viernes, 8 de agosto de 2008

El primer emperador

Con estas calores, lo mejor que uno puede hacer es ir al cine; pero no a ver películas que te hagan sudar, sino algo ligero (como las ensaladas), para pasar un buen rato y disfrutar del aire acondicionado de la sala. Por esto mismo, como ayer por la tarde tampoco tenía demasiadas pretensiones intelectuales, me acerqué a ver qué tal resultaba la tercera entrega de La Momia. ¿O es la cuarta? Ya no lo sé… La que lleva por título La tumba del emperador Dragón, que estrenaron hace poco. En esta ocasión tampoco voy a dar mi opinión sobre la película, porque ya sabemos que sobre gustos no hay nada escrito, y lo que a unos nos agrada a otros les parecerá menos que un cuento chino (nunca mejor dicho).


Y es que en esta ocasión, el ex-legionario Rick O’Connell se las tiene que ver nada menos que con el primer emperador de China, quien ha regresado de entre los muertos con la intención invocar a su ejército de terracota (los famosos guerreros de Xi’an) y así apoderarse del mundo. Como en todas las demás películas del género, volvemos a encontrarnos con pastiche difícilmente digerible, desde el punto de vista histórico. Sin embargo, a raíz de haber visto la película, me picaba la curiosidad y he sentido la necesidad de documentarme sobre los orígenes de la historia de China.

Es una verdadera lástima que, después de cinco años de carrera, toda la Historia que hayamos estudiado sea fundamentalmente la europea, acaso con algunas asignaturas dedicadas a América y lo típico que se trata sobre las civilizaciones egipcia y mesopotámica. Por eso, mi ignorancia acerca del pasado de países como la India, China o Japón es absoluta y vergonzosa. De todos modos, intentaré explicar en unas pocas líneas quién fue el primer emperador de China, en quien se inspira la película que fui a ver ayer por la tarde.


Desde el siglo V a.C., la región más oriental de lo que actualmente es China comprendía un conglomerado de reinos feudales, enfrentados entre sí por la hegemonía y constantemente en guerra unos contra otros. No es de extrañar que a este período de la Historia se le conozca como el de los «reinos combatientes» (戰國時代). Ya en el siglo III a.C., siete estados habían alcanzado una cierta preeminencia: eran los reinos de Qi (齊), Chu (楚), Yao (燕), Han (韓), Zhao (趙), Wei (魏) y Qin (秦). Este último, que se situaba más al oeste, empezó a destacar sobre los demás cuando su población aumentó considerablemente, gracias sobre todo al empleo de sofisticadas técnicas de irrigación que favorecieron una agricultura intensiva. El incremento demográfico permitió destinar mayor número de hombres a la guerra. Además, los Qin habían desarrollado una tecnología para la fundición del hierro superior a la de sus vecinos, que les facilitaba la fabricación de armas a gran escala. Ante tales circunstancias, en pocos años la disciplinada infantería del reino Qin se impuso a los desfasados ejércitos feudales de sus enemigos. Tratando de hacer un ejercicio de comparación con el mundo occidental, podríamos identificar al ejército de Qin con las legiones romanas, integradas por soldados profesionales, perfectamente pertrechados y uniformados; mientras que las tropas de los demás reinos serían más parecidas a las mesnadas nobiliarias del feudalismo europeo: un señor montado en un carro, al que acompañaban varios clientes y su séquito, y si acaso un puñado de campesinos mal armados y peor motivados, que habrían sido arrancados de sus tierras y obligados a dejar a sus familias.


En el 247 a.C. accedió al trono de Qin un niño de apenas trece años, de nombre Zheng (政). Según la leyenda, habían nacido en Handan (邯鄲), la capital del estado enemigo de Zhao. Su padre era un príncipe de la casa real de Qin llamado Zichu, que vivía en la corte de Zhao en calidad de rehén. Años más tarde recuperaría el trono que su hijo iba a heredar, aunque Zheng aún tuvo que dar un golpe de estado para librarse de los regentes y hacerse con el control completo del país. En estos momentos el joven Zheng tenía veintiún años, y pronto reemprendió las campañas militares para extender sus dominios a costa de los estados vecinos. Uno a uno, los reinos feudales fueron sucumbiendo al imparable empuje del ejército de Qin: Han en el 230 a.C., Wei en el 225 a.C., Chu en el 223 a.C., Yan y Zhao en el 222 a. C., y en el 221 a.C. Qi.


En este mismo año, unificada ya toda China, Zheng se proclamó emperador y adoptó el nombre por el que sería conocido para la posteridad: Qin Shi Huang (秦始皇), que viene a significar algo así como «el primer emperador de Qin». Entre sus primeras medidas estuvo abolir el feudalismo y dividir el imperio en treinta y seis provincias, que serían dirigidas por gobernadores civiles y militares. Los nobles y los miembros de las casas reales de los estados derrotados fueron trasladados a Xiangyang (咸陽), la capital de Qin, en lo que es la actual provincia de Shaanxi. La unificación y la centralización política se completaron mediante un ambicioso proyecto de obras públicas: se acometió la construcción de una extensa red de carreteras y canales, que conectaban unas provincias con otras y permitieron un fluido intercambio comercial entre ellas, además que servirían para facilitar el traslado de contingentes militares, en el caso de que se produjera alguna revuelta o conato de resistencia frente al poder imperial en cualquier región, por muy remota que fuera. También se unificaron los pesos y medidas, la moneda, la escritura, las leyes…, todo lo cual me sigue resultando sorprendentemente familiar, si comparamos esta situación con otros imperios de la antigüedad, como pudo ser el romano.


En el ámbito de las obras públicas, tampoco nos podemos olvidar de la construcción de la Gran Muralla (長城). Aunque ya existían varios muros erigidos años atrás por los reinos del norte para hacer frente a las recurrentes invasiones de los nómadas mongoles, Qin Shi Huang emprendió la restauración de los tramos existentes y su ampliación, llegando a abarcar la obra definitiva una línea continua de fortificaciones que partía desde el océano y cubría una extensión de casi 7.000 kms. de longitud. Hoy día, cuando vamos a comer a restaurante chino, es raro que no nos encontremos con el típico cuadro de la Gran Muralla (junto a otros de osos pandas y gargantas en donde parece que el agua cae en cascada). Tonterías aparte, quería decir que generalmente tenemos la imagen de que la Muralla China está toda construida con ladrillos cocidos. Pero resulta que no es así, que las fotografías que estamos acostumbrados a ver son las de los tramos más vistosos, que se corresponden, por lo general, con los levantados por la dinastía Ming, ya entre los siglos XIV y XVII. La muralla original, y la mayor parte de ella, fue construida mediante tierra apisonada. Una técnica de edificación que puede parecer muy primitiva, pero que resulta muy efectiva y da un resultado bastante duradero… y, por cierto, que también me recuerda al modo en que los almohades erigieron las murallas de Cáceres.


En la construcción de la Gran Muralla, el emperador Qin Shi Huang empleó a más de un millón de súbditos, obligados a trabajar a destajo y en un régimen de semiesclavitud. Muchos no soportaron tales condiciones calamitosas y murieron a consecuencia del hambre, el frío y las enfermedades. Los que fallecían eran enterrados junto a los mismos cimientos de la muralla, por eso a veces también es conocida como el cementerio más largo del mundo.

Pero sí nos podía parecer que el proyecto más colosal de Qin Shi Huang fue la Gran Muralla, estamos equivocados. Su fama perduraría por siglos tras la construcción de su mausoleo, que, aunque algunos no me creáis, debió de ser el monumento funerario más impresionante y colosal de la Antigüedad… sí, sí, por delante de las pirámides de Egipto, de la tumba de Halicarnaso… y que de haber sido conocido Occidente, sin duda, se habría merecido la distinción de maravilla del mundo. A un kilómetro y pico de la tumba del emperador se localizaron en 1974 los famosos guerreros de terracota (兵馬俑), más de 7.000 estatuas de infantes y caballos, que se supone deberían acompañar al emperador en la otra vida… o quizá servir bajo su mando por si decidía regresar de entre los muertos y necesitaba contar con quien restaurar su reino. No lo sé.


Pero más impresionante aún debía ser la propia tumba del emperador, situada unos 33 kms. al este de la ciudad de Xi’an. Se trataba de una gran pirámide, mayor que la de Keops, aunque fue construida (como la muralla) con tierra apisonada, y hoy día sólo se puede distinguir una especie de montaña o meseta que destaca en el centro de las extensas llanuras que rodean Xi’an. Si lo veis desde el Google Earth, todavía se puede distinguir la forma de pirámide, y la verdad es que impresiona por sus dimensiones.


Las autoridades chinas aún no han concedido permiso para excavar semejante monumento, pero las sorpresas que puede deparar el hallazgo de la tumba del emperador Qin Shi Huang quizá constituya uno de los grandes hitos de la Arqueología. Algunos datos que hasta el momento parecían formar parte de la leyenda, parece ser que viene a ser confirmados por los resultados de prospecciones realizadas mediante georadar y otros sofisticados métodos. Por ejemplo, se cuenta que el interior del túmulo alberga varias estancias, ordenadas en pisos y algunas de grandes dimensiones. En una de ellas, el techo estaba tachonado de perlas, imitando las constelaciones celestes, y por el suelo discurrían ríos de azogue, lo que ayudaba a crear una atmósfera bastante onírica (y también tóxica). La leyenda asegura, por supuesto, que la tumba del emperador alberga indescriptibles riquezas, y por eso también son abundantes las trampas preparadas para impedir que los saqueadores hagan de las suyas. (Me dice mi hermano que esto que cuento se trata en la novela de Matilde Asensi, Todo bajo el cielo. Tendré que leérmela).


A medida que avanzaba su reinado, Qin Shi Huang se volvió más despótico, y por esta razón no fueron pocos los que intentaron derrocarle y atentar contra él. El emperador se comportaba como un paranoico, veía conspiraciones por todas partes y comenzó a ejecutar a diestro y siniestro a todo aquel que consideraba que podía tener motivos para odiarle. Incluso se cuenta que cada noche dormía en un edificio diferente del palacio, para evitar que le asesinaran, y que contaba con dobles que prestaban su presencia en actos oficiales y entrevistas con embajadores.


Qin Shi Huang murió en el 210 a.C. , cuando realizaba un viaje por la China oriental, según se dice, en busca de la fuente de la vida eterna. Sobre esto, la película que vi ayer también decía algo, aunque situaban la citada fuente en el Himalaya o por ahí. Por cierto, se me ocurre que sería interesante dedicarle una entrada a los mitos sobre la fuente de la eterna juventud. Pero esto mejor en otra ocasión.

Tras la muerte del emperador, sus consejeros se las ingeniaron para falsificar el testamento y conseguir que su hijo Fusu (扶蘇), a pesar de que era el primogénito, no pudiese acceder al trono de Qin, y en su lugar colocaron a su hermano pequeño Huhai (胡亥), quien en el fondo no fue más que una marioneta en manos de estos conspiradores. En poco tiempo surgieron por doquier revueltas campesinos y los nobles de los antiguos reinos aprovecharon la ocasión para reivindicar su independencia respecto al poder imperial. En el 207 a.C. otra conjura palaciega derrocó a Huhai y le reemplazó por el hijo de Fusu, Ziying (吳廣). Pero éste duro poco tiempo, ya que un general rebelde, de nombre Liu Bang (劉邦), no sólo acabó con la vida del último representante de los Qin, sino que tras vencer a sus enemigos implantó su propia dinastía, los Han (202 a.C. - 220 d.C.), que regirían los destinos de China durante casi cuatrocientos años. La obra de Qin Shi Huang no fue tan duradera como hubiese deseado.

Ahora os dejo con un documental que he encontrado sobre la historia de China, para que juntos nos ilustremos y conozcamos mejor a este imperio que, batido por siglos de historia, guerras e invasiones, ha llegado hasta nuestros días conservando esa grandeza que desde sus orígenes lo ha caracterizado.


parte 1 - parte 2 - parte 3 - parte 4 - parte 5


Precisamente hoy se inauguraban los Juegos Olímpicos en Pekín, pero como me propuse, no pienso decir una sola palabra al respecto. Esta indiferencia es mi forma de protestar ante las continuas violaciones de los derechos humanos por parte de las autoridades chinas.


Ahora sí, para terminar, y porque sé que a mi amigo Francisco Acedo le va a gustar, os traigo también un fragmento de la ópera The First Emperor, del compositor chino Tan Dun, que fue encargada por la Metropolitan Opera de Nueva Cork y que se estrenó el 21 de diciembre de 2006, contando con Plácido Domingo en el papel de Qin Shi Huang.




Bibliografía:
- Franco Martinelli: Historia de China. Barcelona: Editorial de Vecchi, 1975.
- John K. Fairbank: China. Una nueva historia. Santiago de Chile/Barcelona: Andrés Bello, 1997.
- J. A. G. Roberts: A History of China. Londres: McMillan Pub. Ltd., 1999.
- Sun Tzu: El arte de la guerra. Madrid: Trotta, 2001.
- Patricia Buckley Ebrey: The Cambridge Illustrated History of China. Cambridge: Cambridge University Press, 2002.
- Bamber Gascoigne: A Brief History of the Dynasties of China. Londres: Robinson Pub. Ltd. 2003.
- José Ángel Martos: El primer emperador. Madrid: Aguilar, 2006.
- Matilde Asensi: Todo bajo el cielo. Barcelona: Planeta, 2006.
- Pedro Ceinos: Historia breve de China. Madrid: Sílex, 2006.
- Jacques Gernet: El mundo chino. Barcelona: Crítica, 2007.
- Julia Lovell: La Gran Muralla: China contra el mundo (1000 a.C. - 2000 d.C.). Barcelona: Editorial Debate, 2007.