domingo, 29 de junio de 2008

Ladrones de tumbas

No sé cómo les habrá sentado a los trujillanos que, en su última película, Indiana Jones se dedique a profanar la tumba del conquistador Francisco de Orellana. Bromas aparte, y hablando desde un punto de vista profesional, me parece que el trabajo de excavar una sepultura con varios siglos de antigüedad puede implicar ciertas contradicciones éticas. Me explico.

Francisco de Orellana (1511-1546)

Pongamos el caso de un individuo de otra época o cultura que fallece y es enterrado. Supondremos que, de acuerdo con sus creencias religiosas, habría deseado que sus restos permaneciesen en el mismo lugar por los siglos de los siglos, y que su tumba jamás fuera violada. Además, es muy probable que el momento de la inhumación (o de la cremación) hubiese estado ritualizado, es decir, que se desarrollasen una serie de ceremonias, con el fin de hacer más solemne si cabe el acto universal de pasar a mejor vida (según algunos). Pero he aquí, que varias centurias más tarde, aparece un tipo que, sin afán de ofender al difunto, ni tampoco con ánimo de lucro por apoderarse de su ajuar, sino porque es su trabajo, porque por allí va a pasar una carretera o porque interesa estudiar las costumbres funerarias o el comportamiento demográfico de aquella población del pasado, pues va y desentierra al finado en cuestión, como el que saca patatas de un huerto.

Nosotros mismos, en pleno siglo XXI, por muy agnósticos y laicos que nos hayamos vuelto, somos los primeros a los que no nos apetece que dentro de quinientos, mil o dos mil años, viniera un arqueólogo y, por muy profesional que fuese, nos despertara de nuestro descanso eterno. Y menos gracia nos haría aún, si además resulta que es extranjero. Los pueblos de la antigüedad en cierto modo debieron prever que esto, tarde o temprano, podía suceder; por eso se inventaron toda clase de maldiciones dirigidas tanto a aquellos simples ladrones o curiosos insaciables que osaran profanar sus tumbas.


En alguna ocasión, durante las campañas arqueológicas en las que he participado, he tenido la oportunidad de exhumar una tumba. Recuerdo que la primera vez fue en la alcazaba de Mérida. Se trataba del enterramiento de un varón que, aunque adulto, llamaba la atención por su pequeña estatura. Por la posición se deducía que había sido inhumado según el rito cristiano, y según me contaron, podía llevar enterrado allí desde el siglo XIII o el XV. De ajuar funerario, no había nada de nada, por lo que también podíamos imaginarnos su condición social. Mientras limpiaba con cuidado y precisión aquellos huesos, no podía evitar pensar que en su día pertenecieron a una persona como yo, que aquel hombre habría tenido su familia, sus hijos, su trabajo… su vida, en definitiva. Aquellos huesos mondos y lirondos me infundían respeto, pero también me evocaban una cotidianeidad que nos estamos acostumbrados a percibir del pasado.

Vista de la alcazaba emiral de Mérida

A pesar de los años que habían transcurrido, aunque no supiese nada sobre la vida de aquel sujeto, ni siquiera quedara nadie que se acordase de quién había sido, en todo momento procuré atender la tarea de desenterrar a este señor, o lo que quedaba del mismo, ante todo con mucho respecto, y después con la mayor solemnidad posible. Quizá en aquel momento habíamos roto siglos de anonimato, y aunque sus huesos no descansaran ya al calor de su tumba, sino metidos en una caja de plástico en un almacén del museo, este hombre del medievo podría seguir sintiéndose tranquilo, porque nadie había tenido la intención de despertarle de su descanso eterno.

Este respeto por los muertos del que hablo, me consta que es seguido a rajatabla por los arqueólogos judíos, los más profesionales de todo el mundo. Si en Oriente Próximo se descubre cualquier tipo de sepultura, sea de la época que sea, o pertenezca a una u otra cultura, se sigue un estricto protocolo en colaboración además con las autoridades religiosas.


Por todo esto se exige una profesionalidad en el ámbito de la Arqueología. Al igual que no todo el mundo está capacitado para ejercer la medicina, hay que saber diferenciar entre un aficionado y un arqueólogo profesional. Los ladrones de tumbas no sólo hacen un daño irreparable a nuestro patrimonio, sino que puede estar cometiendo un grave sacrilegio. Nos puede parecer una tontería, pero de nuevo os hago esta pregunta: ¿Qué pensaríais si un día alguien abriera la tumba de vuestros abuelos para comprobar si dentro hay algún tesoro?


- Del álbum de Las aventuras de Tintín: Las siete bolas de cristal (Hergé, 1943).

6 comentarios:

Francisco Acedo dijo...

Querido Antonio,
quiero decirte que me siente absolutamente identificado con tu reflexión. Hace poco, y ante el peligro de que hormigonasen unas obras en las que aparecieron unos huesos y, visto que las autoridades competentes no se personaron, salvé lo que pude, un resto de mandíbula, unos dientes... porque los fémures y los cráneos quedaron, para siempre, bajo el cemento. Los tengo en casa todavía. Un compañero, buen amigo mío y conocido tuyo, me insiste en que se hagan las pruebas del carbono 14. Yo quiero enterrarlas cristianamente. Lo cierto es que cada vez que abro la caja donde están, les rezo...
Por cierto, cómo somos los tintinófilos, porque nada más comenzar se me vino a la mente la tira de las siete bolas de cristal que has puesto. Creo que Tintín marca mas de lo que suponemos.
Enhorabuena por tu nuevo post de Mencía de los Nidos. Parece que el próximo año se estrenará la tragedia que le escribí. Ya te iré contando.
Abrazos,
Francis.

niklaüss dijo...

No hay mal que por bien no venga... creo que, como decís, una cosa son los que abren una tumba (arqueólogos o aficionados) para su estudio, y otra los ladrones (arqueólogos o aficionados) que sacan absolutamente todo de la tumba en cuestión, para exponerlo en su país de origen.

Muchos museos del mundo tienen en sus vitrinas tesoros que sus científicos enviados "tomaron" y nunca devolvieron, pese a los pedidos diplomáticos que existen de los países afectados.

Si es por el estudio y posterior devolución, bienvenido sea!

Saludos desde Buenos Aires.

Antonio Norbano dijo...

En un mundo sin respeto para los vivos, los gestos que podamos tener con los muertos dicen mucho de las personas que los practican. Compruebo, con alivio, que todavía hay gente que piensa igual que yo.

Un saludo para los dos,

ANTONIO

Anónimo dijo...

los muertos ya estan muertos tanto te cuesta entender... siempre hubo muertes es algo mas que natural como la vida. nada mas que las personas de religion cualquier religion (labadas de cerebro) son hipocritas e ignorantes no entiende, uno muere como todos ya esta no se puede vivir eterna mente la gente le teme a la muerte por eso muere mas sufridamente.. y lo de las maldiciones o que no ahi que molestar a los muertos,pffffff, eso es pura mierda yo profane tumbas desenterre cuerpos y estoy mejor que mucha gente de mierda!!! pudranse eternamente ignorantes hipocritas esclavos de un dios inexistente!

Antonio Norbano dijo...

El mensaje anterior sólo puede resonder objetivamente a dos realidades:

1. El efecto que produce sobre las conciencias una tiranía (léase el régimen de Hugo Chávez en Venezuela).

2. Sólo individuos que puede pensar estas burradas y sin educación ninguna, como demuestra su ortografía, pueden encumbrar mediante el voto democrático a un tirano (léase Hugo Chavez).

Hay que estar mal de la cabeza para buscar en Google "difuntos milagrosos que se encuentran en el cementerio el espejo del estado merida", pero mucho peor para verter comentarios como éstos.

P.D.: Como pueden comprobar los amigos del anonimato, de nada les vale ocultarse, pues como ya he avisado, lo sé todo de vosotros.

Un saludo,

ANTONIO

Nunilo dijo...

Una gran verdad. Yo pensé lo mismo cuando leí ese fragmento de Tintín, pero hay que pensar que son películas de aventuras y como tal, tienden a fantasear, lo que no quita todas las implicaciones éticas que dices en el post.