domingo, 18 de enero de 2009

La batalla de Covadonga

Un ejemplo clásico de que cada cual cuenta la feria según le va, que empleando unos esos eufemismos que tanto nos gusta usar a los historiadores, podríamos explicar como un caso típico de diversidad de opiniones en el análisis de las fuentes históricas.



La batalla de Covadonga vista por los cristianos

Pelayo estaba con sus compañeros en el monte Aseuva, y el ejército de Alqama llegó hasta él y alzó innumerables tiendas frente a la entrada de la cueva (…). Alqama mandó entonces comenzar el combate, y los soldados tomaron las armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como Dios no necesita las lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los cristianos salieron de la cueva para luchar contra los caldeos; emprendieron éstos la fuga, se dividió en dos su hueste, y allí mismo fue, al punto, muerto Alqama y apresado el obispo Oppas. En el mismo lugar murieron 124.000 caldeos, y los 63.000 restantes subieron a la cumbre del monte Aseuva y, por un lugar llamado Amuesta, descendieron a la Liébana. Pero ni éstos escaparon de la venganza del Señor.

Crónica de Alfonso III (s. X)



La batalla de Covadonga vista por los musulmanes

Dice Isa ben Ahmad al-Razi que en tiempos de Anbasa ben Suhaim al-Qalbi, se levantó en tierras de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos de al-Ándalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder (…). Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de sus país (…) y no había quedado sino la roca donde se refugia el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por la abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo «Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?».

Al-Maqqari, Nafh al-tib (s. XVII)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Monte auseva, no aseuva

Antonio Norbano dijo...

Aunque su nombre actual es Auseva, en efecto; en la citada crónica de Alfonso III aparece mencionado como "monte Aseuva"...

Ism@ dijo...

¿Hasta que punto tiene sentido que un ejército árabe atravesase todo este territorio, hasta Asturias, para ir a sufrir su derrota en un lugar de casi nulo tránsito, apenas poblado, y fuera de todos núcleos de población? ¿No sería posible que, con el paso de los años se perdiese la memoria del verdadero lugar de la batalla salvo en la tradición oral de los monjes trasladados, y poco a poco se hubiese ido asociando la ubicación del nuevo centro de creencia con la ubicación de la batalla?

http://tierrasdeburgos.blogspot.com/2010/03/una-tierra-de-leyenda-i-introduccion.html

Anónimo dijo...

Por que no:)