viernes, 15 de agosto de 2008

Nuestros aliados ingleses

Copio el siguiente artículo de Arturo Pérez-Reverte, de su columna de los domingos en El Semanal. Es de hace casi un mes, pero da igual. Como siempre, tenemos ocasión de disfrutar con una lección magistral de Historia, mientras el académico de la lengua aprovecha además para hacer amigos.

Esta semana que viene toca de nuevo conmemorar batallita. Y no se trata de una cualquiera: en Bailén, el 19 de julio de 1808, dos meses y medio después del 2 de Mayo, a las águilas de Bonaparte les hicieron cagar las plumas. Por primera vez en la historia de Europa, un ejército napoleónico tuvo que rendirse después de un partido de infarto, en el que nuestra selección nacional –tropas regulares, paisanos armados y guerrilleros– aguantó admirablemente los dos tiempos y la prórroga. También es verdad que fue la única vez que ganamos la copa, pues luego los franceses nos dieron siempre las del pulpo; o ganamos, cuando lo hicimos, con ayuda de las tropas inglesas que operaban en la Península. Si algo demostramos los españoles durante toda la campaña fue que para la insurrección y el dar por saco éramos unos superdotados, pero que a la hora de ponernos de acuerdo y combatir organizados no había quien nos conciliara. Paradojas de la guerra: por eso los gabachos nunca pudieron ganar. Acostumbrados a que alemanes o austriacos, por ejemplo, después de derrotados en el campo de batalla, se pusieran a sus órdenes con la policía y todo, preguntando muy serios a quién había que meter en la cárcel por antifrancés, no comprendían que los españoles, derrotados un día sí y otro también, no terminaran de rendirse nunca; y encima, en los ratos de calma, se incordiaran y mataran entre ellos mismos.


Al hilo de todo esto, un historiador británico se lamentaba hace poco de que aquí conmemoremos el bicentenario de aquella guerra con poco agradecimiento al papel que las tropas inglesas tuvieron en ella; ya que fueron éstas las que proporcionaron ejércitos disciplinados y coordinaron, con Wellington, las más decisivas operaciones. Y tiene razón ese historiador. En batallas y asedios, Bailén y los sitios aparte, la contribución británica fue decisiva. Lo que pasa es que de ahí a que los españoles deban agradecerlo, media un trecho. En primer lugar, los ingleses no desembarcaron para ayudarnos a sacudir el yugo francés, sino para establecer aquí una zona de continuo desgaste militar para su enemigo continental. Además, y salvo ilustres excepciones, su desprecio y arrogancia ante el pueblo español que se sacrificaba en la lucha fueron constantes, compartidos por la mayor parte de los historiadores británicos de entonces y de ahora. Por último, las tropas inglesas en suelo español se comportaron, a menudo, más como enemigas que como aliadas, cebándose en la población civil. Eso, manifestado ya durante la desastrosa retirada del general Moore en La Coruña, se evidenció en los saqueos de Ciudad Rodrigo, Badajoz y San Sebastián.


Y no hablo de trincar unas monedas y un par de candelabros. Historiadores españoles contemporáneos como Toreno y Muñoz Maldonado, por aquello de la delicadeza entre aliados, pasan por el asunto de puntillas; pero los mismos ingleses –Napier, Hamilton, Southey– lo cuentan con detalle. Sin olvidar la memoria local de los lugares afectados, donde todavía recuerdan los tristes días de la liberación británica. En Ciudad Rodrigo, por ejemplo, la toma de la ciudad a los franceses fue seguida de una borrachera colectiva –extraño, tratándose de ingleses–, asesinatos, saqueo de las casas de quienes salían a recibir alborozados a los libertadores, y violación de todas las señoras disponibles. Wellington atribuyó los excesos a que era la primera vez que sus tropas liberaban una ciudad española, y estaban poco acostumbradas; pero la cosa se repitió, aún peor, en la toma de Badajoz, donde 10.000 ingleses borrachos saquearon, violaron y mataron españoles durante dos días y dos noches, y culminó en San Sebastián, donde al retirarse los franceses y salir los vecinos a recibir a los libertadores, éstos se entregaron a una orgía de violencia, saqueos y violaciones masivas que no respetó a nadie. Luego vino el incendio de la ciudad: de 600 casas, de las que sólo 60 habían sido destruidas durante el asedio, quedaron 40 en pie. Habría sido ahí muy útil la feroz disciplina que, más tarde, Wellington impuso a las tropas que lo acompañaron en la invasión de Francia, cuando fusilaba sin contemplaciones a todo español que cometía algún exceso como revancha contra los franceses.

Puestos a eso, la verdad, simpatizo un pelín más con los gabachos. Al menos ellos saqueaban, mataban y violaban porque eran enemigos, tomando al asalto ciudades donde hasta los niños te endiñaban un navajazo. Los súbditos de Su Graciosa son harina de otro costal: iban a lo suyo y los españoles les importaban un carajo. Así que, en lo que a mí se refiere, que a Wellington y las tropas inglesas los homenajee en Londres su puta madre.

13 de julio de 2008

4 comentarios:

Fernando dijo...

Uff! otra más !, en mi opinión, a Pérez Reverte le debemos la invención de algunas historias entretenidas de leer, o algunos buenos reportajes como corresponsal de guerra, pero poco más; al menos en cuanto a novelista metido a historiador que se permite la licencia de poner a parir a unos y otros historiadores creyéndose en posesión de la verdad absoluta o de la peluca suprema de juez intocable. Es un artículo simpático, no me sorprende su lenguaje, muy propio de un académico por cierto, pero es un artículo lleno de prejuicios y basados en meras opiniones personales ( aunque si hay hechos que realta que son muy ciertos ), propias de un ¿ periodista ? , ¿ historiador ? que se ha hecho famoso y ahora es " mediático ". Conste que esta es mi opinión personal y que como novelista lo encuentro entrenido, pero como historiador ...

Carlos Marín dijo...

Comparto plenamente la opinión de Fernando. Este hombre no es historiador, como desgraciadamente mucha gente piensa, sino escritor-periodista o viceversa. Sus intervenciones en el campo de la historia no van más allá de la novela histórica, o mejor dicho "novela-documento", como a él le gusta definir sus escritos quizá para diferenciarlos del resto de noveluchas que están recientemente al alza, aunque por mucho que quiera cambiarle el nombre siguen siendo el mismo perro con distinto collar. Pase que sus libros tengan argumentos bastante trabajados y que su capacidad para narrar sea excepcional, pero otra cosa es el lenguaje que utiliza, lleno de palabras malsonantes e insultos a distro y siniestro, como demustra en el presente artículo. Y que este tío haya entrado en la Real Academia Española, tiene narices...

Antonio Norbano dijo...

Para gustos, los colores. De acuerdo que Pérez-Reverte es antes periodista y novelista que historiador. Pero ha hecho más por la divulgación de la Historia en este país que muchos catedráticos y sesudos historiadores. Hoy día no hace falta tener ni el bachillerato para aparecer en los medios de comunicación como historiador. A mi personalmente me cabrea, no porque piense que he gastado cinco años de mi vida para obtener un título que no sirve para nada, sino porque continuamente nos encontramos soplagaitas, licenciados y profesores incluidos, que lo mismo te hablan de Historia que te dan una receta de cocina. Pérez-Reverte puede carecer del método y la rigurosidad que se le exigiría a un historiador profesional, pero ha conseguido algo muy importante, desde mi punto de vista: que al menos quien lea sus libros, sin tener idea de nada, aprenda Historia. Amigo Fernando ¿no les recomendarías a tus alumnos que leyeran el Capitán Alatriste?
Como columnista tiene sus debilidades, como todos, y no le considero gurú de nada. Pero disfruto leyéndolo. Claro que pone a parir a unos y a otros, y como he dicho, cada domingo hace nuevos amigos, pero en este ambiente en que lo políticamente correcto es la norma, se agradece que de vez en cuando venga a alguien a hincharte las pelotas. En cuanto al estilo, ahí ya no entro hacer ninguna valoración, eso es cuestión de gusto y va en función de lo bien educado que sea uno. Yo como en ese aspecto soy bastante «bajuno», lo mismo que me gustaba lo que escribía y decía Camilo José Cela (aunque personalmente me pareciese un tipo despreciable), lo mismo me sucede con éste…
Gracias por vuestros comentarios… y, Fernando, tu blog me ha parecido muy interesante, por eso ya lo he añadido entre mis enlaces.
Un saludo a los dos,

ANTONIO

Cuadernos del Gustav dijo...

A fin de enriquecer su debate sobre el artículo del señor Pérez-reverte "Nuestros aliados ingleses" deseamos hacerles llegar desde la dirección de "Cuadernos del Gustav", revista online de Pensamiento, Ciencia, Filosofía... la referencia a uno de los trabajos publicados en nuestro último número que analiza los contenidos de ese artículo.
Sin otro particular y esperando que encuentren interesante este trabajo reciban un cordial saludo.


¿Esperando (otra vez) al cirujano de hierro? Unas molestas observaciones sobre la Historia y el bicentenario del 2 de mayo de 1808
Carlos Rilova Jericó | Abendua, 2008 | Inprimatu
El origen de este nuevo artículo que “Cuadernos del Gustav” me hace el honor de publicar en sus páginas data de entre julio y agosto del año 2008, de una frase rotunda e implacable, digna de servir de comienzo a una novela negra -”tienes que leerlo”-, que dos personas que trabajan en el mundo de la cultura en San Sebastián coincidieron en decirme, aunque por separado, en esas fechas.
Y ahora se preguntarán ustedes, como es lógico, ¿qué era lo que yo tenía que leer?. Bien, lamento comunicarles que se acabó el misterio. Olvídense de mapas del tesoro y de halcones malteses. Se trataba, nada más, pero tampoco nada menos, que de uno de los artículos que el académico de la Lengua don Arturo Pérez-Reverte publica, desde hace años, en el suplemento dominical de los periódicos del grupo Vocento. Éste concretamente se titulaba “Nuestros aliados ingleses” y, como ya habrán deducido por el título, esas columnas fechadas este último 13 de julio estaban dedicadas a la impertinencia de un historiador británico, que se extrañaba de que a Lord Wellington no se le rindiera un reverente y debido homenaje en la España del año 2008 que celebraba el bicentenario de esa Guerra de la Independencia que ellos, los británicos, llaman “Peninsular War”.
La respuesta del académico y escritor cartagenero a esa propuesta era contundente. Tanto como las que yo recordaba de años atrás. Cuando aún leía sus artículos y alguna que otra de sus novelas que, justo es reconocerlo, me gustó. El fuego de Arturo Pérez-Reverte, por así decir, se concentraba en la última y, como tiene por costumbre, rotunda línea de su artículo. En pocas palabras decía que el homenaje propuesto por el profesor británico debía ser organizado por la madre de sir Arthur Wellesley (adjetivada, la madre, según suele ser habitual en los artículos del académico) y en Inglaterra. Concretamente en Londres.
El motivo, la justificación histórica, por así decir, con la que Arturo Pérez-Reverte dictaba que los británicos se fueran con Wellington y sus homenajes a otra parte, era perfectamente sólida: nada, o muy poco, habría que agradecer a Wellesley y a su ejército expedicionario y al que antes que él, en el duro otoño de 1808, evacuó el general Moore tras varias sonadas derrotas entre Bilbao y La Coruña. El académico, para ilustrar a sus lectores al respecto, recordaba diversos desmanes cometidos por las tropas bajo el mando de Moore primero y de Wellesley después. Hechos como el robo de propiedades privadas en León, o las inopinadas destrucciones y saqueos de Badajoz y Donostia…
Les diré que todo esto, tal y como supongo esperaban quienes me recomendaron leer “Nuestros aliados ingleses”, me resultó verdaderamente instructivo. No en el plano, llamémoslo así, del conocimiento histórico -por supuesto ya sabía de lo ocurrido en los Montes de León, o en Badajoz o, cómo no, en San Sebastián, que es mi ciudad natal-, sino sobre cómo y quién escribe hoy en España lo que comúnmente se considera Historia de ese país. De ahí surgió una pregunta, que, como decían Lucien Febvre y Marc Bloch, siempre ha de ser el primer paso para cualquier historiador que aspira a ese nombre: ¿qué impresión, qué conocimientos, iban a sacar sobre la llamada Guerra de Independencia española los que leyeran esa página de “XLSemanal” firmada por Arturo Pérez-Reverte?.
La respuesta, como me ocurre siempre que me he hecho esa clase de pregunta, no me gustó nada. Salvo por un par de datos inconexos, más apropiados para caldear bajos instintos que para dar lustre a los conocimientos históricos de los lectores, éstos, tras leer ese artículo, iban a salir a la calle, o a la barra del bar -ese lugar tan peligroso para las opiniones sólidas, documentadas y con buen criterio- pensando que los españoles derrotaron a Napoleón Bonaparte a base de navajazos y asaduras. Muchas asaduras.
Así, gracias a “Nuestros aliados ingleses”, la versión de esos hechos que se imponía, otra vez, era que el buen pueblo español, engañado y manipulado por políticos y otra gentuza sin escrúpulos -recuerden que transcribo la cantinela habitual para estos casos en la prosa de Arturo Pérez-Reverte-, recuperaba en 1808 su dignidad en medio de una orgía de sangre y violencia atávica -o primitiva, si no se sienten pedantes hoy-, anulando toda actividad intelectual superflua más allá de la necesaria para encajar bien un navajazo en las tripas de un caporal napoleónico -vale también decir coracero, lancero polaco, mameluco o similar- y esperando, con un poco de suerte, aparecer retratado, en toda su monstruosidad, en una pintura o, por lo menos, en un aguafuerte de Goya.
En pocas palabras, con “Nuestros aliados ingleses” Arturo Pérez-Reverte habría fijado, una vez más, en las mentes de ¿tres?, ¿quizás cuatro?, millones de lectores la imagen de una Guerra de Independencia española como producto de un ataque de ira colectivo provocado por la presencia del ejército napoleónico a una población, la española de 1808, mayoritariamente compuesta de individuos surgidos de un cruce entre contrabandistas psicópatas de los aledaños de la serranía de Ronda y maestros del cante flamenco con una mala tarde que les duró, aproximadamente, unos cinco años, entre el 2 de mayo de 1808 y el verano de 1813.
Es más, tras leer, como se me había recomendado, no una sino hasta dos veces, “Nuestros aliados ingleses”, comprobaba -con disgusto, claro está- que ésa pieza era, más o menos, una variación sobre el mismo tema de la misma letanía siniestra que el principal -por no decir único- filósofo de la ultraderecha española, Marcelino Menéndez y Pelayo, estuvo repitiendo machaconamente hasta que al final, allá por 1936, el “buen pueblo español” acabó creyéndose que era tal y como él lo había descrito en su estúpida “Historia de los heterodoxos españoles”, obra que, creo, bien podemos llamar libro de cabecera del Fascismo español. Desde casi su primera hora de existencia hasta prácticamente hoy día. Como lo demuestra algún que otro artículo firmado en el mismo 2008 por intelectuales de esa órbita que -sí, sí, han leído bien, en este mismo año 2008- aún sugieren su utilización como detector de traidores a la Patria.
Así es. Aunque me duela reconocerlo, hay muy pocas variantes a ese discurso en el artículo del escritor cartagenero. Poco más que la novedad de citar la presencia de tropas españolas en la invasión de Francia que acabará, a lo largo de 1814, con la derrota del Imperio napoleónico. Hecho que, por otra parte, presentado aislado y descontextualizado, como ocurre en “Nuestros aliados ingleses”, sirve de muy poco si el propósito de este artículo hubiera sido realmente el de enseñar Historia, aunque fuera poca, a los lectores de “XLSemanal”. Cosa que, legítimamente, creo, podemos dudar.
Al menos si tenemos en cuenta que la versión de los hechos sobre la Guerra de la Independencia que nos da su autor poco, o nada, tiene que ver con la realidad que podemos reconstruir por medio de la Arqueología y la Historia.
Unas y otras fuentes -las que exhumamos de yacimientos arqueológicos o de archivos- nos dicen, en efecto, que la Guerra de Independencia fue un proceso histórico sumamente complejo, conectado con acontecimientos que convulsionan no sólo a España sino al resto de Europa y transforman profundamente a una y a otra. El aspecto militar de la cuestión, peor conocido de lo que se piensa y no desde luego por falta de medios o de publicaciones, fue igual de complejo y, también desde luego, dista mucho de haber sido una orgía de navajazos a manos de salvajes numantinos que dieron materia con la que horrorizar a nobles y sensibles almas afrancesadas como la de don Francisco Goya y Lucientes.
En efecto, los expedientes militares de la época desperdigados en cientos de archivos españoles, que van desde el del Ejército en Segovia hasta los municipales o provinciales, hablan no tanto de grupos de navajeros y bandoleros ganando batallas campales a base de visceralidad, copla y tronío sino de unidades militares puestas en pie, organizadas, armadas y disciplinadas con mucho mérito y muy pocos medios -los depósitos y almacenes estaban, en su mayoría, en manos de los ocupantes-, y que, a base de profesionalidad, tenacidad y una moral de victoria a toda prueba, consiguieron lo que no se había conseguido hasta 1808 en toda Europa: derrotar, y no sólo en Bailén, como incluso reconoce el autor de “Nuestros aliados ingleses”, a esos ejércitos napoleónicos que parecían invencibles y además con sus propias armas y tácticas que, por cierto, eran las de cualquier otro ejército europeo al filo del año 1810.
Desgraciadamente ese artículo de Arturo Pérez-Reverte, esa nueva variante sobre la pseudohistoria de la Guerra de Independencia, no es sino un síntoma de la grave enfermedad política que padece la España posterior a la Transición a la democracia iniciada tras la muerte del dictador Franco a partir de 1978. Hay, en efecto, muchos otros indicios en el mundo de la cultura española que alertan sobre el modo en el que la escritura de la Historia se está convirtiendo desde entonces en una suerte de peligrosa gangrena del tejido político de ese país.
Sólo citaré uno más que, como decía una canción de Gabinete Caligari, “por la más pura casualidad” implica a Javier Marías, viejo compañero de página del escritor cartagenero.
Se trata del libro “Recuerdos de este fusilero” publicado, con comentarios de Ian Robertson, por la editorial “Reino de Redonda” que, como sabrán, pertenece, precisamente, a Javier Marías. Básicamente la obra consiste en unas memorias dictadas hacia mediados del siglo XIX por Benjamin Harris, soldado que, como el título de la obra indica, se enroló en uno de los regimientos de fusileros británicos de la época y combatió en la primera fase de la Guerra contra Napoleón en España. Concretamente en la misma desastrosa campaña, y aún más desastrosa retirada, del general Moore por La Coruña y Vigo de la que se hacía eco Arturo Pérez-Reverte en “Nuestros aliados ingleses”. La misma también, vaya, aunque no lo recuerde el escritor cartagenero, en la que la Artillería española y otros restos de ese ejército regular -sí, sí, han leído bien, digo “soldados” y “artilleros” españoles, no “contrabandistas de Ronda” ni “chisperos de Lavapies”-, permitieron retirarse y reembarcar a aquellos nocivos aliados, evitando así que Gran Bretaña perdiera el único ejército del que disponía para interponerlo entre Londres y Napoleón. Mérito, el de esos soldados regulares españoles, que, por cierto, Arturo Pérez-Reverte no nos hace el favor de recordar. Uniéndose en esto a los historiadores británicos de ayer y de hoy que tanto denosta en “Nuestros aliados ingleses”.
En esos “Recuerdos de este fusilero” se vuelve a dar, tanto en el texto dictado por Benjamin Harris como -y eso es peor- en la contextualización de Ian Robertson, la misma desgalichada y falsa versión de la Guerra de Independencia española que encontramos reflejada en “Nuestros aliados ingleses”. A saber: los españoles carecían de ejército, o lo que había era un auténtico desastre mugriento, mal armado, indisciplinado, incluso cobarde, que jamás habría ganado la guerra de no ser por la ayuda británica…
Poco más hay que añadir a eso. Así, consciente o inconscientemente, tanto Javier Marías como Arturo Pérez-Reverte, han contribuido, una vez más, a afirmar la versión de los hechos que un personaje tan nefasto como Lord Wellington convirtió, con bastante éxito, en la única válida de esa “Peninsular War” que hizo de él algo más que un oscuro par de Gran Bretaña. La misma que en su día endosó y engordó Menéndez y Pelayo y desmintió, de manera seria y profesional, uno de los mejores y más olvidados historiadores españoles, Pablo de Azcarate, que rebatió, una a una, con documentos y lógica científica en la mano, las mefíticas mentiras de Lord Wellington…
Tanto Arturo Pérez-Reverte como Javier Marías son muy dueños de hacer lo que les parezca con sus respectivos artículos y editorial. El primero de ambos, por ejemplo, podrá llamarme en una de esas piezas -aún sin aludirme directamente, usando sólo ese habitual “algún” que utiliza cuando no quiere dar pábulo a la posición enemiga-, “imbécil, “tontodelculo” y/o “tontodelnabo” y, una de sus favoritas, “cagamandurrias”. Eso si quiere y no opta por el ninguneo o venganzas menos públicas pero más eficaces.
También podrá considerar, aunque se equivocaría crasamente, que este artículo es otro síntoma, como él dice, de que España es un país de mierda porque ora le tildan de fascista por salir encorbatado -casualmente en compañía de Javier Marías- de las reuniones de la Academia* y ora se lo llaman porque, como he dicho, su forma de ver la Historia de la Guerra de Independencia concuerda con la de Marcelino Menéndez y Pelayo.
Pero nada de eso, o lo que quiera que se les ocurra hacer, o decir, a cualquiera de ellos no les exime, ni a uno ni a otro, de dejarse advertir sobre la clase de peligroso caldo de cultivo social que están alimentando con observaciones como las de “Nuestros aliados ingleses” o con lo que han dejado caer por ahí a través de “Recuerdos de este fusilero”.
Ni en un caso ni en otro han hecho nada para que se conozca la verdad de esos hechos históricos. Una basada sobre una observación detallada y contrastada de los mismos, mucho menos planos de lo que se nos relata en “Nuestros aliados ingleses” o se puede deducir de las observaciones del fusilero Harris o de los comentarios de Ian Robertson. De ese modo, aunque no lo sepan -o aunque no lo quieran- sólo han conseguido alentar una imagen de la Historia de España como un continuo caos en el que los triunfos colectivos o las victorias militares no son fruto de un esfuerzo sistemático y organizado -como en realidad lo fue la de 1813-, sino de la mera casualidad o de la ayuda, se diría que casi providencial, de un mirífico aliado como Lord Wellington -los portugueses, afortunadamente, nunca se han dado más importancia de la que tuvieron en realidad- y sus casacas rojas. O verdes, en el caso de fusileros como Harris.
Todo lo cual no hace sino engordar el turbio espectro intelectual de un país que, así las cosas, se cree en perpetua decadencia y, por tanto, necesitado de un cirujano de hierro, que, con drásticas medidas -léase dictaduras, guerras civiles, fusilamientos más o menos masivos, etc…-, lo salve, al fin, de ese supuesto caos que en realidad sólo llega cuando el salvador y las hordas de enajenados que lo siguen se ponen en acción, como ocurrió, por ejemplo, el 18 de julio de 1936.
Si ambos académicos quisieran realmente hacer un homenaje al dos de mayo de 1808 y a lo que vino después -la revolución que dio lugar a la España parlamentaria y más tarde democrática que a duras penas ha logrado consolidarse hoy- podrían empezar por exonerar la figura de Pablo de Azcarate, castigado por la Dictadura desde 1939 hasta hoy mismo -por supuesto por el “grave” delito de ser republicano-, o recuperar y difundir, con comentarios más profesionales que los usados hasta ahora, cientos de documentos guardados en bibliotecas y archivos españoles, tanto o más interesantes que las memorias del fusilero Benjamin Harris.
Cualquier cosa, por favor, menos seguir dando la razón -a sabiendas o no- a Marcelino Menéndez y Pelayo que, en algunas ocasiones, como ocurría cuando hablaba de la guerrilla española de 1808, nada tuvo que envidiar a un personaje tan execrable como Heinrich Himmler. Quien, como todos sabemos, fue un auténtico fascista. Y no precisamente por llevar -o no- corbata, sino por verdaderas y mucho peores razones.
* Sobre esa cuestión, con la que, nolens volens, se ha cruzado este trabajo, pensado mucho antes de que toda esa diatriba corbatera saliera a la luz, me remito al artículo de Javier Marías publicado en “El Semanal” de “El País” el domingo 7 de diciembre de 2008.