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domingo, 21 de marzo de 2010

«La extraña pareja»

Quizá a estas alturas alguno todavía se pregunte el porqué del título de este blog… La respuesta se encuentra en la letra de la siguiente canción, en este caso interpretada a dúo por Ismael Serrano y Lichis (el de La cabra mecánica).




Eran conocidos en las calles del barrio,
conocidos en todos los bares y tabernas.
Él tan alto, tan serio, tan pálido y delgado,
ella morena y frágil, tan graciosa y pequeña.
Él rondaba, más o menos, los cincuenta,
y ella debía tener no más de veinticuatro.
Él daba clases, creo, en alguna academia,
y ella estudiaba, creo, un curso de italiano.
Bebían y se amaban, o eso parecía,
discutían a veces, a veces sonreían,
se besaban y odiaban, pero nadie es perfecto,
el amor es difícil y extraño en estos tiempos.

La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.
El sol limpia las calles, la memoria,
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura.

Él entró una noche en el bar de costumbre,
iba vestido todo de riguroso luto,
venía borracho y solo, traía el gesto serio,
y en las manos una corona de difuntos.
Ella le había dejado, nos explicó sereno,
y había decidido considerarla muerta,
y brindar por su olvido y su descanso eterno,
y celebrar su entierro de taberna en taberna.
Así que allá nos fuimos, y para qué contaros:
vasos vinos y risas, alguna vomitona,
abrazos de amistad, eterna aquella noche.
Requiescat y brindemos por ella y su memoria.

La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.
El sol limpia las calles, la memoria,
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura.

Al salir de
El Almendro ya iba muy borracho,
se desplomó en el asfalto y me incliné a su lado.
Supe que estaba muriéndose de golpe,
dijo algo en mi oído, se deshizo en mis brazos.
Se lo llevó la ambulancia con su corona y todo,
y yo me fui a cumplir con su encargo maldito.
Llegué hasta el bar que él me había indicado
y busqué a la muchacha entre el humo y el ruido.
Por fin la vi, bailaba muy despacio,
refugiada en el cálido pecho de un muchacho.
Le conté, me escuchó, se abrazó a su pareja.
Yo no sé si lloró, no se veía apenas.

La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.
El sol limpia las calles, la memoria,
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

El derecho al delirio

El nuevo milenio nace un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio romano, que un buen día decidieron romper la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo de la primavera. Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho: un buen día, el papa de Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuándo nació.

El tiempo se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y teme esta frontera. Una invitación al vuelo. Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio.

La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio.

Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar.

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible: el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros; la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor; el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas.

La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar; se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir no más, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega.

En ningún país irán presos los muchachos que se niegan a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo; los economistas no llamarán
nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas; los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas; los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos; los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas; la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo; la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero.

Nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene; el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra.

La comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos; nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla; la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda; una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú; en Argentina, las
locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.

La Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo; la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»; serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma; los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar; seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo; la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Eduardo Galeano: Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI, 1998; págs. 341-344.


domingo, 13 de julio de 2008

Un tonto y una pared

subnormal.
1. adj. Dicho de una persona: Que tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a lo normal. U. t. c. s.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Niños de papá

Como ya conté en su momento, el anterior fin de semana estuve en Madrid, compartiendo unos días con mis amigos. El viernes por la noche fuimos a una discoteca por la zona de Princesa. Entre baile y baile me entraron ganas de ir al servicio y, cuando abrí la puerta, me encontré a un tío de Vigo profiriendo insultos y emprendiéndola a golpes con los lavabos y los urinarios. El pobre parecía fuera de sí, con la mandíbula desencajada y los ojos inyectados en sangre. Traté que se calmara. Agotado y jadeando como un perro, se limpió el sudor con el trozo de papel higiénico que le había alcanzado. Le pregunté qué le sucedía, a qué venía tanto alboroto… Indignado, aunque con acento gallego, me comentó que también había venido a pasar el puente a Madrid, pero que se había dado cuenta que en la capital del reino era imposible ligar. Todo lo contrario que en Galicia. (En este punto no sé si puedo darle la razón porque, desgraciadamente, nunca he estado en Galicia; a pesar que mi novia es genéticamente mitad gallega).

El de Vigo decía que en la Villa y Corte era imposible comerse un rosco. Me confesó que las mujeres sólo se fijaban en uno si «eras hijo de un torero» o si les mentía con «que tienes fincas y ganado». Por un momento me quedé asombrado, pero luego recapacité y le comenté que aquello me resultaba familiar, que de donde yo venía, aunque las mujeres, creo, que se fijan en otras cosas, sí es cierto que si deseas progresar es conveniente que seas un niño de papá (o de mamá).

martes, 13 de mayo de 2008

La justicia de San Martín

En cierta ocasión, hace ya muchos años, me presentaron a un tipo un tanto singular. Recuerdo que era una de esas personas afables, con los que apetece compartir una sobremesa, por la cantidad de anécdotas y el repertorio de chistes que tenía para contar. No me acuerdo de su nombre, ni tampoco por qué motivo le conocí. De todos modos, como he dicho, yo no debía tener más de doce años. Este señor me parece que era novelista, traductor… o algo parecido, y creo recordar que vivía en Mallorca.

Lo único que mi memoria se ha encargado de actualizar recurrentemente fue algo que le escuché contar y, aparte de porque me pareció una historia salida de una película de Woody Allen, ha sido algo sobre lo que cada cierto tiempo he venido reflexionando. Decía este señor que, al cumplir los cuarenta, cuando ya llevaba su tiempo casado, con los hijos medio criados, su empleo asegurado… --vamos, que tenía la vida resuelta--, no se le ocurrió otra cosa que coger el coche y recorrer el país de cabo a rabo, tratando de localizar y visitando una a una a todas aquellas personas que consideraba que años atrás le habían hecho pasarla canutas o, en un momento determinado, le habían jugado alguna muy gorda. Así que allá marchó el hombre, dispuesto a encontrarse al cura de su pueblo, el mismo que reservaba para sí el vino de misa y a él, cuando era un niño, le había castigado en varios ocasiones por sacrílego, por sólo mirar la botella; o aquel profesor, ignorante como los de antaño, que a base de pescozones y suspensos trataba de disimular su propio fracaso en la vida; o al sargento de la mili, representante de un estirpe antiheroica y arrogante, que la escasez de condecoraciones y medallas las suplía con la abundancia de almorranas en el culo.

Nuestro hombre, una vez que concertaba una cita con alguno de estos personajes, que en algún caso ya serían venerables ancianos, con amabilidad y una delicadeza exquisita, les explicaba que en determinado momento de su vida le habían jodido pero bien jodido y, aunque no les guardaba rencor, sólo quería manifestarles lo que pensaba de ellos: que eran unos hijos de la gran puta. Y ahí quedaba la cosa. Con la autoridad que proporciona la edad y la experiencia, y sin tener que deberle nada a sus interlocutores, este señor se quedó la mar de desahogado.

Debo reconocer que a veces he tenido la tentación de hacer lo mismo, eso sí, una vez que hubiera cumplido una edad prudencial y, como el colega, no tuviese ya nada que perder. Aunque, la verdad, estos son otros tiempos y tampoco me he encontrado por la vida con nadie a quien le haya visto un especial interés en fastidiarme, ni mucho menos en hundirme. Lo típico, algún envidioso o ese tipo de personas inseguras o insatisfechas que hallan su razón de ser en tener que quedar siempre por encima de los demás. En definitiva, nadie que merezca ni mi tiempo ni parte de mi ingenio. Además, tampoco vale la pena estar acordándote siempre de esta gente, ni planear nada en contra, porque precisamente por como son, ellos mismos se la acaban buscando. Como diría el refrán castellano, a cada cerdo le llega su San Martín.

100 entradas

Parecía imposible. Pero aún sigo aquí. Sin desfallecer por el camino, gracias a un poco de disciplina aderezada con ilusión, que es lo último que se puede perder, he ido cumpliendo el objetivo que me propuse hace unos tres meses. Y ahora me veo escribiendo mi entrada número cien. Lo cierto es que en este tiempo he sentido cómo la necesidad de escribir iba creciendo, a veces era tal que he llegado a descuidar otras obligaciones… Es extraño, pero se ha convertido casi en una rutina, este intento, a veces desesperado, de querer expresarme de la manera que mejor buenamente pueda, ya sea dando mi opinión sobre una película, hablando de los personajes de la serie Roma o, incluso, atreviéndome a analizar la actualidad, de mi ciudad, del mundo, de todo lo que me rodea...

Yo mismo no salgo de mi asombro. Me parece sorprendente que, sólo en el mes de abril, esta página haya recibido nada menos que novecientas noventa visitas. La media diaria viene siendo de unas treinta visitas, lo que no está nada mal. Me pregunto qué interés puede tener mucho de lo que escribo, cuando me doy cuenta que la mayoría de las veces son divagaciones de almohada o datos históricos que importan a muy pocos. De todas maneras, si sigo adelante es en parte porque me siento arropado por quienes diariamente son capaces de perder unos minutos de su tiempo para entrar en el blog. Por eso le quería dar las gracias a mi padre, a mi hermana, mi novia, y demás familia natural y política; a mis amigos, los que me siguen desde la capital del reino, a mis compañeros de facultad…; a los que participan con sus comentarios y a los que prefieren conservar el anonimato, a mis paisanos, y a mis hermanos del otro lado del charco… al que cada mañana me lee desde Caracas, al que se conecta desde California, al otro de Navas del Madroño, al de Torremejía… A todos, gracias. Nos seguiremos viendo, y espero no defraudaros.

Por cierto, la próxima semana hablaremos del Gobierno.

lunes, 18 de febrero de 2008

Ahora resulta que soy de izquierdas

Los que me conozcan quizás crean que estoy de guasa. Pero no, es el resultado de un cuestionario que acabo de rellenar, que te indica tu posición ideológica y orientación política. Cualquiera puede probar suerte, la página es la siguiente: http://www.politicalcompass.org/


A mí lo de ser de izquierdas o de derechas siempre me ha parecido una soberana memez. Pienso que no responde más que a la necesidad que tiene el ser humano de identificarse y sentirse identificado con algo, por la misma razón que un tipo puede ser del Betis o del Sevilla. Además, si por votar a un partido o a otro se puede considerar que uno es de un lado o el contrario, tampoco tendría por quien definirme, ya que durante estos años de mayoría de edad ningún partido ni ningún candidato han sido dignos merecedores de mi sufragio. Sin embargo, si ahora alguien me pregunta, podré responderle objetivamente que soy de izquierdas (ni autoritario ni demasiado liberal), aunque hasta el momento mi familia y mis amigos ni siquiera lo habían sospechado.

Por cierto, no entiendo que hace el Papa en el cuadrante de la izquierda y alguien como Romano Prodi en el de la derecha.

jueves, 7 de febrero de 2008

He-Man

Ver esto ha sido como retroceder a mi más tierna y remota infancia. También me ha hecho reflexionar sobre qué diferentes somos la gente de mi edad respecto a la generación de mis hermanos, tres o cuatro años menores, esos aún más jóvenes que crecieron con los Pokemon y la Game Boy Color.

De regreso

Hace exactamente un año inauguré este blog con la ingenua intención de que, al menos cada semana, podría escribir un par de entradas, y que, según me sintiera inspirado, hablaría aquí de uno u otro tema, ya fuera sobre lo personal o sobre lo ajeno, sobre lo humano o sobre lo divino, sobre lo cercano y conocido o acerca de lo universal e ignorado. Al final, el 2007 ha resultado ser un año intenso, me habrían sobrado motivos para redactar líneas y líneas, pero si no lo hice fue por falta de tiempo, por dejadez, o por ambas.

2007 será un año que recordaré con especial cariño. En este tiempo he disfrutado con mi trabajo en el Museo de Cáceres y, gracias a esta circunstancia, fue publicado mi primer libro. También terminé (al fin) y pude presentar mi Memoria de Licenciatura, un trabajo del que me siento muy satisfecho, con el que me he recreado investigando y escribiendo (y quizás por eso he tardado tanto), y que de aquí a un tiempo espero completar y enriquecer, para que también vea la luz en una futura publicación. Y así podría seguir enumerando actividades y circunstancias, que me hubiera gustado plasmar y compartir en este blog, pero que precisamente, al haber sido tantas y estar tan ocupado, me arrastraron a olvidar este proyecto que me planteé hace un año.

Espero en las próximas semanas poder echar la vista atrás, para rescatar del naufragio algunos recuerdos de este año que se marchó; aunque al principio parecía eterno, luego resultó ser como el amor, efímero y evanescente. Sólo el recuerdo nos puede salvar de que Saturno, amenazante con su guadaña y su reloj de arena, nos devore como a uno de sus hijos.

domingo, 28 de enero de 2007

Pasaba por aquí


No sé cómo he llegado. Tampoco quiero pensar en cómo regresar.
Ni cuándo, ni por qué.
Prefiero quedarme. Por un tiempo.
No creer en lo que me depara el futuro.
Sólo dudar.
Sólo soñar.
Acompáñame.
Y quizá mañana podamos escoger nuestra derrota.
Vota por CÁCERES. Candidata a Capital Europea de la Cultura 2016