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viernes, 23 de abril de 2010

«Ser poeta»



Ser poeta é ser mais alto, é ser maior
Do que os homens! Morder como quem beija!
É ser mendigo e dar como quem seja
Rei do Reino de Aquém e de Além Dor!

É ter de mil desejos o esplendor
E não saber sequer que se deseja!
É ter cá dentro um astro que flameja,
É ter garras e asas de condor!

É ter fome, é ter sede de Infinito!
Por elmo, as manhãs de oiro e de cetim...
É condensar o mundo num só grito!

E é amar-te, assim perdidamente...
É seres alma, e sangue, e vida em mim
E dizê-lo cantando a toda a gente!


Dedicado a todos los cacereños, que hoy celebran la festividad de su patrón, al igual que catalanes, aragoneses, alcoyanos, portugueses, ingleses, búlgaros, georgianos, lituanos, chilenos, genoveses, etc.; también a los arqueros, prisioneros, herreros, artistas de circo, boy scouts, montañeros, etc.; a los castellano-leoneses, por ser el día de su comunidad; a todos los lectores empedernidos, que no podrían desenvolverse en esta vida sin un libro entre las manos… y a todos aquellos que alguna vez han deseado ser poetas.

martes, 22 de septiembre de 2009

San Jonás, patrón de Cáceres

Muy poca gente sabe que, además de la Virgen de la Montaña y San Jorge, la ciudad de Cáceres cuenta con otros santos patrones, como Santo Toribio de Liébana, Santa Catalina, San Gregorio, San Sebastián y San Fabián, Santiago el Mayor, la Virgen del Vaquero, la del Rosario, la de la Piedad… Son tantos que, de no haberse perdido la devoción por cada uno de ellos, se podría celebrar una novena detrás de otra a lo largo del año… Digo esto por no albergar la vana esperanza de que a nuestro Ayuntamiento se le antojase señalar como días festivos cada una de las celebraciones de estos santos.
De entre todos ellos, hay uno que quizá sea el menos conocido, pero que personalmente me llama mucho la atención: se trata de San Jonás, cuya onomástica se festeja precisamente hoy. Según la tradición --o más bien, la imaginación de algunos cronistas del siglo XVII, como es el caso de Juan Solano de Figueroa--, San Jonás era natural de Atenas y allí se convirtió en discípulo de otro santo de dudosa existencia, Dionisio el Aeropagita. Tras ser ordenado sacerdote, emprendió su correspondiente labor predicadora y vino a parar por estas tierras cacereñas, donde goza del mérito de haber sido el primero en dar a conocer la nueva religión. Se ve que los cacereños de antaño --¿o deberíamos llamarlos norbanos?-- eran algo duros de mollera, porque el santo ateniense estuvo por aquí nada menos que siete años. No sabemos si porque ya había cumplido su misión, o simplemente porque se aburría, San Jonás volvió a Roma y los siguientes veinte los pasó en la Galia. Después de este tiempo, por recomendación de su maestro, regresó a Cáceres, donde esta vez no le esperaban precisamente con los brazos abiertos. (Suele pasar en este pueblo, que a los que se ausentan una temporada larga terminan por considerarlos forasteros). Era el año 86 y el emperador Domiciano había emprendido su particular persecución de los cristianos. Como era de esperar, al santo ateniense fue maltratado y finalmente degollado. Por eso se le suele representar como un señor vestido de cura, que sostiene su propia cabeza cortada entre las manos.
Como hemos adelantado al principio, esta historia no tiene siquiera visos de leyenda, sino que se trata de una invención propia de los cronicones del siglo XVII, empeñados en crear y fomentar falsas devociones, entre otros motivos, para favorecer el lucrativo mercado de las reliquias. Según otras versiones de la vida del mismo santo, éste nunca pisó la Península Ibérica y su martirio tuvo lugar en las proximidades de París, donde hoy también se celebra su festividad.
Quizá porque su supuesta predicación no se la creía nadie, o porque su iconografía espantaba al más osado, apenas existieron representaciones de este santo en la ciudad. Actualmente sólo se conserva una tabla en el retablo de la ermita del Vaquero, fechado en 1668. Simón Benito Boxoyo, por su parte, nos señala que el 26 de septiembre de 1784 se colocó una imagen del santo patrón en el altar de la Virgen de la Montaña, pero desgraciadamente no se ha conservado.
Representación de San Jonás, santo patrón y evangelizador de nuestra ciudad, en el retablo de la ermita de la Virgen del Vaquero.
Bibliografía: - G. González Dávila: Teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas y catedrales de los reynos de las dos Castillas: vidas de sus arzobispos y obispos y cosas memorables de sus sedes... tomo segundo, que contiene las iglesias de Sevilla, Palencia, Ávila, Zamora, Coria, Calahorra y Plasencia. Madrid: [s.n.], 1647 (imp. de Pedro de Horna y Villanueva); pág. 435. - J. Solano de Figueroa: S. Ionás, presbítero y mártir, apóstol predicador y maestro de la noble y muy leal villa de Cáceres, y otros santos; sus hijos naturales piden su culto y veneración como stos. propios y naturales del obispado de Coria… [Madrid]: [s.n.], 1665. - J. Rodríguez de Molina: Papeles históricos sobre la villa de Cáceres. Manuscrito inédito del s. XVIII, fols. 22-23. - S. B. Boxoyo: Noticias históricas de la muy noble y leal villa de Cáceres, provincia de Extremadura. Monumentos de la Antigüedad que conserva. Manuscrito, [1794]; fols. 46-47. - E. Flórez: España Sagrada. Theatro geográfico-histórico de la Iglesia de España, tomo XIII: De la Lusitania antigua en común, y de su metrópoli Mérida en particular. Madrid: José del Collado, 1816; págs. 116-117. - F. García Morales: «Los santos cacereños», periódico HOY, 11 de enero de 1984. - J. F. Arroyo Mateos: «Veintidós grandes santos extremeños de la diócesis de Coria-Cáceres», XX Coloquios Históricos de Extremadura. Homenaje a Francisco Pizarro en el 450 aniversario de su muerte (1477-1541): 24 al 29 de septiembre de 1991. Cáceres: Diputación provincial, [1994]; pág. 22. - G. Sellers de Paz: Cáceres visto por un periodista (20.000 años de vida). Cáceres: EdiSell, 1995; págs. 217-222. - F. Acedo: «San Jonás olvidado», El Periódico Extremadura, 13 de agosto de 2006. - S. B. Boxoyo (ed. de E. Cerrillo Martín de Cáceres): Noticias históricas de Cáceres y monumentos de la Antigüedad que conserva. Cáceres: Cicón, 2009; págs. 259-262.

domingo, 28 de septiembre de 2008

San Wenceslao

Hoy es el santo de mi abuelo, y como ya es costumbre cada vez que alguien de la familia celebra su onomástica, aprovecho la ocasión para felicitarle y dedicar una entrada a la biografía de este santo mártir, que es también el patrón de la República Checa.


El joven príncipe, que nació en Bohemia hacia el año 907, personifica el ideal del héroe nacional, valientemente comprometido en la promoción cultural y religiosa del pueblo eslavo.

Cuando se derrumbó el reino moravio, en el 895, los príncipes bohemios, entrando en el juego diplomático de las potencies de ese entonces, se aliaron con el fuerte reino franco, y adoptando los principios de las antiguas civilizaciones comenzaron el proceso de europeización de los estados de Europa central.

Líder de esta política de visión hacia el futuro fue el joven duque de Bohemia, Wenceslao. El había sido educado cristianamente por la abuela Ludmila, venerada como santa. Tan pronto tuvo la edad requerida, sucedió al padre después de la breve regencia de la madre Draomira. Mujer intrigante, Draomira prefería al segundo hijo, Boleslao, y fomentó con todos los medios a su alcance la rivalidad entre los dos, hasta el punto de llevar al segundo a mancharse con el grave delito del fratricidio.

En la mañana del 28 de septiembre del 935, mientras Wenceslao salía de casa para ir a misa, Boleslao, que lo esperaba en un lugar solitario con un grupo de cómplices, le saltó encima para herirlo por la espalda. El joven rey, que todavía no tenía treinta años, detuvo el golpe y echó mano a su espada, pero cuando se dio cuenta que el asesino era su hermano bajó el arma, murmurando: «Podría matarte, pero la mano de un siervo de Dios no debe mancharse con el fratricidio». Fue asesinado por los sicarios de Boleslao.

Este ejemplarísimo príncipe cristiano anteponía sus deberes religiosos a los de soberano, hasta el punto de llegar tarde a una importante asamblea de Worms, convocada por el emperador Otón, porque estaba en misa. No era raro ver al joven rey mezclado con los otros fieles, con los pies descalzos, durante las procesiones penitenciales. Impuso a su cuerpo la dura disciplina del cilicio y las diarias mortificaciones.

Fue considerado como un rey renunciatario por haber buscado la alianza con los poderosos francos limítrofes, pero el mismo hermano Boleslao, que le sucedió, después de haberlo mandado asesinar, comprendió esa política realista y la siguió. Boleslao comprendió el error de valoración respecto de su hermano, hacia quien la devoción popular creció de día en día, por los prodigios que se obraban sobre la tumba del mártir, venerado inmediatamente como santo, el primero de los pueblos eslavos.

Estatua escuestre de San Wenceslado (1912), en la plaza de Praga que lleva su nombre (Václavske Námĕstí).

lunes, 18 de agosto de 2008

Santa Elena, patrona de los arqueólogos

Hoy 18 de agosto, aparte de ser el santo de mi hermana, los profesionales de la arqueología celebran la festividad de su patrona, Santa Elena. Aunque, si digo la verdad, no creo que a estas alturas queden muchos arqueólogos creyentes, y ni mucho menos católicos, salvo algunos eminentes especialistas en Arqueología Bíblica, que por lo general suelen ser sacerdotes y frailes franciscanos.

¿Por qué digo que Santa Elena es la patrona de los arqueólogos? Pues porque la madre del emperador Constantino fue la primera que planificó una excavación en Tierra Santa, concretamente en el Monte Calvario, donde buscaba los restos de la cruz donde fue crucificado Jesucristo. Copio del santoral su biografía, que de vez en cuando no viene mal tomar ejemplo de aquellos que fueron dechado de virtudes, más aún si se dedicaron a esta profesión.

Icono medieval que representa al emperador Constantino en compañía de su madre.

En un mesón propiedad de sus padres en Daprasano (Nicomedia) nació pobre en el seno de una familia pagana. Allí pudo, en su juventud, contemplar los efectos de las persecuciones mandadas desde Roma: vió a los cristianos que eran tomados presos y metidos en las cárceles de donde salían para ser atormentados cruelmente, quemados vivos o arrojados a las fieras. Nunca lo entendió; ella conocía a algunos de ellos y alguna de las cristianas muertas fueron de sus amigas ¿qué mal hacían para merecer la muerte? A su entender, sólo podía asegurar que eran personas excelentes.

San Ambrosio, que vivió en época inmediatamente posterior, la describe como una mujer privilegiada en dones naturales y en nobleza de corazón. Y así debía ser cuando se enamoró de ella Constancio, el que lleva el sobrenombre de Cloro por el color pálido de su tez, general valeroso y prefecto del pretorio durante Maximiano. Tenía Elena 23 años al contraer matrimonio. En Naïsus (Dardania) les nació, el 27 de febrero del 274, el hijo que llegaría a ser César de Maximiano como Galerio lo fue de Diocleciano.

Pero no todo fueron alegrías. Elena fue repudiada por motivos políticos en el 292 para poder casarse Constancio con la hijastra de Maximiano y llegar a establecer así el parentesco imprescindible entre los miembros de la tetrarquía. Le costó mucho saberse pospuesta al deseo de poder de su marido, pero esto lo aceptó mejor que el hecho de verse separada de su hijo Constantino que pasó a educarse en el palacio junto a su padre y donde se reveló como un fantástico organizador y estratega.

Muerto Constancio Cloro en el 306, Constantino decide llevarse a su madre a vivir con él a la corte de Tréveris. En esta época aún no hay certeza histórica de que su madre fuera cristiana. Sí, cuando --por testimonio de Eusebio de Cesarea-- aparezca sobre el sol el signo de la cruz con motivo de la batalla de Saxa Rubra y la leyenda «con este signo vencerás» que dio el triunfo a Constantino y lo hizo único emperador de Roma, en el 312.

Aunque el emperador retrasará su bautismo hasta la misma muerte, es complaciente con la condición de cristiana que tiene su madre que daba sonados ejemplos de humildad y caridad. Incluso parece descubrirse la influencia materna tras el Edicto de Milán que prohibía la persecución de los cristianos y los edictos posteriores que terminan vetando el culto a los dioses lares. Agasaja a su madre haciéndola augusta, acuña monedas con su efigie y le facilita levantar iglesias.

Follis de la emperatriz Elena (2,7 gr. / 18-20 mm.). Anverso: FL(avia) HELENA AVGVSTA. Reverso: SECVRITAS REIPVBLIC(a)E. Exergo: S(acra) M(oneta)
K(yzicus) A ·
(RIC VII 39; Cayón 7; Cohen 12)

En el 326 Elena está con su hijo en Bizancio, a orillas del Bósforo. Aunque se aproxima ya a los setenta años alienta en su espíritu un deseo altamente repensado y nunca confesado, pero que cada día crece y toma fuerza en su alma; anhela ver, tocar, palpar y venerar el sagrado leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres. Organiza un viaje a los Santos Lugares en cuyo relato se mezclan todos los elementos imaginables pertenecientes al mundo de la fábula por tratarse del desplazamiento de la primera dama del Imperio a los humildes a lejanos lugares donde nació, vivió, sufrió y resucitó el Redentor. Pero aparte de todo lo que de fantástico pueda haber en los relatos, fuentes suficientemente atendibles como Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo refieren que se dedicó a una afanosa búsqueda de la Santa Cruz con resultados negativos entre los cristianos que no saben dar respuesta satisfactoria a sus pesquisas. Sintiéndose frustrada, pasa a indagar entre los judíos hasta encontrar a un tal Judas que le revela el secreto rigurosamente guardado entre una facción de ellos que, para privar a los cristianos de su símbolo, decidieron arrojar a un pozo las tres cruces del Calvario y lo cegaron luego con tierra.

Las excavaciones resultaron con éxito. Aparecieron las tres cruces con gran júbilo de Elena. Sacadas a la luz, sólo resta ahora la grave dificultad de llegar a determinar aquella en la que estuvo clavado Jesús. Relatan que el obispo Demetrio tuvo la idea de organizar una procesión solemne, con toda la veneración que el asunto requería, rezando plegarias y cantando salmodias, para poner sobre las cruces descubiertas el cuerpo de una cristiana moribunda por si Dios quisiera mostrar la Vera Cruz. El milagro se produjo al ser colocada en sus parihuelas sobre la tercera de las cruces la pobre enferma que recuperó milagrosamente la salud.

Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma, donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.

No han faltado autores que atribuyan a la fábula el hecho de la invención por Elena basándose principalmente en que no hay noticia expresa de tamaño acontecimiento hasta un siglo después. Ciertamente es así, pero lo resuelven otros estudiosos afirmando que la fuente histórica que relata los acontecimientos es el historiador contemporáneo Eusebio de Cesarea al que en su Vita Constantini sólo le interesan los acontecimientos realizados por Constantino, bien porque sigue los cánones de la historia contemporánea, o quizá porque sólo le interesa adular a su anfitrión.

Murió Elena sin que sepamos el sitio ni la fecha. Su hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a la Ciudad Eterna y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, dedicada a Santa Elena, la mujer que dejó testimonio tangible y visible en unos maderos del paso salvador por la tierra de Jesús, el Hijo de Dios encarnado.

viernes, 13 de junio de 2008

La ermita de San Antonio

A propósito de la onomástica que hoy se celebra, aprovecho para hablar de la ermita de San Antonio, que se encuentra en el Barrio Judío de la ciudad monumental y, desgraciadamente, sigue pasando desapercibida no sólo a los ojos de bastantes visitantes, sino también de algún que otro cacereño de los que se intitulan «de toda la vida». Conocida como ermita de San Antonio de la Quebrada o del Barrio, muchos investigadores continúan insistiendo en que fue edificada sobre una antigua sinagoga. Lo cierto es que la primera noticia de que antes de iglesia pudo haber sido tal no la encontramos hasta 1858, cuando entre los papeles de la cofradía del santo se dice lo siguiente: Que en el año de mil cuatrocientos setenta, el honrado caballero Alonso Golfín, de esta vecindad, con intención que se dijo concederles el Ilmo. Sr. Obispo de esta Diócesis, hizo construir a sus expensas la referida hermita, sobre una casa de su propiedad que hubo sido sinagoga de judíos (…).

No cabe duda de que la construcción de la ermita fue patrocinada por Alonso Golfín, señor de Torre Arias, el mismo en cuya casa se alojaron los Reyes Católicos, las veces que visitaron nuestra ciudad. Sin embargo, nada nos asegura que su emplazamiento fuese el mismo que el de la antigua sinagoga; ya que por esta fecha de 1470, la mayor parte de la aljama cacereña se habría trasladado en torno a la calle Ríos Verdes y los portales de la Plaza, y sabemos, esta vez sí de seguro, que la sinagoga se encontraba en la calle de la Cruz, en el edificio donde hoy se celebran las bodas civiles.


Dejando de lado estas aclaraciones, la ermita de San Antonio fue profundamente reformada a partir de 1661, cuando en las mandas testamentarias del portugués Francisco Díaz Suárez, vecino de Portalegre, se destina un dinero para construir la cúpula sobre el altar y cubrir con bóveda el resto de la nave. Seguramente hasta entonces la ermita había tenido una humilde cubierta de madera.


El tamaño del edificio es más bien modesto, el propio de una pequeña iglesia de sencillo aire popular sin demasiadas pretensiones. De planta rectangular, la construcción es toda de mampostería enlucida y encalada, como el resto de casas que se encuentran a su alrededor. Se diferencia, como hemos dicho, por la cubierta con bóvedas latericias de arista y la cúpula de media naranja que remata la cabecera. La puerta de entrada se encuentra situada en un extremo lateral: es adintelada y sobre la misma hay un azulejo del siglo XVIII e inspiración portuguesa, con una simpática representación de San Antonio de Padua.


Unas escaleras permiten el acceso al interior de la ermita, cuya planta se encuentra por debajo del nivel del suelo. A la entrada le precede un pórtico con tres arcos de medio punto, aunque irregulares, que se sostienen sobre dos pilastras de sillares, en la parte delantera, y sobre el muro de la ermita, en la trasera. Se cubre con una bóveda de cañón con dos lunetos, nuevamente encalada. El tejado es a tres aguas y en él encontramos una espadaña muy sencilla, con frontón triangular, y dos pequeñas linternas coronadas en cúpula.

En interior destaca el altar barroco, modificado a principios del siglo XX, cuando se le añadieron dos cuerpos laterales, en los que podemos ver sendos grupos escultóricos, La Sagrada Familia y El Bautismo de Cristo, también de inicios de dicha centuria, característicos de la imaginería de los talleres de Olot (Gerona). La parte original de retablo tiene un solo cuerpo, enmarcado por dos columnas adornadas con rocallas. Lo remata un ático con una hornacina, donde hay una imagen del arcángel San Miguel, y sobre ella un broche vegetal en el que se observan las azucenas simbólicas de San Antonio. También son originales los aletones de estilo rococó que flanquean este ático.


El retablo es obra del tallista cacereño José González, que nada tiene que ver con el salmantino Luis González, que unas décadas antes había trabajado en los retablos del cercano convento de San Pablo (1734) y la ermita de la Soledad (1730). El que nos ocupa estaba terminado en 1767 y sustituyó a otro más antiguo. En palabras de Tomás Pulido, «el retablo es una modesta obra de carpintería artística y por poco interés que tuviese el antiguo, seguramente sería hoy más importante por sus pinturas o tallas por muy restaurado que estuviese». La obra importó 2.300 reales, a los que hay que añadir otros 2.000 del dorado.

La imagen del santo con el niño en brazos, de aceptable calidad, fue adquirida en 1765 en Salamanca e importó 1.023 reales. En 1975 la ermita fue de nuevo restaurada y abierta al culto. Hasta hace unos años, la ermitaña vivía en una habitación a la que se entra por una puerta situada a la derecha del altar, y que creo debe tener acceso a un patio adosado a la muralla. La ermita también contó con su propia cofradía, devota del milagroso santo nacido en Lisboa, y que al menos hasta finales del siglo XIX debió existir, según atestigua la documentación de algunos protocolos notariales y de la propia cofradía, que se conserva en el Archivo Histórico de la Diócesis. Por último, es preciso mencionar que este santuario fue donde primero se estableció en Cáceres la institución del pan de los pobres y, en 1900, la Asociación de la Pía Unión de San Antonio.

Bibliografía:
- Publio Hurtado: La parroquia de San Mateo de Cáceres y sus agregados. Cáceres: [s.n.], [1918] (La Minerva). Pág. 113.
- Tomás Pulido y Pulido: Datos para la Historia Artística Cacereña. Cáceres: Institución Cultural «El Brocense», 1980. Págs. 195-197.
- Mª del Mar Lozano Bartolozzi: El desarrollo urbanístico de Cáceres (siglos XVI-XIX). Cáceres: Univ. de Extremadura, 1980. Págs. 167-168.
- Antonio Bueno Flores: Cáceres: conjunto monumental. Madrid: García-Plata, 1990. Págs. 77-78.
- Tomás Pulido y Pulido: Notas para la Historia de Cáceres. Cáceres: Institución Cultural «El Brocense», 1991. Págs. 21-22.
- José María Martínez Díaz: «El retablo mayor de la ermita de San Antonio de Padua (Cáceres)», Alcántara: revista del Seminario de Estudios Cacereños, nº 27, 1992, págs. 85-96.
- Alonso J. R. Corrales Gaitán: Ermitas cacerenses. Cáceres: Cámara Oficial de Comercio e Industria, 1998. Págs. 57-58.
- Florencio-Javier García Mogollón: Los Monumentos Religiosos de Cáceres, Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Cáceres: Ayuntamiento de Cáceres, 2005. Págs. 77-78.
- José Antonio Ramos Rubio: «La judería de Cáceres», Raíces: revista judía de cultura, nº 64, 2005, pág. 82.
- Francisco Acedo: «Donde las niñas buscaban novio», El Periódico Extremadura, 5 de febrero de 2006.
- Antonio Bueno Flores: Cáceres: historia escrita en piedra. Badajoz: Asamblea de Extremadura, 2006. Págs. 75-80.
- Fernando Jiménez Berrocal: Las huellas de Sefarad en Cáceres. Cáceres: Ayuntamiento de Cáceres, 2008.

El niño y los pajaritos


Hoy es el día de mi santo. Por eso, he querido traer esta canción en la que se narra el milagro que San Antonio obró siendo niño, en su Lisboa natal. Aunque quizá sea el santo más venerado de toda la cristiandad --es rara la iglesia donde no hay una imagen suya--, luego la gente conoce muy poco sobre su vida y milagros. En mi casa se le tiene mucha devoción, sobre todo mi madre, ya que los hijos le hemos salido un poco descreídos; y si llevo el nombre que tengo, también es por tradición familiar: por mi madre, mi bisabuelo…, y así hacia atrás. Me parece que todo viene por unos antepasados portugueses, pero no estoy del todo seguro y lo tendré que investigar.

La siguiente canción recuerdo que la cantábamos en la fiesta del colegio, que se celebraba tal día como hoy. Yo pienso que con esto los frailes mataban dos pájaros de un tiro (que sutil ironía, por cierto), ya que además de intentar fortalecer nuestra fe mediante la música, nos daban gratis una clase de ornitología. Seguramente esta tarde también se escuchará en la procesión que sale de la ermita del santo y recorre las callejuelas del antiguo barrio judío y la ciudad monumental. La versión que a continuación escucharemos fue popularizada por Cecilio, ese verato internacional que con su peculiar timbre de voz llenó de casetes los expositores de las gasolineras y los mercadillos ambulantes, con grandes éxitos que cada verano se vuelven a escuchar en las verbenas de todos los pueblos de la región. Espero que sea de vuestro agrado y os reto a que seáis capaces de aprenderos la letra.




Padre mío San Antonio,
suplicad al Dios inmenso
que con su gracia divina
alumbre mi entendimiento.

Para que mi lengua
refiera el milagro
que el huerto obrasteis
de edad de ocho años.

Desde niño fue criado
con mucho temor de Dios,
de sus padres estimado
y del mundo admiración.

Fue caritativo
y perseguidor
de todo enemigo
con mucho rigor.

Su padre era un caballero
cristiano, honrado y prudente,
que mantenía su casa
con el sudor de su frente.

Y tenía un huerto
donde recogía
cosechas y frutos
que el tiempo traía.

Por la mañana un domingo
como siempre acostumbraba,
se marchó su padre a misa
cosa que nunca olvidaba.

Y le dijo: «Antonio,
ven acá, hijo amado,
escucha que tengo
que darte un recado.

Mientras yo estoy en misa
gran cuidado has de tener,
mira que los pajaritos
todo lo echan a perder.

Entran en el huerto,
pican el sembrado,
por eso te advierto
que tengas cuidado».

Cuando se ausentó su padre
y a la Iglesia se marchó,
Antonio quedó cuidando
y a los pájaros llamó:

«Venid pajaritos,
dejad el sembrado,
que mi padre ha dicho
que tenga cuidado.

Para que mejor yo pueda cumplir
con mi obligación,
voy a encerraros a todos
dentro de esta habitación».

Y a los pajaritos
entrar les mandaba
y ellos muy humildes
en el cuarto entraban.

Por aquellas cercanías
ningún pájaro quedó,
porque todos acudieron
cuando Antonio les llamó.

Lleno de alegría
San Antonio estaba
y los pajaritos
alegres cantaban.

Cuando se acercó su padre
luego les mandó callar,
llegó su padre a la puerta
y comenzó a preguntar:

«Ven acá Antoñito,
dime hijito amado
¿de los pajaritos
qué tal has cuidado?»

El niño le contestó:
«Padre, no tenga cuidado,
que para que no hagan mal
todos los tengo encerrados».

El padre que vio
milagro tan grande,
al señor obispo
trató de avisarle.

Acudió el señor obispo
con gran acompañamiento,
quedando todos confusos
al ver tan grande portento.

Abrieron ventanas,
puertas a la par,
por ver si las aves
se quieren marchar.

Antonio les dijo entonces:
«Señores, nadie se agravie,
los pájaros no se marchan
hasta que yo no lo mande».

Se puso en la puerta
y les dijo así:
«Ea, pajaritos,
ya podéis salir.

Salgan cigüeñas con orden,
águilas, grullas y garzas,
avutardas, gavilanes,
lechuzas, mochuelos, grajas.

Salgan las urracas,
tórtolas, perdices,
palomas, gorriones
y las codornices.

Salga el cuco y el milano,
zorzal, patos, y andarríos,
canarios y ruiseñores,
tordos, jilgueros y mirlos.

Salgan verderones
y las cardelinas,
también conjugadas
y las golondrinas».

Al instante que salieron
todos juntitos se ponen,
escuchando a San Antonio
para ver lo que dispone.

Antonio les dice:
«No entréis en sembrados,
marchad por los montes,
por riscos y prados».

Al tiempo de alzar el vuelo
cantan con dulce alegría,
despidiéndose de Antonio
y su ilustre compañía.

El señor obispo,
al ver tal milagro,
por diversas partes
mandó publicarlo.

Árbol de grandiosidades,
fuente de la caridad,
depósito de bondades,
padre de inmensa piedad.
Antonio divino,
por tu intercesión
todos merezcamos
la eterna mansión.

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