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sábado, 29 de mayo de 2010

Las ferias según el Fuero de Cáceres

Publio Hurtado, en su obra Recuerdos cacereños del siglo XIX, señala que las ferias, o reuniones de mercaderes y compradores, fueron unas instituciones fundamentales de la economía medieval. Por mediación de ellas periódicamente se ponían en comunicación los vendedores y quienes deseaban adquirir sus mercancías, en mercados que también atraían a los campesinos y al pueblo llano con entretenimientos festivos que les hacían olvidarse de sus penosos trabajos cotidianos, haciéndose coincidir estos mercados, en muchas ocasiones, con festividades religiosas propias de las poblaciones en que se celebraban.


El precedente más remoto de las actuales ferias de Cáceres lo encontramos en época medieval, cuando Fernando III el Santo (1217-1252) otorga a la entonces villa el privilegio y las disposiciones oportunas para celebrar una feria, que se añaden a las normas forales que unos años antes concediera y aprobara su padre, Alfonso IX de León.

En el artículo correspondiente del Fuero de Cáceres, que a continuación reproducimos, se puede apreciar, no sin cierto asombro, la excesiva duración de estas primeras ferias: abarcaban los últimos quince días de abril y los quince primeros de mayo. A las mismas podían acudir tanto cristianos (de los distintos reinos) como judíos o moros, tanto amigos como enemigos, así libres como esclavos, lo mismo de tierra de moros que de cristianos. A todos ellos se les concedía una tregua por el tiempo que estuviesen en la feria, y durante la misma no se les podían cobrar deudas ni apresar por delitos que hubieran cometido en otro lugar.

El texto está escrito en un latín romanceado, aunque con un poco de paciencia se puede leer y comprender en su totalidad. Aparte de los datos mencionados, la mayor parte de las disposiciones se refieren a las penas impuestas a aquellos que contravinieran las normas de la feria, quebrantasen la pacífica convivencia o intentaran impedir el desarrollo de las transacciones comerciales.

Mando etiam concilio de Caceres suam feriam, quod abeant I uice in anno, XV dias ultimos mense aprilis et XV dies primeros de mayo. Et quicumque uoluerint uenire ad istam feriam de Legionis, siue Castelle, Aragonum, Nauarrensis, Portugalle, siue christianus, siue iudeus, siue marus, siue inimicus, siue seruus, siue liber, uel quolibet de quibuscumque partibus fuerit, ueniant secure et atreguatus. Et qui ad istam feriam uenierit, et aliquis eum contrariauerit, pectet M haureos, medietatem regi et medietatem concilio, et quereloso dannum duplatum. Et todos los alcaldes, et los VI, et notarios con illos que escriuan todas sus calonas, et guarden et ronden la feria de die et de nocte. Et si quem pian uiderint extrare cuctello, uel armam uedatam, et percusserit, pectet X morabedis. Et si fecerit liuores, pectet C morabedis et cortent ei manum. Et qui percusserit, et si per illa percussiones mortuus fuerit, enforquenlo et perdat ei quantum ei quantum habuerit si extranus fuerit, et si uicino ad forum. Et si cum puno percusserit, uel cum tali causa que fecerit liuores, et fecerit per iram, pectet L morabedis. Et si percusserit, et liuores non fecerit , et non ouiere de que pechar, cortent ei manum. Et los alcaldes de conceio, et iuratis, et sex, et notarios, et mayordomos, anden per la feria, II a dos. Et si aliquis fecerit quod non debet facere, en el cepo iacendo, pectet las calonas. Et colligant eas maiordomos et dent terciam partem querenti, et terciam concilio, et terciam alcaldes, et VI, et escriuan, et mayordomos qui guardant feriam. Et si algun destos que guardan la feria non pudiere con el que fiziere buelta o liuores, et fiziere testigos a los uizinos que ly aiuden et noluerit ei adiuuare, unusquisque pectet X morabedis a los alcaldes et a los VI. Et en feria diganlo los alcaldes que la guardan , II, per la iura qua fecerint concilio, quod illi uiderunt, et prestet. Et eas (?) calunnias accipiant maiordomos, ut supra dictum est. Tod omne que comprare en ferias, et despues le conoscieren alguna cosa o demandaren per furto, firme con III uicinos (o dos jurados) de la uilla que enna feria lo compro et non responda pro illa causa. Todo latrone que furtare en la feria enforquenlo, si eum inuenerint.

El Fuero de Cáceres (s. XIII), fol. 78.


Puesto que la duración de las ferias también fue considerada entonces algo excesiva, a los pocos años el concejo acudió al rey, pidiéndole que se modificaran las disposiciones del fuero y que el mes que duraba el encuentro comercial se pudiera dividir en dos. Alfonso X el Sabio accedió y, mediante una carta dada en Burgos, el 8 de julio de 1266, permitió que se convocasen dos ferias en lugar de una, pero ambas de menor duración: la primera tendría lugar los últimos ocho días del mes de abril y los ocho primeros de mayo, y la otra abarcaría desde el día de San Andrés (30 de noviembre) hasta el 14 de diciembre. Este sería el antecedente de celebrar dos ferias en Cáceres, que estuvieron vigentes hasta 1987 cuando se suprimió la feria de San Miguel (se celebraba a finales de septiembre).

Sea como fuere, con sus más y sus menos (teniendo en cuenta períodos de sequías, epidemias, guerras…), con alguna que otra variación de fechas, las ferias de Cáceres en su formato medieval se siguieron celebrando hasta 1863, para casi desaparecer por completo y no volver a despegar hasta 1896; pero esa es ya otra historia…

viernes, 23 de abril de 2010

«Ser poeta»



Ser poeta é ser mais alto, é ser maior
Do que os homens! Morder como quem beija!
É ser mendigo e dar como quem seja
Rei do Reino de Aquém e de Além Dor!

É ter de mil desejos o esplendor
E não saber sequer que se deseja!
É ter cá dentro um astro que flameja,
É ter garras e asas de condor!

É ter fome, é ter sede de Infinito!
Por elmo, as manhãs de oiro e de cetim...
É condensar o mundo num só grito!

E é amar-te, assim perdidamente...
É seres alma, e sangue, e vida em mim
E dizê-lo cantando a toda a gente!


Dedicado a todos los cacereños, que hoy celebran la festividad de su patrón, al igual que catalanes, aragoneses, alcoyanos, portugueses, ingleses, búlgaros, georgianos, lituanos, chilenos, genoveses, etc.; también a los arqueros, prisioneros, herreros, artistas de circo, boy scouts, montañeros, etc.; a los castellano-leoneses, por ser el día de su comunidad; a todos los lectores empedernidos, que no podrían desenvolverse en esta vida sin un libro entre las manos… y a todos aquellos que alguna vez han deseado ser poetas.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Lo mejor y lo peor del 2009

Siempre que un año se acaba parece que estamos obligados a reflexionar y rendir cuentas de todos los meses anteriores. Como para el nuevo año me he propuesto no ser menos que nadie, a continuación voy a escribir una entrada que seguramente repitan muchos otros blogeros en sus respectivas bitácoras: una lista con lo mejor y lo peor del 2009.

Cine
- Lo mejor: Sin duda alguna, Avatar. Recomiendo verla preferiblemente en 3D.
- Lo peor: Luna Nueva, la continuación de la saga para preadolescentes sobre vampiros y demás memeces.

Televisión
- Lo mejor: La irrupción como monologuista de Kiko Rivera Pantoja, alias Paquirrín. Pinchando en el siguiente enlace podéis ver las dotes cómicas del apañado hijo de la tonadillera.
- Lo peor: Iba a decir que el circo montado en torno a la cara nueva de Belén Esteban, pero por no caer en los tópicos me quedo con que en los telediarios prácticamente sólo hablan del tiempo que hace o va a hacer (que si llueve, que si no, que si nieva…).

Música
- Lo mejor: La muerte (o el asesinato) de Michael Jackson… Hubo que soportar un par de semanas con sus canciones en todas las emisoras, y hasta algún tema inédito y una película, pero por lo menos ahora ya duerme el sueño de los justos.
- Lo peor: El disco de versiones de Ramoncín, licenciado en Historia y miembro destacado de la SGAE.

Literatura
- Lo mejor: La saga Millennium del sueco Stieg Larsson y, sobre todo, el personaje de Lisbeth Salander.
- Lo peor: Que Dan Brown vuelva a arrasar en las librerías con su cuarto truño seudo-histórico… aunque tampoco voy a opinar al respecto, cuando no me he leído ninguno.

Política internacional
- Lo mejor: Las fotos de las hijas góticas de ZP con Obama… y los montajes que luego circulaban por la red.
- Lo peor: El premio Nobel de la Paz para Obama ¿Dónde se ha visto que a alguien le den un premio por algo que va a hacer pero todavía no ha empezado?

Política nacional
- Lo mejor: Espérate que piense…
- Lo peor: Todo, y cada vez peor.

Política local
- Lo mejor: Los proyectos del aeropuerto, el Corte Inglés, la Ronda Este, etc. ¡Perdón! Me he equivocado de año… que eso no lo vamos a ver hasta el 2050.
- Lo peor: Las obras del jodido Plan E, que aparte de no dejarme dormir la siesta desde el mes de mayo, no eran más que una excusa para gastar dinero en chapuzas absurdas --como levantar calles que apenas hacía dos meses que se habían abierto… o construir una fuente en una calle por la que no pasa ni Pirri--, en lugar de ejecutar proyectos pragmáticos y de envergadura: autovías, ferrocarriles, aeropuertos, centrales energéticas, etc. Yo que sé, ¡un montón de cosas!

Internet
- Lo mejor: Que en series yonkis puedas ver todas las temporadas completas de Curro Jiménez.
- Lo peor: La disposición final primera del anteproyecto de la Ley de Economía Sostenible.

Qué va a seguir igual en 2010: La megafonía de tapizados Pilar y Montaña dando la murga todas las mañanas. Por cierto, si también te considerar afectado por esta contaminación acústica matutina, puedes unirte al grupo de Facebook «Odio al tapicero».

Qué puede cambiar en el 2010: Quizá este año, y si no el próximo, se comience a poner en marcha una revolución a nivel mundial que cambie definitivamente los caducados modelos que nos impiden progresar: en economía, consumo, energía, política, educación, etc.

martes, 22 de septiembre de 2009

San Jonás, patrón de Cáceres

Muy poca gente sabe que, además de la Virgen de la Montaña y San Jorge, la ciudad de Cáceres cuenta con otros santos patrones, como Santo Toribio de Liébana, Santa Catalina, San Gregorio, San Sebastián y San Fabián, Santiago el Mayor, la Virgen del Vaquero, la del Rosario, la de la Piedad… Son tantos que, de no haberse perdido la devoción por cada uno de ellos, se podría celebrar una novena detrás de otra a lo largo del año… Digo esto por no albergar la vana esperanza de que a nuestro Ayuntamiento se le antojase señalar como días festivos cada una de las celebraciones de estos santos.
De entre todos ellos, hay uno que quizá sea el menos conocido, pero que personalmente me llama mucho la atención: se trata de San Jonás, cuya onomástica se festeja precisamente hoy. Según la tradición --o más bien, la imaginación de algunos cronistas del siglo XVII, como es el caso de Juan Solano de Figueroa--, San Jonás era natural de Atenas y allí se convirtió en discípulo de otro santo de dudosa existencia, Dionisio el Aeropagita. Tras ser ordenado sacerdote, emprendió su correspondiente labor predicadora y vino a parar por estas tierras cacereñas, donde goza del mérito de haber sido el primero en dar a conocer la nueva religión. Se ve que los cacereños de antaño --¿o deberíamos llamarlos norbanos?-- eran algo duros de mollera, porque el santo ateniense estuvo por aquí nada menos que siete años. No sabemos si porque ya había cumplido su misión, o simplemente porque se aburría, San Jonás volvió a Roma y los siguientes veinte los pasó en la Galia. Después de este tiempo, por recomendación de su maestro, regresó a Cáceres, donde esta vez no le esperaban precisamente con los brazos abiertos. (Suele pasar en este pueblo, que a los que se ausentan una temporada larga terminan por considerarlos forasteros). Era el año 86 y el emperador Domiciano había emprendido su particular persecución de los cristianos. Como era de esperar, al santo ateniense fue maltratado y finalmente degollado. Por eso se le suele representar como un señor vestido de cura, que sostiene su propia cabeza cortada entre las manos.
Como hemos adelantado al principio, esta historia no tiene siquiera visos de leyenda, sino que se trata de una invención propia de los cronicones del siglo XVII, empeñados en crear y fomentar falsas devociones, entre otros motivos, para favorecer el lucrativo mercado de las reliquias. Según otras versiones de la vida del mismo santo, éste nunca pisó la Península Ibérica y su martirio tuvo lugar en las proximidades de París, donde hoy también se celebra su festividad.
Quizá porque su supuesta predicación no se la creía nadie, o porque su iconografía espantaba al más osado, apenas existieron representaciones de este santo en la ciudad. Actualmente sólo se conserva una tabla en el retablo de la ermita del Vaquero, fechado en 1668. Simón Benito Boxoyo, por su parte, nos señala que el 26 de septiembre de 1784 se colocó una imagen del santo patrón en el altar de la Virgen de la Montaña, pero desgraciadamente no se ha conservado.
Representación de San Jonás, santo patrón y evangelizador de nuestra ciudad, en el retablo de la ermita de la Virgen del Vaquero.
Bibliografía: - G. González Dávila: Teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas y catedrales de los reynos de las dos Castillas: vidas de sus arzobispos y obispos y cosas memorables de sus sedes... tomo segundo, que contiene las iglesias de Sevilla, Palencia, Ávila, Zamora, Coria, Calahorra y Plasencia. Madrid: [s.n.], 1647 (imp. de Pedro de Horna y Villanueva); pág. 435. - J. Solano de Figueroa: S. Ionás, presbítero y mártir, apóstol predicador y maestro de la noble y muy leal villa de Cáceres, y otros santos; sus hijos naturales piden su culto y veneración como stos. propios y naturales del obispado de Coria… [Madrid]: [s.n.], 1665. - J. Rodríguez de Molina: Papeles históricos sobre la villa de Cáceres. Manuscrito inédito del s. XVIII, fols. 22-23. - S. B. Boxoyo: Noticias históricas de la muy noble y leal villa de Cáceres, provincia de Extremadura. Monumentos de la Antigüedad que conserva. Manuscrito, [1794]; fols. 46-47. - E. Flórez: España Sagrada. Theatro geográfico-histórico de la Iglesia de España, tomo XIII: De la Lusitania antigua en común, y de su metrópoli Mérida en particular. Madrid: José del Collado, 1816; págs. 116-117. - F. García Morales: «Los santos cacereños», periódico HOY, 11 de enero de 1984. - J. F. Arroyo Mateos: «Veintidós grandes santos extremeños de la diócesis de Coria-Cáceres», XX Coloquios Históricos de Extremadura. Homenaje a Francisco Pizarro en el 450 aniversario de su muerte (1477-1541): 24 al 29 de septiembre de 1991. Cáceres: Diputación provincial, [1994]; pág. 22. - G. Sellers de Paz: Cáceres visto por un periodista (20.000 años de vida). Cáceres: EdiSell, 1995; págs. 217-222. - F. Acedo: «San Jonás olvidado», El Periódico Extremadura, 13 de agosto de 2006. - S. B. Boxoyo (ed. de E. Cerrillo Martín de Cáceres): Noticias históricas de Cáceres y monumentos de la Antigüedad que conserva. Cáceres: Cicón, 2009; págs. 259-262.

sábado, 29 de agosto de 2009

El asesinato del obispo Álvarez de Castro (29 de agosto de 1809)


Tal día como hoy hace doscientos años, las tropas francesas al mando del mariscal Soult irrumpieron a punta de bayoneta en las calles de la villa cacereña de Hoyos. Allí se había refugiado el obispo de la diócesis de Coria, don Juan Álvarez de Castro (1724-1809), con cuya vida acabaron sin miramientos, a pesar de ser una persona de avanzada edad y encontrarse postrado en la cama y enfermo.

Juan Álvarez de Castro y Muñoz había nacido el 29 de enero de 1724 en la localidad toledana de Mohedas de la Jara. A pesar de su apellido, nada tenía que ver con el heroico defensor de Gerona en la Guerra de la Independencia, que murió también a manos de los franceses unos meses después que nuestro personaje. Tras su paso por varias parroquias, sucedió como obispo de Coria a Diego Martín Rodríguez (1785-1789). El día de su consagración fue el 29 de marzo de 1790 y contaba entonces 66 años de edad.

En adelante destacó por su labor social en la mejora de los hospitales de la diócesis y la atención a los niños abandonados. A los 82 años, enfermo en cama y casi ciego, decidió trasladar su residencia a la villa de Hoyos, en la Sierra de Gata, un lugar más fresco, saludable y a poca distancia de la sede episcopal. Fue aquí donde le sorprendió la invasión francesa, a la que se opuso desde el principio y con decisión, publicando al menos dos pastorales en las que recomendaba la unión de los españoles frente al invasor y alentaba a los más jóvenes a tomar las armas contra los franceses. En una de estas cartas llegaba a comparar a Napoleón con el mismísimo Lucifer y, en otra, celebraba la derrota de los franceses en la batalla de Bailén.

Tan encendidas proclamas no debieron sentar nada bien a los franceses, que a pesar de lo escondido de su retiro, lograron encontrar al obispo postrado en la cama, donde sin posibilidad de huir ni pedir auxilio, fue presa fácil de la soldadesca, que tras maltratar y burlarse del desvalido anciano, terminaron por coserlo con la bayoneta y dispararle dos tiros, uno en los genitales y otro en la boca. Al día siguiente, fue enterrado sin solemnidad y con apresuramiento en la iglesia parroquial de Hoyos, en un emplazamiento que a día de hoy se ha olvidado. Así de ingrata se suele comportar la memoria con aquellos que consideramos héroes.


Bibliografía:
- J. F. Fogués: El ilustrísimo obispo de Coria D. Juan Álvarez de Castro, mártir de la Independencia española. Homenajes de la diócesis le dedica en el primer centenario de la Guerra de la Independencia. Cáceres: [s.n.], 1908 (Tip. de sucesores de Álvarez).
- M. Á. Ortí Belmonte: Episcopologio cauriense. [Cáceres]: Diputación Prov. de Cáceres, [1959]; págs. 155-157 y 197-200.
- A. Orive: «Álvarez de Castro, Juan», Diccionario de Historia Eclesiástica de España. Madrid: CSIC, 1972; vol. I, pág. 55.
- F. Jiménez de Gregorio: «Martirio y asesinato por los franceses del obispo de Coria Dr. Álvarez de Castro», Toletum, 33, 1996; pág. 125.
- F. J. Fernández de la Cigoña: «D. Juan Álvarez de Castro, mártir de la Independencia española», Historia en Libertad, 28 de mayo de 2008 (html).
- C. Ortiz: «Un programa de actos recordará al obispo Álvarez de Castro», El Periódico Extremadura, 8 de enero de 2009.

lunes, 20 de julio de 2009

¿Estuvo el hombre en la Luna?

Hoy se conmemora el cuarenta aniversario de la llegada del hombre a la luna ¿o quizá debería decir de los norteamericanos? No porque ambas categorías sean excluyentes, sino porque tampoco tengo muy claro que aquellos fueran los primeros. Y es que uno llega a una edad en que empieza a dudar de muchas cosas y le resulta difícil comprender otras tantas. Creo que cada vez estoy más de acuerdo con aquella máxima que escuchaba de pequeño: de lo que veas créete la mitad; y de lo que te cuenten, ni eso.


parte 1 - parte 2

miércoles, 11 de marzo de 2009

Testamento del teniente Ruiz (Trujillo, 11 de marzo de 1809)

En el nombre de Dios todopoderoso. Amén. Sepan cuantos esta carta de testamento vieren, como yo don Jacinto Ruiz, teniente coronel de los Reales Ejércitos y primer teniente del Regimiento de Guardias Walonas, hallándome enfermo del cuerpo, pero en mi entero juicio, memoria, entendimiento y voluntad; creyendo como firmemente creo el misterio de la Santísima Trinidad, y en la Santa Madre la Yglesia, como católico fiel cristiano que soy, en cuya fe y creencia he vivido y quiero morir, he determinado hacer esta mi disposición testamentaria en la forma siguiente:

Primeramente, mando mi alma a Dios Nuestro Señor que la crió, y quiero que mi cuerpo siendo cadáver sea sepultado en la yglesia parroquial donde muera, haciéndose el entierro en la forma y modo que dispongan mis albaceas.

Ytem quiero que se digan por mi alma veinte misas rezadas, que se celebrarán si no hubiere impedimento por el presbítero don Manuel Salvador Carmona, dándole de limosna cinco reales por cada una.

Declaro que el maestro de sastre Ramón Albior, que vive en Madrid, calle de la Montera, me es en deber cierta cantidad de dinero, que por no acordarme de quanto es y fiando en su hombría de bien, quiero que se cobre.

Declaro que José Monrabio, sargento de las Milicias Probinciales de Trujillo, me debe también trescientos veinte reales, que se cobrarán a la mayor brevedad posible.

Declaro que el padre capellán del Regimiento de Jaén, don Nicolás Herrera, me debe igualmente seiscientos quarenta reales, que se cobrarán en la misma forma.

Declaro que en la actualidad poseo los vienes siguientes: doce mil reales en dinero efectivo; un relox de plata; dos cubiertos del mismo metal; dos sortijas de oro, la una con un vrillante; una maleta; seis camisas; quatro pares de calzetas; dos pares de calzetines; nuebe pañuelos; un mantel; tres serbilletas; una thoalla; tres clarecos, el uno elástico; tres pares de pantalones; dos capotes; tres pistolas; dos almoadas; y un cavallo con los arreos de montar.

Declaro que el maestro de sastre Agustín Gioter, vecino de Cádiz le debo cierta cantidad de reales, que consta de un recibo que le tengo hecho, y se le pagará de lo más efectibo de mis vienes.

Declaro que también debo cierta cantidad de dinero a otro maestro de sastre, al que igualmente tengo otro recibo, y se le pagara con la brevedad posible.

Quiero que si se presentase algún documento mío por donde se acredite que deba alguna cosa, que se pague no dudándose de su certeza.

Declaro también que deje en Madrid, en casa de mi señora, doña María Paula Viviano, algunas ropas, que en caso de haberse salvado del enemigo, y si se rescatan, se unirán al cuerpo de mi caudal, y se imbertirán como lo demás.

Quiero que el cavallo, y los demás efectos que dispongan mis albaceas, se vendan a los sujetos que los quieran, y por el precio en que se contengan, lego a la señora doña María de los Dolores, vecina de Cádiz, mil reales de vellón. Lego igualmente a José Cavarini, mi asistente, dos camisas, dos chalecos, dos pares de calzetas, dos pañuelos, unos pantalones de paño negro, y unas votas a arbitrio de mis albaceas.

Lego también a don Manuel Rodríguez y Valle la sortija de oro del vrillante, en memoria de la amistad y cariño que le profeso; e igualmente al teniente coronel don Juan Cevollino, mi tío, la otra sortija de oro.

Lego las espuelas de plata a mi hermano don Ignacio Ruiz; un cubierto de plata, a mi otro hermano don Antonio Ruiz; y el otro cubierto a doña Salvadora Ruiz, mi hermana; y quiero que se reparta también por iguales partes entre dichos mis tres hermanos lo que, decididos los legados, quedare líquido del tercio íntegro de mis vienes.

Instituyo por mi único y universal heredero del remanente de todos mis vienes a don Antonio Ruiz, mi padre, para que los haya y herede con la vendición de Dios (se incluye el relox).

Nombro por mis albaceas testamentarios a los referidos señores don Manuel Rodríguez y Valle y don Juan Cevollino, teniente coronel del Regimiento de Badajoz, a quienes doy poder absoluto, y cada uno
in solidum para que cumplan este mi testamento en la forma que dejo dispuesto, y sin ninguna ulterior diligencia judicial, pues quiero que todo se haga amigablemente sin estrépito.

Y por este mi testamento reboco y anulo quales hice antes de ahora, por escrito o de palabra, y quiero que ninguno otro sirba; sin embargo, en qualesquiera cláusula que contenga, sino es el presente, el que solamente quiero que valga, en la vía y forma que mejor combenga. Así lo otorgo siendo testigo el presbítero don Manuel Salvador Carmona, el teniente coronel don Juan Cevollino y el licenciado don Francisco Ortiz y Flores; y con los referidos testigos, los firmo en Truxillo a once de marzo de mil ochocientos nuebe.

Para ver dos entradas relacionadas, pincha aquí y aquí.

martes, 13 de enero de 2009

Tintín cumple 80 años


Aunque quién lo diría, a la vista de que sigue pareciendo un chaval. Y eso que durante estas ocho décadas no se puede decir que haya tenido tiempo para descansar: cuando no andaba buscando tesoros entre los restos de un galeón hundido en el fondo del mar; ayudaba a la policía a desmantelar redes criminales de narcotraficantes, falsificadores de dinero, comerciantes de armas o negreros; combatía con los guerrilleros de las selvas sudamericanas; desbarataba los planes de un golpe de estado contra un monarca en los Balcanes; escalaba las cimas del Himalaya y conocía al Yeti… e incluso fue el primer hombre en pisar la superficie de la Luna. En todas estas aventuras siempre contó con la compañía de su inseparable Milú, y con la ayuda inestimable de sus amigos el Capitán Haddock, el Profesor Tornasol, los detectives Hernández y Fernández o la soprano Bianca Castafiore. Demasiados viajes no exentos de riesgo que, sin embargo, no parece que le pasaran demasiada factura: más aún, antes que arredrarse, su espíritu rebosaba ímpetu y juventud, a la vista de una nueva aventura. Siempre fue el mismo, sin despeinarse el mechón pelirrojo, y sin necesidad de quitarse sus pantalones bombachos, hasta que en la década de los setenta alguien le dijo que mejor con unos vaqueros, por eso de no hacer el ridículo.


Conocéis de sobra mi afición por los cómics del joven reportero belga, pues en más de una ocasión lo he mencionado en este blog. Se trata de una pasión que me acompaña desde la infancia, y con el tiempo, en vez de disminuir, ha ido en aumento. De las pocas situaciones que todavía puedo recordar de cuando era niño, no se me borrará de la memoria cuando me sentaba al lado de mi padre y éste me leía las aventuras de Las siete bolas de cristal y El templo del Sol, que por entonces, me acuerdo, publicaban por entregas cada domingo en el suplemento de El País. Cuando aprendí a leer, fueron los primeros libros que me regalaron; y quizá por este motivo, también serían para siempre mis episodios preferidos de la serie, en los que Tintín viaja a Perú y descubre una civilización inca que sobrevive oculta en las montañas.


Después, poco a poco, me iría comprando toda la colección, y por ese cariño especial que se le concede a las primeras lecturas, y a pesar de conocerme todos los álbumes de memoria, hasta el más nimio detalle, conservo cada uno en perfecto estado y ordenados cronológicamente en una estantería. Junto a ellos tengo otras obras, más específicas y propias de coleccionistas, o de otros personajes creados por Hergé, como los traviesos Quique y Flupi.



En mi reciente viaje a Bruselas, aunque me quedé con ganas de ver el Museo del Cómic, no pude resistir la tentación de gastarme el dinero en una de las tiendas de Tintín. En Bélgica, todo el merchandising que rodea a las aventuras de Tintín está monopolizado por las tiendas oficiales, que, por cierto, son un poco caras. Aun así, cedí a la tentación y además de un Milú de peluche, postales, llaveros y otros zarrios, acabé comprándome esta maqueta, que reproduce la portada de El cangrejo de las pinzas de oro. Lo sé, no tengo remedio… ni remordimiento.


No quisiera soltaros más rollo, además tampoco son horas, aunque podría ponerme a contar y no parar… Por ejemplo, también me gustaría comentaros que, si bien todo el mundo sabe que la profesión de Tintín es la de reportero, nunca se le ve escribiendo una crónica, ni tampoco se sabe para qué periódico trabaja. Sólo en La oreja rota aparece tomando notas para un hipotético artículo sobre un robo en el museo, que después no llega a escribir. ¿Era un vago? ¿De dónde obtenía sus ingresos? Son preguntas que tampoco vienen al caso, y que quizá trate de contestar en otra ocasión. Por ahora, os dejo con estos capítulos de la serie de dibujos animados, que recrean los dos cómics que antes mencioné y dije que son mis favoritos: Las siete bolas de cristal y El templo del Sol. Buenas noches.



parte 1 - parte 2 - parte 3 - parte 4 - parte 5 - parte 6 - parte 7 - parte 8

sábado, 6 de diciembre de 2008

Vestigios de la Transición

Hoy nos toca conmemorar el XXX aniversario de nuestra Constitución. Por este motivo, me acabo de acordar de unas curiosas fotos que pude sacar hace cosa de un año. Se trataba de unos cárteles de propaganda, que quizá pertenezcan a las primeras elecciones democráticas. Aparecieron --como digo-- el año pasado, ocultos tras la fachada de un establecimiento de la Avenida de España, que estaban reformando. No deja de resultar una curiosidad muy emotiva, en primer lugar por la increíble conservación del papel después de tres décadas, y también por la inocencia de los lemas, de las composiciones, con fotos de Snoopy y Mafalda incluidas. Me llaman mucho la atención aquellos partidos minoritarios de vida efímera, que surgieron como champiñones en los primeros años de efervescencia democrática, y que con sus dirigentes desaparecieron tan pronto como se crearon.





jueves, 20 de noviembre de 2008

Certificado de defunción

No está de más que, antes de retirarse del caso, el juez Garzón se haya preocupado de certificar la muerte de Franco. Por si acaso algún despistado a éstas alturas no sabe que el Caudillo lleva más de tres décadas enterrado…




parte 1 - parte 2 - parte 3

viernes, 24 de octubre de 2008

Todo se va a la mierda

Los Leman Brothers... Sorprendentes. Me he quedado boquiabierto...




Por cierto, en ningún medio de comunicación se han atrevido a recordar esta efeméride, pero tal día como hoy del año 1929, la bolsa de Nueva York se fue a tomar por saco. Y después... no hace falta explicar lo que sucedió...

sábado, 4 de octubre de 2008

Carta del teniente Ruiz (4 de octubre de 1808)


Exmo. Señor, Presidente, y demás Vocales de la Junta Suprema.

D.n Jacinto Ruiz y Mendoza, I.er Ten.e del R.l Cuerpo de Guas. Walon.s con el respeto devido hace presente: Que á su llegada á esta Plaza desde la de Madrid donde se hallaba, en la curación de las heridas q.e recivió el día 2 de Mayo, en la defensa del Parque de Artillería, no hizo presente á V. E. ni su corto mérito en aquella acción, ni los deseos q.e le asistían de llebar un distintibo q.e lo autorisare á la vista del Público. Por el Gefe del Estado Mayor se le pasó un aviso p.ª q.e así él, como todos los Oficiales y Soldados de su Cuerpo q.e llegaron al mismo tiempo, pudiesen llebar el Escudo concedido á los prófugos de Portugal.

No solicita el exponente ser preferido á nadie ni hacer ostentación de un Serv.º q.e cualquiera otro Oficial huviera hecho en igual.s circunstancias, ni tampoco manifestar q.e la grave herida, q.e aún tiene abierta, fue efecto de otra cosa que de las vicisitudes de la suerte Militar; pero sí desearía q.e V. E. como tan recto, justo y generoso, (y á quien tantos motivos tiene p.ª vivirle agradecido), se dignase mandar q.e se le habilite de una orden, Certificación, ó qualquiera otro documento, p.ª autorizarle á llebar á quel distintibo, ó qualquiera otro q.e V. E. quisiera señalarle en consideración á su corto merecim.to, pudiendo estar V. E. bien persuadido á q.e nada anhela con más interés que buscar ocasión donde acreditar el deseo de sacrificarse por la Nación, el Rey, Religión y esta Provincia.

Quartel Gen.l de Badajoz, 4 de Oct.e de 1808.- Exmo. S.or=Jacinto Ruiz y Mendoza.



Líbrese la certificación el primer Teniente de R.s Guardias Walonas D.n Jacinto Ruiz y Mendoza diciendo se le ha concedido, por esta Suprema Junta el mismo Escudo de distinción, señalado a todo Militar, fugado de Portugal, hallándose Prisionero de los Franceses, por el Amor y Patriotismo, con que huió de Madrid, luego que las grabes heridas que recivió tan gloriosam.te, el día dos de Mayo en aquella Corte, le permitieron dejar la cama; con las quales abiertas aun se presentó a alistarse entre los defensores de esta Prov.a, por cuio motivo, y el distinguido Mérito q.e contrajo en la defensa del Parque de Artillería, le señala la misma Suprema Junta otro nuebo Escudo de distinción como premio del valor, del qual deberá vsar antes de aquel, ese Escudo será una Corona de Laurel y en la circunferencia dirá: Por Fern.do 7º y la defensa del Parque de Art.a el día dos de Mayo de 1808.

Badajoz, 4 de Octubre de 1808=Josef Galluzo

Ramón Gómez Villafranca: Extremadura en la Guerra de la Independencia. Memoria histórica. [s.l.]: Muñoz Moya, 2004. Págs. 38-39.

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lunes, 29 de septiembre de 2008

El día en que Hitler ganó

Hoy se conmemora --por decirlo de alguna manera-- uno de los acontecimientos más vergonzosos y con fatales consecuencias de la historia europea del pasado siglo. Me estoy refiriendo a los pactos de Múnich, que se suscribieron tal día como hoy hace exactamente setenta años, cuando los primeros ministros de las dos principales potencias democráticas de la época --esto es, Chamberlain por parte de la Gran Bretaña, y Daladier, por Francia--, creyeron conveniente ceder a las pretensiones anexionistas de Hitler sobre Checoslovaquia, que fue abandonada a su suerte, a cambio de obtener lo que denominaron una «paz honrosa», una paz que cuando fue preciso defender, ya era demasiado tarde.

El acuerdo de Múnich no sólo supuso una traición para el gobierno democrático de Checoslovaquia, sino que también significaba la sentencia de muerte para la República española, que inmersa en plena Batalla del Ebro, vio desvanecerse de la noche a la mañana sus esperanzas de poder obtener ayuda de las democracias europeas. Pero como en la Historia los mayores despropósitos se miden siempre en comparación con otros peores, pocos meses después de este «pacto entre caballeros», el mundo asistiría atónito a la firma de otro si cabe más ignominioso: el pacto de no agresión germano-soviético. Cuando después de Austria y Checoslovaquia le llegó el turno a Polonia, resultó demasiado tarde para rectificar y no cupo más respuesta que la guerra, una guerra que desangraría Europa durante cinco largos años.


El profesor Julián Casanova, de quien ya hemos hablado en otra ocasión, analizaba estos episodios de penoso recuerdo en el suplemento dominical de El País. El reportaje me ha parecido muy acertado, sobre todo por dejar de manifiesto como a veces la diplomacia se convierte en cobardía, pues por querer defender la libertad de unos se acaba sacrificando la de otros, y por esto ni siquiera se consigue apaciguar al enemigo, sino que éste se creerá más poderoso y mayor será el nivel de sus exigencias.


Recordemos los hechos. El 29 de septiembre de 1938, los jefes de Gobierno de las dos principales democracias europeas, Gran Bretaña y Francia, y los dictadores de Alemania e Italia se reunieron en Múnich para decidir el destino de Checoslovaquia, donde tres millones de alemanes vivían en las áreas fronterizas de los Sudetes, y buscar una alternativa a los planes de invasión y conquista militar puestos en marcha unos meses antes por Adolf Hitler. Tras más de 13 horas de negociaciones, Neville Chamberlain y Édouard Daladier aceptaron las propuestas de Hitler que expuso Benito Mussolini como si fueran suyas. Checoslovaquia entregaría a Alemania los territorios de los Sudetes, los cuales incluían importantes centros industriales y de comunicación, y los alemanes a cambio se comprometían a no atacar al resto del Estado checo y mantener la paz en el futuro.


El acuerdo parecía alejar el fantasma de la guerra, y Chamberlain y Daladier fueron recibidos en sus países como héroes que habían frenado las ambiciones expansionistas nazis. El tiempo, corto tiempo, pronto se encargaría de demostrar lo contrario. El sacrificio de Checoslovaquia no salvó la paz. Setenta años después, los historiadores todavía escuchamos los ecos de las explicaciones morales que los defensores y detractores del pacto dieron en su momento.

Checoslovaquia había nacido el 28 de octubre de 1918 entre las ruinas del Imperio Austrohúngaro. El nuevo Estado, organizado en torno a Bohemia, Moravia y Eslovaquia, era un rompecabezas étnico y lingüístico en el que resultaba muy difícil acomodar las diversas nacionalidades y salvar las diferencias sociales, culturales y económicas entre esos grupos. Pero, al contrario de lo que sucedió con los otros países del este de Europa y de los Balcanes, creados tras la derrota de los imperios autocráticos en la I Guerra Mundial, que sucumbieron muy pronto a dictadores con poderes absolutos, Checoslovaquia mantuvo durante esos 20 años de entreguerras una democracia parlamentaria, republicana y de respeto a las libertades individuales.

La coexistencia entre checos, eslovacos y las restantes minorías nacionales fue relativamente pacífica hasta el comienzo de los años treinta, cuando la crisis económica mundial impactó de lleno en las áreas industriales de los Sudetes donde vivía la mayoría de los ciudadanos de habla alemana. Hasta ese momento, los nazis habían contado con poco predicamento en Checoslovaquia, pero, con la subida de Hitler al poder, se organizaron en torno al liderazgo de Konrad Henlein, un profesor de gimnasia que comenzó a reclamar, con bastante éxito entre los alemanes étnicos, la separación de los Sudetes del resto del Estado checoslovaco.


Hitler creía también que esos tres millones de alemanes debían integrarse en el Reich y, tras la anexión de su Austria natal en marzo de 1938, ordenó a Henlein aumentar la agitación violenta y la intimidación a sus oponentes. Joseph Goebbels, el ministro nazi de Propaganda, difundió todo tipo de mentiras sobre las atrocidades cometidas por los checos sobre las mujeres y los niños alemanes de los Sudetes, y Hermann Göring, ministro del Aire, se sumó a la campaña denunciando a los checos como «una raza vil de enanos sin cultura». El concepto nazi de raza y su lenguaje político sobre el «espacio vital» eran incompatibles con la existencia de estados independientes en Europa central y del Este. Después de Austria, Checoslovaquia se convirtió en el siguiente objetivo.

Operación Verde fue el nombre con el que Hitler designó el plan de conquista de un país con importantes recursos económicos y que, en términos estratégicos, era la puerta que abría el dominio del Este. Las cosas, sin embargo, no iban a resultar tan fáciles como en Austria, porque Checoslovaquia era un país más rico y poderoso, con unas fuerzas armadas y una mayoría de la población dispuestas a resistir la invasión. Göring y los principales generales del Ejército alemán le advirtieron a Hitler de que era mejor asegurar concesiones graduales --que Francia y Gran Bretaña ya habían mostrado su disposición a aceptar-- que correr el riesgo de iniciar una guerra para la que Alemania no estaba todavía preparada. Pero Hitler siguió con su idea de aplastar a Checoslovaquia. «Viva la guerra», le dijo a Henlein el 1 de septiembre de 1938, convencido de que las democracias, muy divididas políticamente y sin poderío militar, no intervendrían y, si no lo hacían ellas, tampoco Rusia acudiría en su ayuda.

Septiembre fue un mes de declaraciones pomposas, intensos contactos diplomáticos, y de viajes de ida y vuelta. Dos veces voló Chamberlain a Alemania a encontrarse con Hitler para explicarle que Francia y Gran Bretaña estaban de acuerdo con la cesión de los Sudetes al Reich. Chamberlain y Daladier culminaban con Checoslovaquia su política de «apaciguamiento», esa que consistía en evitar una nueva guerra a costa de aceptar las demandas revisionistas de los dictadores fascistas, siempre y cuando no se pusieran en peligro los intereses estratégicos de sus respectivos países. En el clímax de la crisis, en los días finales de septiembre, cuando Hitler le comunicó a Chamberlain que con los Sudetes no bastaba y que quería más, toda Checoslovaquia, el primer ministro británico les dijo a sus ciudadanos, en un discurso transmitido por la BBC, que parecía «horrible, fantástico, increíble» que tuvieran que comenzar a cavar trincheras y probar máscaras de gas «a causa de una disputa en un país lejano, entre gente de la que no sabemos nada». Era el 27 de septiembre. Dos días después, firmaba, junto con Daladier, Hitler y Mussolini, la sentencia de muerte para la única democracia que se mantenía en pie en Europa al este del Rin.


A la ceremonia de desmembramiento de Checoslovaquia ni siquiera fue invitado su jefe de Gobierno, Eduard Benes, quien eludió la responsabilidad por la capitulación, culpando exclusivamente a las grandes potencias europeas, dimitió el 5 de octubre y abandonó el país dos semanas después. Los polacos y los húngaros se sumaron también al reparto del pastel, consiguiendo territorios en sus fronteras a costa de checos y eslovacos. Cuando no había pasado ni un mes desde el acuerdo de Múnich, Hitler ordenó a sus fuerzas armadas que se prepararan para la «liquidación pacífica» de lo que quedaba de Checoslovaquia. A mediados de marzo de 1939, las tropas alemanas entraban en Praga.

Los historiadores discuten todavía si aquel pacto fue ineludible o si, por el contrario, septiembre de 1938 habría sido el momento apropiado para combatir al Ejército alemán, menos poderoso y peor preparado para la guerra que un año después. Múnich significó la victoria del Nuevo Orden nazi en Europa sobre los «defensores de una época moribunda». Un Nuevo Orden que, según le dijo Joachim von Ribbentrop al conde Galeazzo Ciano en una de esas charlas amistosas entre ministros fascistas de Asuntos Exteriores, «garantizaría la paz durante mil años». «Mil años eran muchos; con un siglo valdría», le contestó Ciano. Vista la historia, menos mal que sólo duró poco más de un quinquenio.

domingo, 28 de septiembre de 2008

San Wenceslao

Hoy es el santo de mi abuelo, y como ya es costumbre cada vez que alguien de la familia celebra su onomástica, aprovecho la ocasión para felicitarle y dedicar una entrada a la biografía de este santo mártir, que es también el patrón de la República Checa.


El joven príncipe, que nació en Bohemia hacia el año 907, personifica el ideal del héroe nacional, valientemente comprometido en la promoción cultural y religiosa del pueblo eslavo.

Cuando se derrumbó el reino moravio, en el 895, los príncipes bohemios, entrando en el juego diplomático de las potencies de ese entonces, se aliaron con el fuerte reino franco, y adoptando los principios de las antiguas civilizaciones comenzaron el proceso de europeización de los estados de Europa central.

Líder de esta política de visión hacia el futuro fue el joven duque de Bohemia, Wenceslao. El había sido educado cristianamente por la abuela Ludmila, venerada como santa. Tan pronto tuvo la edad requerida, sucedió al padre después de la breve regencia de la madre Draomira. Mujer intrigante, Draomira prefería al segundo hijo, Boleslao, y fomentó con todos los medios a su alcance la rivalidad entre los dos, hasta el punto de llevar al segundo a mancharse con el grave delito del fratricidio.

En la mañana del 28 de septiembre del 935, mientras Wenceslao salía de casa para ir a misa, Boleslao, que lo esperaba en un lugar solitario con un grupo de cómplices, le saltó encima para herirlo por la espalda. El joven rey, que todavía no tenía treinta años, detuvo el golpe y echó mano a su espada, pero cuando se dio cuenta que el asesino era su hermano bajó el arma, murmurando: «Podría matarte, pero la mano de un siervo de Dios no debe mancharse con el fratricidio». Fue asesinado por los sicarios de Boleslao.

Este ejemplarísimo príncipe cristiano anteponía sus deberes religiosos a los de soberano, hasta el punto de llegar tarde a una importante asamblea de Worms, convocada por el emperador Otón, porque estaba en misa. No era raro ver al joven rey mezclado con los otros fieles, con los pies descalzos, durante las procesiones penitenciales. Impuso a su cuerpo la dura disciplina del cilicio y las diarias mortificaciones.

Fue considerado como un rey renunciatario por haber buscado la alianza con los poderosos francos limítrofes, pero el mismo hermano Boleslao, que le sucedió, después de haberlo mandado asesinar, comprendió esa política realista y la siguió. Boleslao comprendió el error de valoración respecto de su hermano, hacia quien la devoción popular creció de día en día, por los prodigios que se obraban sobre la tumba del mártir, venerado inmediatamente como santo, el primero de los pueblos eslavos.

Estatua escuestre de San Wenceslado (1912), en la plaza de Praga que lleva su nombre (Václavske Námĕstí).

jueves, 11 de septiembre de 2008

11 de septiembre

Han pasado ya siete años, pero parece que fue ayer. Si preguntas a cualquier persona, recordará con nitidez y podría contar con detalle dónde se encontraba o qué estaba haciendo aquel día, cuando vio por televisión estrellarse unos aviones contra las torres gemelas de Nueva York. El que escribe estas líneas, con más motivo. Aquella mañana era la primera vez que iba al instituto, en compañía de uno de los hijos de mi familia de adopción. Esto sucedió un martes, pues el sábado acaba de llegar al aeropuerto de Washington, para pasar un mes con una beca de estudios aprendiendo inglés, o por lo menos intentándolo. Me llevaron en autobús hasta el condado de Lancaster, en Pensilvania, donde me estaba esperando la familia que me acogería en su casa durante este tiempo. Cuando sucedieron los atentados, llevaba tres días en los Estados Unidos, y apenas me había dado tiempo de ver ni conocer nada.

Recuerdo que a primera hora de la mañana, cuando llegue al instituto, o al highschool, como lo llaman por allí, había examen de Música. Como aquello no iba conmigo, me puse a hacer otra cosa. Me había llevado en la mochila una antología poética y me dio por ponerme a leer a Machado. Cuando iba por aquello de Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta / --no fue por estos campos el bíblico jardín--…, sonó el timbre que señalaba el final de la clase. Al cabo de un rato entró el profesor de Matemáticas, con un vaso de café en una mano y un transistor en la otra. Esto me llamó la atención, y me pregunté que si sería habitual que aquel tipo pasase de dar clase para terminar de desayunar y escuchar la radio. Como mi inglés tampoco era muy fluido, al principió no presté mucha atención a lo que decía el informativo. Como todo el mundo escuchaba las noticias, yo volví a lo mío y seguí leyenado: … son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín.

Pasaron unos cinco minutos, y entonces advertí la cara de preocupación en todos mis compañeros de clase, que seguían absortos escuchando la radio. Hice un esfuerzo por entender auqello y me pareció que lo que estaban retransmitiendo no era nada bueno. Arranqué un trozo de papel de un cuaderno y le pedí a Tony, el hijo de la familia que me acogía, que me explicara qué estaba sucediendo. Como todos estaban en silencio y me hablaba cuchicheando, no me enteraba muy bien de lo que me quería decir; o acaso sí le entendí, pero no llegué a creérmelo, así que pensé que era yo el que no había captado correctamente la información. Cogió el papel y dibujó como dos rectángulos alargados, y un avión estrellándose contra uno de ellos. Al lado anotó: world trade center, NY y hyjackers (sic)… Entonces lo comprendí todo.


Cuando volvió a sonar el timbre, todo el colegio se reunió en los pasillos, y ya pude preguntar por los detalles de lo que estaba sucediendo. La gente andaba alterada, aunque no lo suficiente, porque nadie había visto todavía las imágenes en televisión. Algunos salimos a la puerta y miramos al cielo, pues acabábamos de escuchar que un tercer avión se había estrellado contra el Pentágono y otro sobrevolaba Pensilvania con los secuestradores a bordo. Pero el cielo estaba azul y limpio, demasiado tranquilo para presagiar que aquello fuera el fin del mundo.

Después de reunirnos en el comedor y rezar todos juntos, nos dejaron marcharnos a casa. La nuestra estaba apenas a doscientos metros del colegio, sólo había que cruzar un maizal para llegar andando. Cuando abrimos la puerta, nos encontramos a todo la familia viendo la televisión. También estaban los vecinos, que eran de la secta de los amish y, como sabéis, en casa no tienen ni radio, ni televisor ni ningún otro electrodoméstico; por eso habían venido enseguida, en cuanto se enteraron de lo que estaba sucediendo. Nada más llegar, fue el momento en que se derrumbó el primer rascacielos.

Aquella noche no dormí, aunque quienes seguramente pasaron peor noche fueron mis padres, ya que en aquellas circunstancias era casi imposible llamar por teléfono y el internet estuvo funcionando muy mal durante toda la tarde. Mis padres pensaban, según la información del programa de actividades que les habían facilitado cuando partí de España, que aquel día tenía que estar de visita en Nueva York. Finalmente no fue así, porque al llegar a América, hubo cambio de planes y se pospuso la excursión para el miércoles. Después tampoco llegué a visitar Manhattan, pero a veces se me ha pasado por la cabeza que quizá yo podría haber estado allí.

Todo me parecía un sueño, nunca pensé que me iba a tocar vivir de cerca un hecho histórico de tal magnitud, que cambiaría el rumbo de este siglo XXI que acababa de empezar; a mí, que apenas unas semanas después iba a empezar la carrera de Historia, y estaba viviendo la Historia en primera persona. Por motivos obvios, no pudimos ir a visitar Nueva York, como estaba planeado, pero sí estuve en Washignton D.C. y pude ver el enorme agujero que dejó el avión que se estrelló contra el Pentágono.


No podemos negar que aquel día marcó la vida de cada una de las personas que viven sobre este planeta, así como de las generaciones que aún están por venir. Cuando regresé a casa, mi abuelo, que de adolescente le tocó vivir la guerra civil, y había conocido una guerra mundial y otros avatares y desastres a lo largo de sus años, me dijo que nunca había pasado tanto miedo como aquel 11 de septiembre. Los atentados contra las torres gemelas, más allá de las víctimas y los daños que ocasionaron, fueron el anuncio de que a partir de entonces el mundo no iba a ser el mismo… y, en efecto, así fue. Me queda el consuelo de poder contarles a mis hijos y mis nietos que yo estuve allí.

Mi amigo Felipe y el que escribe este blog, a nuestra llegada a Cáceres. Fuimos objeto de atención por parte de todos los medios de comunicación locales.


lunes, 18 de agosto de 2008

Santa Elena, patrona de los arqueólogos

Hoy 18 de agosto, aparte de ser el santo de mi hermana, los profesionales de la arqueología celebran la festividad de su patrona, Santa Elena. Aunque, si digo la verdad, no creo que a estas alturas queden muchos arqueólogos creyentes, y ni mucho menos católicos, salvo algunos eminentes especialistas en Arqueología Bíblica, que por lo general suelen ser sacerdotes y frailes franciscanos.

¿Por qué digo que Santa Elena es la patrona de los arqueólogos? Pues porque la madre del emperador Constantino fue la primera que planificó una excavación en Tierra Santa, concretamente en el Monte Calvario, donde buscaba los restos de la cruz donde fue crucificado Jesucristo. Copio del santoral su biografía, que de vez en cuando no viene mal tomar ejemplo de aquellos que fueron dechado de virtudes, más aún si se dedicaron a esta profesión.

Icono medieval que representa al emperador Constantino en compañía de su madre.

En un mesón propiedad de sus padres en Daprasano (Nicomedia) nació pobre en el seno de una familia pagana. Allí pudo, en su juventud, contemplar los efectos de las persecuciones mandadas desde Roma: vió a los cristianos que eran tomados presos y metidos en las cárceles de donde salían para ser atormentados cruelmente, quemados vivos o arrojados a las fieras. Nunca lo entendió; ella conocía a algunos de ellos y alguna de las cristianas muertas fueron de sus amigas ¿qué mal hacían para merecer la muerte? A su entender, sólo podía asegurar que eran personas excelentes.

San Ambrosio, que vivió en época inmediatamente posterior, la describe como una mujer privilegiada en dones naturales y en nobleza de corazón. Y así debía ser cuando se enamoró de ella Constancio, el que lleva el sobrenombre de Cloro por el color pálido de su tez, general valeroso y prefecto del pretorio durante Maximiano. Tenía Elena 23 años al contraer matrimonio. En Naïsus (Dardania) les nació, el 27 de febrero del 274, el hijo que llegaría a ser César de Maximiano como Galerio lo fue de Diocleciano.

Pero no todo fueron alegrías. Elena fue repudiada por motivos políticos en el 292 para poder casarse Constancio con la hijastra de Maximiano y llegar a establecer así el parentesco imprescindible entre los miembros de la tetrarquía. Le costó mucho saberse pospuesta al deseo de poder de su marido, pero esto lo aceptó mejor que el hecho de verse separada de su hijo Constantino que pasó a educarse en el palacio junto a su padre y donde se reveló como un fantástico organizador y estratega.

Muerto Constancio Cloro en el 306, Constantino decide llevarse a su madre a vivir con él a la corte de Tréveris. En esta época aún no hay certeza histórica de que su madre fuera cristiana. Sí, cuando --por testimonio de Eusebio de Cesarea-- aparezca sobre el sol el signo de la cruz con motivo de la batalla de Saxa Rubra y la leyenda «con este signo vencerás» que dio el triunfo a Constantino y lo hizo único emperador de Roma, en el 312.

Aunque el emperador retrasará su bautismo hasta la misma muerte, es complaciente con la condición de cristiana que tiene su madre que daba sonados ejemplos de humildad y caridad. Incluso parece descubrirse la influencia materna tras el Edicto de Milán que prohibía la persecución de los cristianos y los edictos posteriores que terminan vetando el culto a los dioses lares. Agasaja a su madre haciéndola augusta, acuña monedas con su efigie y le facilita levantar iglesias.

Follis de la emperatriz Elena (2,7 gr. / 18-20 mm.). Anverso: FL(avia) HELENA AVGVSTA. Reverso: SECVRITAS REIPVBLIC(a)E. Exergo: S(acra) M(oneta)
K(yzicus) A ·
(RIC VII 39; Cayón 7; Cohen 12)

En el 326 Elena está con su hijo en Bizancio, a orillas del Bósforo. Aunque se aproxima ya a los setenta años alienta en su espíritu un deseo altamente repensado y nunca confesado, pero que cada día crece y toma fuerza en su alma; anhela ver, tocar, palpar y venerar el sagrado leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres. Organiza un viaje a los Santos Lugares en cuyo relato se mezclan todos los elementos imaginables pertenecientes al mundo de la fábula por tratarse del desplazamiento de la primera dama del Imperio a los humildes a lejanos lugares donde nació, vivió, sufrió y resucitó el Redentor. Pero aparte de todo lo que de fantástico pueda haber en los relatos, fuentes suficientemente atendibles como Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo refieren que se dedicó a una afanosa búsqueda de la Santa Cruz con resultados negativos entre los cristianos que no saben dar respuesta satisfactoria a sus pesquisas. Sintiéndose frustrada, pasa a indagar entre los judíos hasta encontrar a un tal Judas que le revela el secreto rigurosamente guardado entre una facción de ellos que, para privar a los cristianos de su símbolo, decidieron arrojar a un pozo las tres cruces del Calvario y lo cegaron luego con tierra.

Las excavaciones resultaron con éxito. Aparecieron las tres cruces con gran júbilo de Elena. Sacadas a la luz, sólo resta ahora la grave dificultad de llegar a determinar aquella en la que estuvo clavado Jesús. Relatan que el obispo Demetrio tuvo la idea de organizar una procesión solemne, con toda la veneración que el asunto requería, rezando plegarias y cantando salmodias, para poner sobre las cruces descubiertas el cuerpo de una cristiana moribunda por si Dios quisiera mostrar la Vera Cruz. El milagro se produjo al ser colocada en sus parihuelas sobre la tercera de las cruces la pobre enferma que recuperó milagrosamente la salud.

Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma, donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.

No han faltado autores que atribuyan a la fábula el hecho de la invención por Elena basándose principalmente en que no hay noticia expresa de tamaño acontecimiento hasta un siglo después. Ciertamente es así, pero lo resuelven otros estudiosos afirmando que la fuente histórica que relata los acontecimientos es el historiador contemporáneo Eusebio de Cesarea al que en su Vita Constantini sólo le interesan los acontecimientos realizados por Constantino, bien porque sigue los cánones de la historia contemporánea, o quizá porque sólo le interesa adular a su anfitrión.

Murió Elena sin que sepamos el sitio ni la fecha. Su hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a la Ciudad Eterna y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, dedicada a Santa Elena, la mujer que dejó testimonio tangible y visible en unos maderos del paso salvador por la tierra de Jesús, el Hijo de Dios encarnado.

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