocidos por la mayoría; más aún, cuando se utiliza la demagogia para equiparar procesos históricos que nada tienen que ver, como si la situación del Tíbet se pareciera en algo a la de los Balcanes, Canadá o, incluso, el País Vasco. Esto, además de falso, demuestra un resentimiento y una maledicencia superlativa. Por último, el argumento de que China ha traído el progreso y el desarrollo a una región secularmente pobre como el Tíbet no lo voy a discutir, pero servirse de ello para justificar el exterminio cultural y la represión, no nos llevaría sino a defender el colonialismo europeo del siglo XIX o el expansionismo de los nazis, por poner dos ejemplos.

Mapa en el que se muestra el Tíbet histórico, hoy dividido entre las provincias chinas de Qinghai, Sichuan y la región autónoma del Tíbet.

sábado, 15 de marzo de 2008

Libertad para el Tíbet

Mi primer conocimiento sobre el Tíbet lo tuve cuando era un niño, y entonces leía y releía Las aventuras de Tintín. No voy ha hablar ahora del héroe de mi infancia, porque seguro que tendré otra ocasión para hacerlo, pero recuerdo que aquel libro, el de Tintín en el Tíbet, era quizá en el que más evidentes se hacían los valores de compañerismo y amistad que Hergé trató siempre de transmitir a través de las historias del joven reportero. A diferencia de otros libros de la colección, en este caso no había ni una sola alusión a la situación política del país, a pesar de que se escribió en 1959, con motivo de la brutal represión con que el ejército chino había ahogado la rebelión iniciada unos años antes, y que tuvo como consecuencia la huida al exilio del Dalai Lama. Pero a medida que más me sumergía en aquellas viñetas --y con la ayuda de una enciclopedia--, lo iba comprendiendo todo. No se trataba más que de una bella metáfora.


Tintín se entera por un telegrama que su amigo Tchang, el niño chino que le ayudó en El Loto Azul, tiene la intención de viajar a Europa y visitarle; pero al poco tiempo recibe una trágica noticia: el avión que Tchang había cogido acababa de estrellarse en las cimas del Himalaya. Desesperado y angustiado, el muchacho del mechón pelirrojo comienza a tener la premonición de que Tchang no ha muerto. A pesar de que el capitán Haddock intenta hacerle desistir de tal idea, Tintín decide viajar hasta el Tíbet para encontrar a su amigo. Esta historia no era sino una manera de llamar la atención de los occidentales, a quienes se nos pedía no perder la esperanza ni dejar de apoyar al pueblo tibetano; pues igual que Tintín no la perdió en ningún momento y, al final, consiguió encontrar a su amigo sano y salvo, así podríamos mantener con vida a aquellos que el gobierno chino, desde entonces hasta el día de hoy, pretende doblegar y arrebatarles el bien más preciado con el que cuentan: su libertad.


En 1950 el ejército chino invadió el Tíbet, y entonces los monjes budistas, defensores acérrimos de la «no violencia», no opusieron resistencia a la ocupación. Pero en 1956 la situación de opresión era ya tan insostenible que estalló la rebelión. Los tibetanos poco pudieron hacer frente a uno de los ejércitos más poderosos (y numerosos) del mundo, cuando apenas contaban con un par de oxidados cañones de alguna lejana época medieval, y la comunidad internacional, una vez más, prefirió mirar a otro lado.


Desde hace unos días se ha vuelto a repetir la historia, y los tibetanos se han manifestado en las calles de Lhasa, desafiando a los soldados chinos, a quienes, de nuevo, no les ha temblado el pulso para abrir fuego contra gente indefensa. Nadie sabe cuantos muertos puede haber ni el alcance que están teniendo las protestas, pues el gobierno de Pekín mantiene una férrea censura sobre los medios de comunicación, incluso sobre los extranjeros, y poco o nada se conoce de lo que está sucediendo o pueda suceder.


En solidaridad con el Tíbet, me sumo a la campaña para boicotear los Juegos Olímpicos que este año se celebrarán en Pekín. Quedarse de brazos cruzados significaría volver a vivir unas olimpiadas que fueran la exaltación de un régimen totalitario, como las de Berlín en 1936. De nuevo, en nuestras manos está conservar la esperanza del pueblo tibetano y su deseo de alcanzar un futuro de paz y libertad. Hagamos como Tintín, y no cejemos en nuestro empeño.

El 1 de junio de 2006, Tintín se convirtió en el primer personaje de ficción galardonado con el premio Luz de la Verdad otorgado por el Dalai Lama. Simon van Melick, director de la Campaña Internacional por el Tíbet, dijo que «para mucha gente alrededor del mundo Tintín en el Tíbet es su primer contacto con el Tíbet, la belleza de sus paisajes y su cultura. Y es algo que ha ido pasando a través de generaciones».

La BBC es uno de los pocos canales de televisión que presta atención a lo que sucede en el Tíbet, aunque la información es muy confusa y llega por cuentagotas:

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