viernes, 21 de noviembre de 2008

La Generala

Desde hace unos meses, Cecilia está trabajando en el Secretariado de Relaciones Internacionales de la Universidad, que se encuentra en el edificio de la antigua Facultad de Derecho, popularmente conocido como el Palacio de la Generala, y que junto con la Casa de los Ribera --a la que hace un tiempo también dediqué una entrada-- alberga el rectorado y todos los demás servicios centrales de la UEx en Cáceres.

Aprovechando la ocasión, y sin ánimo de resultar pesado, voy a hablar un poco sobre este edificio y de quiénes fueron sus propietarios. La planta del palacio no sigue una estructura regular, consecuencia de las profundas reformas acometidas y el cambio de manos y usos que conoció en el transcurrir de los siglos. La fachada principal, por ejemplo, no mira a la calle, en este caso al Adarve de la Estrella, sino a un patio elevado que se asoma sobre la Plaza de Caldereros. En mi modesta opinión, este es uno de los rincones más agradables de la parte antigua, bañado por la sombra de las palmeras, donde el visitante encuentra un mirador desde el que se sugiere la Plaza Mayor y, más allá, en un día despejado de invierno se pueden divisar las nevadas cumbres de la Sierra de Gredos.


Esta fachada, aunque imponente en sus proporciones, puede pasar inadvertida, relegada en una esquina, parcialmente cubierta por la frondosidad de las palmeras. El granito en este rincón es quizá más oscuro que en otros lugares del casco histórico, más expuestos al implacable arañazo de los rayos del sol. Parece como si el astro rey contagiase con su ímpetu reluciente todo aquello que alcanza, mas en este vergel resguardado no sucede así. La puerta de medio punto cuenta con amplias dovelas lisas y, muy por encima, dejando entrambos un amplio paramento, un alfiz elevado que más parece una cornisa, cobija una ventana cuadrada y, a cada lado, los escudos repetidos de Ovando-Mogollón. Completa el conjunto un matacán semicilíndrico sobre tres ménsulas, con las características saeteras en forma de cruz. Por el resto de fachada se diseminan ventanas, algunas de especial interés, en las que se mezclan elementos góticos y renacentistas, y otras que se adivinan cegadas.

Desde tiempos inmemoriales las armas de Ovando se parten con las de Mogollón. En Cáceres hay pocos ejemplos de armas plenas de Ovando. A la izquierda, en campo de plata, una cruz floreteada de gules, con cuatro veneras de gules en torno a ella. A derecha, en campo de oro, dos osos pardos puestos en palo.

Este lugar fue el primitivo solar de los Monroy, familia que muy pronto quedó sin representación entre la nobleza cacereña. En 1526 Fernando de Monroy le vendió estas casas por mil doscientos ducados a Francisco de Ovando el Rico, señor de la Arguijuela de Abajo. Su hijo, Francisco de Ovando Mayoralgo († 1574), adquirió además un solar adyacente, propiedad de Antonio de Monroy, y las casas de los Zevallos, que integraría en el nuevo palacio. También compró otras casas contiguas, que habían sido de Francisco de Saavedra, hijo de Juan de Saavedra el del Postigo, que a su vez cedió a su hijo Gutierre de Saavedra y éste a su prima Marina, con la condición de que no podía venderlas. El incumplimiento de esta prohibición dio lugar a un pleito que se resolvería en Granada en 1537, a favor de Francisco de Ovando.

La fachada del palacio se construyó en esta época, más o menos entre 1535 y 1540, sustituyendo a otra anterior que, posiblemente, perteneciera a la casa de los Monroy, que miraba al adarve y hoy podemos distinguir por el arco de medio punto cegado y la señal del alfil que la enmarcaba.


El palacio fue durante muchos años residencia del Alférez Mayor de la villa, por haber recaído tal oficio en los descendientes de Francisco de Ovando. Éste contrajo matrimonio con María de la Cerda, hija de Diego de Ovando Cáceres y de Teresa Rol de la Cerda († 1548). El hijo de ambos, Pedro Rol de la Cerda y Ovando († 1612), se casó con su prima Teresa Rol de la Cerda, hija de Pedro Rol de la Cerda (n. 1515), primer alférez mayor de Cáceres, cargo que heredaría su yerno al no contar con descendencia masculina. El Alférez Mayor, además de ser un cargo hereditario, disfrutaba de algunas prerrogativas que lo diferenciaban del resto de regidores: asiento preeminente en los consejos, voto de calidad, dos mil maravedís más de sueldo anual, el privilegio de alzar el pendón de la villa, que además se guardaba en su casa, es decir, en este palacio… Hoy día las cosas han cambiado un poco, y el alférez mayor es el concejal de menor edad, el encargado de tremolar el pendón en las fiestas de San Jorge.

El cuarto alférez mayor y nieto de Pedro Rol de la Cerda y Ovando, Francisco Antonio de Ovando († 1669), se casó con la madrileña Micaela de Castejón y Mendoza († 1640), sobrina de Diego de Castejón y Fonseca (1580-1655), obispo de Lugo y Tarazona, y primer marqués de Camarena desde 1643. Como es razonable, el obispo murió sin descendencia y el marquesado pasó al hijo de su sobrina, Pedro Francisco de Ovando Castejón (1630-1701).

Éste último contrajo matrimonio por segunda vez en 1690, con Juana Magdalena de Solís Aldana (1674-1746), hija de Alonso de Solís Ovando (1639-1687) y de Juana Magdalena de Aldana y Chaves (1637-1689), con quien tuvo un único hijo, Vicente Francisco de Ovando Rol (1700-1781), que sería por sucesión el IV Marqués de Camarena y también Alférez Mayor y Regidor Perpetuo de Cáceres. Por razón de este cargo, le correspondió anunciar la proclamación de dos reyes: en 1724, de Luis I, y en 1760, de Carlos III.

Como podemos comprobar por las fechas, quedó huérfano de padre cuando sólo contaba cuatro meses de edad, motivo por el que heredó todos los títulos que le correspondían a una edad tan temprana. Durante su infancia y juventud, permaneció al amparo de su madre, con quien no debió mantener muy buena relación. Con apenas trece años y por razones que sólo se entienden en una época como aquella, se vio obligado a contraer matrimonio con su prima María Teresa González de Castejón, marquesa de Falces y cinco años mayor que el novio. Al poco tiempo, el matrimonio fue declarado nulo por la supuesta impotencia de don Vicente, aunque con trece años qué se podía esperar. Años más tarde, algunas hijas naturales y un nuevo matrimonio, vinieron a confirmar la virilidad del marqués.

Cansado quizá de los apaños que le preparaba su madre, y aburrido de los dimes y diretes que sobre su persona constantemente circulaban, de boca en boca, por la calles de una ciudad levítica y cotilla como era Cáceres (aunque tampoco se ha cambiado mucho, a pesar del transcurrir de los siglos), el marqués con treinta años ya cumplidos, decide marcharse a Madrid e ingresar en la Real Guardia de Corps (es decir, el equivalente actual de la Guardia Real).

A pesar de su vocación militar tardía, en 1732 se alista como voluntario para participar en la reconquista de Orán, y al año siguiente, le encontramos en la guerra de Nápoles, donde coincidió con su primo, Francisco José de Ovando Solís y Rol (1639-1772), el primer marqués de Ovando, del que quizá hablemos en otra ocasión. Estuvo presente en la batalla de Bitonto (1734), en la que los austriacos fueron derrotados, y que permitió al futuro Carlos III recuperar su trono de Nápoles.

El marqués de Camarena continuó combatiendo después en la reconquista de Sicilia y en las batallas que se sucedieron en el norte de Italia. José Miguel Mayoralgo recoge el siguiente y novelesco episodio:

Publicada en 1741 la segunda expedición a Italia, Camarena vuelve allí como voluntario. En una ocasión, estando de guardia durante el asedio de la ciudad saboyana de Chambéry, llegó el abad de un monasterio pretendiendo que el ejército español saliese de sus propiedades para evitar que éstas quedasen destruidas, a lo que replicó Ovando que eso era imposible mientras no fuese tomada dicha ciudad. Entonces el abad reveló el secreto de que Chambéry estaba defendida por una guarnición muy escasa con orden de desalojarla si era impugnada. Don Vicente comunicó a su general esta noticia, y la ciudad fue atacada, retirándose sus defensores.

Castillo de Chambéry (Saboya)

De regreso a casa, contrajo matrimonio en 1753 con una señora de su mismo linaje, María Cayetana de Ovando Calderón (1736-1802), vizcondesa de Peñaparda de Flores e hija de Diego Antonio de Ovando y Ulloa (1704-1773), maestrante de Sevilla, e Isabel Antonio de Calderón y Tordoya (1716-1790). El marqués de Camarena ascendió en 1770 al empleo de teniente general, y por este motivo su esposa sería conocida por el apelativo de la Generala, nombre que pasaría a denominar también el palacio donde ambos vivieron.

Vicente de Ovando continuó desempeñando cargos militares, y así fue durante un tiempo gobernador militar de Badajoz, y después capitán general de Castilla y León, de Extremadura (1775-1781), así como comendador de Mayorga en la Orden de Calatrava. En estos años también se planteó una disputa con los descendientes de su tío, Francisco Antonio de Ovando Rol (1640-1679), que reclamaban uno de los varios mayorazgos que poseía, precisamente al que iba unido el título de marqués de Camarena. Aunque finalmente se vio privado del mismo, Carlos III, para compensarle y en agradecimiento por los servicios que le prestara cuando era rey de Nápoles, le concedió el nuevo título de marqués de Camarena la Real, pasando el otro a denominarse de Camarena la Vieja, para así poder distinguirlos.

El marqués de Camarena la Real y la Generala tuvieron nada menos que siete hijos, aunque cuatro de ellos fallecieron al poco de nacer. Los que sobrevivieron son los que pasamos a enumerar:

- Vicente de Ovando y Ovando, a quien sorprendió el alzamiento contra Napoleón siendo coronel en la guarnición de Cartagena, fue nombrado corregidor y gobernador militar de la misma plaza, tras la destitución del capitán general, a quién se acusó de afrancesado. Más tarde se casó en Badajoz con María del Carmen Gragera y Topete, hija de Toribio de Gragera y Argüello, III conde de la Torre del Fresno, que fue asesinado en esa misma ciudad por la turba descontrolada en 1808, acusado también de ser partidario de los franceses. Vicente de Ovando murió sin sucesión.

- Vicenta de Ovando y Ovando († 1805). Casó en Badajoz en 1779 con Manuel María de Aponte y Topete (1759-1810), V marqués de Torreorgaz, hijo de Fernando de Aponte y Ulloa (1736-1764) y de Andrea Topete y Ulloa (1735-1772). Tuvieron cuatro hijos.

- María de Ovando († 1782).

Además, como antes también su padre, don Vicente de Ovando tuvo varios hijos ilegítimos. De su relación con María de la Cerda nació, en Madrid, Vicenta de Ovando (1753-1831), a la que el marqués reconoció por Real Cédula de 23 de septiembre de 1777. Esta mujer se casaría después con Jerónimo Caballero y Paredes, caballero de Santiago y teniente de Caballería, hijo de Jerónimo Caballero y Paredes y de Lucía Asensio y Paredes, naturales de Sabiñánigo (Huesca). Ambos tendrían sucesión.

El teniente general marqués de Camarena la Real falleció en Madrid en 1781, y en su testamento contempló que se fundara en Cáceres una escuela de matemáticas y una obra pía para el socorro de los necesitados de la villa. Sin embargo, sus disposiciones no llegaron a aplicarse por la abolición del régimen de mayorazgos en 1820, que permitió que los bienes con que se podría haber constituido aquella obra se dispersaran entre distintos herederos.

La Generala sobrevivió al marqués todavía veintiún años, pero como su único hijo varón murió sin descendencia, el marquesado de Camarena la Real pasó a los Aponte, señores de Torreorgaz, y también extinguidos éstos, a los Carvajal de la calle Empedrada. El palacio de la Generala quedó entonces deshabitado, aunque apenas unos años antes, en vida del marqués, el Catastro de Ensenada (1749) describía el edificio la siguiente manera: Casa en la calle de los Adarves y Sumideros. Consta de dos pisos con su patio, caballeriza, pajar, tres corrales y un jardín poblado con árboles de espino, con algunas parras y un granado… cochera de un piso. Propietario, el Marqués de Camarena, vecino de esta villa.

El palacio fue luego sede del Ayuntamiento, entre 1860 y 1869, mientras se construía el edificio actual en la Plaza Mayor. Posteriormente fue adquirido por el obispado, que instaló allí las oficinas de los sindicatos católicos, así como la redacción e imprenta del diario Extremadura. Con el establecimiento de la universidad, el edificio se aprovechó para albergar la Facultad de Derecho, y desde 1995 hasta la actualidad en él se encuentran las oficinas del Rectorado.

Bibliografía:
- Publio Hurtado: Ayuntamiento y familias cacerenses. Cáceres: [s.n.], [1918] (Tip. Luciano Jiménez Merino); págs. 609-611.
- José de Rújula y de Ochotorena; Antonio del Solar y Taboada: «Los primeros marqueses de Camarena la Real: los Ovando. Notas para su biografía e genealogía», Armas e troféus (Lisboa), 1932.
- Id.: Recuerdos de Extremadura. Badajoz: Caja Rural de Badajoz, 1943; pág. 18.
- José Miguel Lodo de Mayoralgo: Viejos linajes de Cáceres. Cáceres: Caja de Ahorros y Monte de Piedad, 1971; págs. 194 y 197-201.
- M.ª del Mar Lozano Bartolozzi: El desarrollo urbanístico de Cáceres (siglos XVI-XIX). Cáceres: Univ. de Extremadura, 1980; págs. 210-212.
- Tomás Pulido y Pulido: Datos para la historia artística cacereña: repertorio de artistas. Cáceres: Institución Cultural «el Brocense», [1980]; págs. 212, 364 y 608-610.
- Antonio Rubio Rojas: Cáceres, ciudad histórico-artística. Cáceres: [s.n.], 1985; pág. 158.
- Antonio Bueno Flores: Cáceres: conjunto monumental. Madrid. García-Plata, 1990; págs. 31-32.
- José Luis Barrio Moya: «Don Vicente Ovando Castejón: un militar de la Ilustración», Militaria: revista de cultura militar, nº 3, 1991; págs. 17-36.
- Leonardo Hernández Tolosa: Badajoz en el siglo XVIII. Trujillo: Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, 1992; págs. 133, 143, 147 y 148.
- José Miguel Mayoralgo y Lodo; Antonio Bueno Flores: «El marqués de Camarena», Cien personajes cacereños de todos los tiempos: sus vidas contadas en dibujos de forma divertida. [Badajoz]: Corporación de Medios de Extremadura, [2004]; pág. 45.
- Francisco Acedo: «La espada y la linotipia», El Periódico Extremadura, 21 de agosto de 2005.
- Antonio Bueno Flores: Cáceres: historia escrita en piedra. Badajoz: Asamblea de Extremadura, 2006; págs. 39-40.
- Álvaro Meléndez Teodoro: Apuntes para la Historia Militar de Extremadura. Badajoz: 4 Gatos, 2008; págs. 137-138.

3 comentarios:

Hispa dijo...

Cáceres es una de mis asignaturas pendientes, pero si puedo la convalidaré el año que viene. Gran gran gran entrada que compensa con creces la anterior. ;)

Sobre eso de las amenazas de anónimos, bienvenido al club. Yo tuve que abandonar un blog por ese mismo motivo. El problema no eran los anónimos en sí, sino que ellos sabían quien era yo, mientras yo no podía identificarles a ellos.

Antonio Norbano dijo...

Sabes que en Cáceres te esperamos con los brazos abiertos, y el que esto escribe se ofrece para ejercer de cicerone y mostrarte los tesoros de nuestra ciudad monumental.

Respecto a los personajes anónimos, en mi caso yo si sé quiénes eran ellos, aunque ellos eran tan ignorantes o confiados que pensaban que me resultaría imposible identificarlos. Después de todo, mucha gente se descubre a sí misma cuando menos se lo espera...

Un saludo,

Hispa dijo...

Te tomo la palabra. Tú enseñas la ciudad y yo, como buen turista, me haré cargo de la cuenta del yantar y el libar. Cuando disponga de fecha ya veremos qué hotelitos hay por allí (que serán muchos, claro)

Y a los anónimos que les den. ;)