domingo, 20 de julio de 2008

El día que cayó el Duce

Copio íntegro este artículo de nuestro admirado Julián Casanova, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza. Apareció ayer publicado en el periódico El País.


Benito Mussolini era, en julio de 1943, un hombre de 60 años, enfermo y en decadencia, muy alejado del personaje heroico que había impuesto dos décadas antes la primera dictadura fascista de la historia. Los mismos que le habían aupado al poder, el rey, los militares y los hombres de negocios, buscaban desde comienzos de ese año la mejor forma de sacar a Italia de su aventura desastrosa en la II Guerra Mundial y de poner fin a la fatal alianza con la Alemania de Hitler. Pocos dirigentes fascistas y compañeros de viaje de Mussolini creían ya en la victoria alemana y en la grandeza que esa victoria proporcionaría a Italia. La mayoría de ellos había perdido el respeto al Duce, al dictador antes infalible, y tramaban la mejor forma de derrocarle. El desembarco de las fuerzas aliadas en Sicilia, el 9 de julio de 1943, forzó el desenlace de la crisis.

Unos días después, en la noche del 24 al 25 de julio, se reunió el Gran Consejo, el principal órgano de decisión política del partido fascista que Mussolini había controlado siempre a su gusto. Un grupo de dirigentes encabezados por Dino Grandi, Galeazzo Ciano y Giuseppe Bottai querían romper con Alemania y propusieron devolver el mando militar al rey, Víctor Manuel III, lo que en la práctica significaba echar a Mussolini. Diecinueve miembros del Gran Consejo votaron a favor, siete en contra, uno se abstuvo y Roberto Farinacci defendió por su cuenta una alianza más estrecha con Alemania y la radicalización del fascismo italiano siguiendo el modelo alemán. "Caballeros, han abierto ustedes la crisis del régimen", les dijo Mussolini tras conocer el resultado de la votación.

Informado de la decisión del Gran Consejo, el rey ordenó arrestar a Mussolini y lo sustituyó por un general de su confianza, Pietro Badoglio. Movilizados la policía y el ejército, los principales líderes fascistas aconsejaron a sus militantes obedecer al rey. En unas pocas horas se había desmoronado una dictadura de veinte años. El nuevo Gobierno preparó la rendición de Italia, firmada el 8 de septiembre de 1943. Los aliados invadieron Italia desde el sur y los alemanes ocuparon el centro y el norte del país. Durante los meses siguientes, hasta abril de 1945, el suelo italiano fue el escenario de dos guerras: una internacional, entre los aliados y los alemanes, y otra civil, entre los fascistas que apoyaban a los nazis y la resistencia antifascista que se extendió como la pólvora desde la caída del Duce.

Pero Mussolini no estaba muerto, y la historia todavía le reservaba un papel protagonista en el final de aquel drama. Un equipo especial de las SS lo liberó el 12 de septiembre de la prisión en la que se encontraba, en el monte Gran Sasso, a poco más cien kilómetros al noreste de Roma, y lo trasladó en avión a Múnich. Desde esa ciudad alemana, tras un breve encuentro con Hitler, anunció su decisión de castigar al rey y a los traidores del 25 de julio y proclamó la creación de un nuevo régimen fascista, la República Social Italiana, conocida también como la República de Salò, la pequeña ciudad del norte de Italia donde se instaló parte de su Administración. En realidad, ese nuevo régimen no tenía ni Estado, ni ejército, y estuvo dominado por los nazis. Pero para Mussolini, y para unos cuantos fascistas radicales y antisemitas que le acompañaron, como Roberto Farinacci, Giovanni Preziosi o Alessandro Pavolini, representaba una vuelta al sueño del fascismo social y revolucionario que nunca pudieron llevar a cabo tras la subida al poder en octubre de 1922.

Benito Mussolini había nacido en Predappio, en la región agrícola de Romagna, el 29 de julio de 1883. Hijo de un herrero socialista y de una maestra, el joven Benito forjó su rebeldía como un brillante propagandista de periódicos socialistas, primero en Forli, donde dirigió La Lotta di Classe, y después como editor del influyente Avanti!, de Milán. Allí estaba cuando, en agosto de 1914, comenzó la I Guerra Mundial y se abrió en la sociedad italiana un agrio debate entre la intervención o la neutralidad. Mussolini, al principio, como la mayoría de los socialistas, se opuso a la guerra y a la intervención de Italia, pero en octubre de ese año cambió a una posición de "activa neutralidad", y poco después defendió la participación en la guerra al lado de Francia y Gran Bretaña. Tras esa apuesta crucial de abandono del antimilitarismo y de las convicciones internacionalistas, fue despedido como editor de Avanti! y expulsado del Partido Socialista Italiano. A partir de ese momento comenzó a nacer un nuevo Mussolini, antimarxista, convencido de que la intervención de Italia en la guerra generaría una revolución de nuevo tipo que derribaría el sistema liberal, destruiría el poder socialista y llevaría a una nueva clase dominante al poder.

La guerra, pese al optimismo inicial de los intervencionistas, fue larga, destructiva y causó un trastorno en la sociedad italiana de enormes consecuencias. Casi seis millones de hombres, la mayoría campesinos, fueron movilizados, y un millón de ellos dejaron sus vidas en los campos de batalla. Cuando la guerra acabó, Italia, como integrante del bando vencedor, consiguió importantes ganancias territoriales a costa de su enemigo tradicional, el Imperio Austrohúngaro; pero no recibió colonias, la ambición imperial de los nacionalistas, lo que dio origen al mito de la "victoria mutilada". Mientras tanto, el viejo sistema electoral y parlamentario se había desmoronado, y los conflictos y disturbios sociales generados por las duras condiciones de la posguerra fueron percibidos por las gentes de orden como la antesala de la revolución, una prolongación de lo que había empezado en Rusia en 1917.

Así germinó la semilla fascista, en medio de la crisis posbélica, con la urgente necesidad por parte de industriales y terratenientes de restablecer el control social sobre campesinos y trabajadores. Los fascistas movilizaron a un sector importante de excombatientes, estudiantes, profesionales, administradores de fincas y pequeños y medianos propietarios. Todos ellos se convirtieron en la base social de los grupos paramilitares, de la política del squadrismo violento contra socialistas y sindicalistas, que defendía el orden social contra la amenaza de la revolución. Las clases dominantes, la Iglesia católica y los militares aceptaron el fascismo como una alternativa a la vieja clase política, como una expresión de nacionalismo radical y antídoto frente a las aspiraciones igualitarias de la democracia liberal y del socialismo. Y en octubre de 1922 le dieron su gran oportunidad. El rey Víctor Manuel III se negó a decretar la ley marcial y a utilizar a las Fuerzas Armadas contra la marcha insurreccional fascista sobre Roma. El liberal Luigi Facta dimitió, y Benito Mussolini le sustituyó en la jefatura del Gobierno el 29 de octubre. Subió al poder con una combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas, sin necesidad de tomarlo militarmente o de ganar unas elecciones. Tenía 39 años y no iba a desaprovechar esa conquista.

En su largo periodo de dominio, Mussolini vivió una primera década de consolidación y una fase final de crisis y desintegración, imparable desde el momento en que, en junio de 1940, optó por entrar en la II Guerra Mundial al lado de Hitler. Durante todo ese tiempo, el fascismo funcionó como un instrumento para la distribución del poder, siempre respetuoso con las jerarquías sociales, pese a la retórica populista y revolucionaria de sus dirigentes más radicales, y subordinado al aparato tradicional del Estado.

El rey Víctor Manuel III, el papa Pío XI -que había sido elegido unos meses antes de la Marcha sobre Roma-, el mundo de los negocios, las élites de la sociedad italiana y el ejército estaban encantados con Mussolini y nunca le plantearon problemas; ni siquiera al principio, en uno de sus peores momentos, cuando un grupo de matones fascistas secuestró y asesinó, en junio de 1924, al diputado socialista Giacomo Matteotti. Lo que siguió a la crisis provocada por ese asesinato fue la dictadura más absoluta de Mussolini, quien acumuló cargos y ministerios, puso en marcha una legislación represiva que mandó a las catacumbas a la oposición política e institucionalizó un amplio e innovador experimento social, magnificado por la propaganda y el culto al Duce, de nuevas relaciones entre el poder y las masas. Fueron los años en los que el Partido Nacional Fascista y sus secciones juveniles y femeninas acogieron a millones de afiliados, y la Opera Nazionale Dopolavoro, el sistema de control y organización del ocio, manejó miles de salas de teatros y cine, orquestas, bibliotecas y grupos deportivos. El fascismo italiano alcanzó en ese período, desde 1926 hasta 1935, su punto álgido de gloria, y fue, hasta la subida al poder de Hitler y los nazis en 1933, el modelo ejemplar para los movimientos autoritarios de derecha.

La agresiva política exterior de la Alemania nazi, que alteró rápidamente el orden diplomático europeo, contribuyó también a modificar la hasta entonces orientación conservadora del régimen fascista italiano. Mussolini utilizó la política exterior como una plataforma para incrementar su prestigio y poder personal. Entre 1935 y 1939, Italia se metió en tres guerras sucesivas, en Etiopía, España y Albania. Mussolini se mantuvo al principio al margen de la Segunda Guerra Mundial, pero cuando los ejércitos alemanes avanzaban inexorablemente por los Países Bajos y Francia en la primavera de 1940, le comunicó al general Badoglio, jefe del Estado Mayor, que la guerra la ganaría pronto Hitler y que Italia necesitaba "unos cuantos miles de muertos para poder asistir a la conferencia de paz como beligerante". El 10 de junio, Italia entró en la guerra, una decisión a la que pocos ponían objeciones en ese momento.

La guerra resultó un absoluto fiasco para Italia y, dos años después, todos los sectores de la vieja elite prefascista que habían mantenido su poderosa presencia durante la dictadura, desde el rey al Vaticano, pasando por el ejército, temerosos de la derrota, prepararon la caída de Mussolini. El Duce resucitó durante un tiempo, en la República de Salò, y pudo vengarse de algunos de los que le habían traicionado, como su yerno Galeazzo Ciano, casado con Edda, su hija mayor, e influyente ministro de Asuntos Exteriores de la Italia fascista desde junio de 1936 a febrero de 1943. Pese a las súplicas de Edda, Ciano fue fusilado el 11 de enero de 1944.

Mussolini era entonces un dictador títere al servicio de los nazis, que iba perdiendo poco a poco el control sobre el territorio italiano que supuestamente gobernaba. En marzo y abril de 1945, mientras los nazis llevaban a cabo negociaciones secretas con los aliados para la rendición, Mussolini buscaba infructuosamente establecer contactos con los británicos a través de la Iglesia católica. El 27 de abril de 1945 se unió a un convoy de soldados nazis que escapaban del avance aliado. Cuando los camiones fueron detenidos por un grupo de partisanos, descubrieron a Mussolini envuelto en una manta y disfrazado con uniforme alemán. El 28 fue ejecutado junto con su última amante, Clara Petacci, y al día siguiente sus cadáveres y los de otros célebres fascistas, como Roberto Farinacci o Achille Starace, fueron colgados cabeza abajo en la piazzale Loreto de Milán.

El balance de tanta guerra y tiranía, pese a que Mussolini siempre parece ocupar un lugar menor al lado de otros criminales de su época como Hitler, Stalin o Franco, fue brutal y al menos un millón de italianos murieron por los campos de batalla de Libia, Etiopía, España, Albania y después en su propio suelo durante la Segunda Guerra Mundial. Y el máximo responsable de tanta sangre derramada fue Benito Amilcare Andrea Mussolini y sus ambiciones imperiales y totalitarias. Conviene recordarlo en momentos de manipulación de la historia, cuando ilustres políticos y gobernantes italianos lo proclaman como el estadista más grande del siglo XX.