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miércoles, 26 de mayo de 2010

Edward Bernays

El pasado sábado tuvo lugar el acto de graduación de mi hermana, que en menos de un mes será licenciada en Psicología. Además de volver a manifestar mi enhorabuena, como prometí, pensaba dedicarle una entrada relacionada con su futura profesión. Suele ser habitual que todo hijo de vecino, desde el fontanero al panadero, pasando por insignes políticos, se las den de saber y haber leído mucho sobre Psicología… pero como mi hermana también suele decir, no basta con echarle un vistazo de vez en cuando al consultorio sentimental de la Pronto. Por ese motivo, para tratar de ser humilde y no meterme en camisas de once varas, quiero referirme a un tema, más bien a un personaje, del que pueda decir algo desde el punto de vista histórico, sin temor a meter la pata. En mi opinión, se trata además de uno de los personajes más influyentes del siglo XX y, quizá --eso me lo tendrá que confirmar mi hermana--, el primero que aplicó las teorías del psicoanálisis en el campo de la sociología, es decir, con el firme propósito de estudiar (y manipular) el comportamiento de las masas.


Posiblemente muy poca gente haya oído hablar de él, pero me refiero a Edward L. Bernays (1891-1995), que además de ser conocido por su parentesco con Sigmund Freud --era su sobrino--, está considerado como el creador de la teoría de las relaciones públicas. Aunque había nacido en Viena, siendo niño sus padres emigraron a Estados Unidos, donde cursaría estudios universitarios de agricultura, para después dedicarse a su verdadera pasión: el mundo de la publicidad y el periodismo.

La carrera de Bernays comenzó con el estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando el gobierno de los Estados Unidos y su presidente, Woodrow Wilson, contrataron sus servicios y los del periodista Walter Lippmann, con la intención de que convencieran a la opinión pública norteamericana de la necesidad de que el país interviniese en el conflicto armado europeo, modificando de este modo las preferencias mayoritarias por alemanes y austriacos, ya que Inglaterra todavía representaba en las mentes de los ciudadanos estadounidenses la opresión de la antigua potencia colonial. Para alcanzar este propósito, Bernays y Lippman convirtieron las apelaciones al inconsciente colectivo en un arma de propaganda y manipulación de masas, a fin de persuadir a la opinión pública de que el país debía ir a la guerra. Siguiendo sus consejos, el presidente Woodrow Wilson anunció que Inglaterra estaba luchando, no para restaurar su imperio, sino para extender la democracia en el mundo.


Cuando la guerra terminó, Bernays acompañó al presidente Wilson a la Conferencia de Paz de Versalles, en cuyos debates intervino activamente. Años más tarde, el propio Bernays manifestó: «Si se puede utilizar la propaganda en tiempos de guerra, también se podrá hacer en tiempos de paz. Y como la palabra propaganda llegó a estar mal vista por su uso en Alemania, entonces decidí inventar el término Relaciones Públicas».

A comienzos de la década de los veinte, Bernays decidió utilizar las poco conocidas teorías de su tío en el campo de las relaciones públicas, un término que él mismo inventó más tarde para diferenciarla de la propaganda nazi. Bernays enseñó a las corporaciones norteamericanas la manera de lograr que las personas quisieran cosas que no necesitaban, persiguiendo de esta manera un consumo masivo por parte de la sociedad, que a su vez satisficiera el incremento de la producción industrial que siguió a la guerra.

Bernays empezó sus experimentos de psicología de masas con la manipulación de las mentes de las clases populares. Se interesó por el psicoanálisis que su tío había desarrollado y utilizó sus teorías sobre el subconsciente para manipular la opinión pública, lo que enfureció a Freud, que creía que era una acción indigna. Al respecto, es muy ilustrativa la definición que Bernays nos ofrece sobre el concepto de «opinión pública»:

La opinión pública es un término que describe un grupo de juicios individuales, mal definidos, vivaces y cambiantes, a la vez que es el resultado colectivo de la opinión individual, ahora uniforme, ahora conflictiva, de los hombres y las mujeres que constituyen la sociedad o cualquier grupo social.

Su más ambicioso experimento fue convencer a las mujeres de que fumaran, algo que por aquel tiempo no estaba bien visto. Uno de sus mejores clientes, George Hill, presidente de la American Tobacco, quería encontrar la manera de romper con ese tabú. En el año 1991, el propio Bernays contaba ante una cámara de televisión cómo sucedió todo:

Estábamos perdiendo la mitad del mercado por un tabú de los hombres contra el hecho de que las mujeres fumaran en público. «¿Puedes hacer algo al respecto?», me preguntó el presidente de la tabacalera. «Déjame que piense», le dije. Y entonces fui a un psicoanalista para preguntarle qué significaba el tabaco para las mujeres. Tuve que llamar a uno de Nueva York porque mi tío vivía en Viena.



parte 1 – parte 2 – parte 3 – parte 4 – parte 5 – parte 6

En The Century of the Self, una extraordinaria y muy ilustrativa serie documental realizada hace unos cuantos años para la BBC, en la que se trata de analizar la influencia de los medios de comunicación durante el siglo XX, Adam Curtis relata como Bernays consiguió estimular el consumo de tabaco entre las mujeres. En tal sentido, comenta que uno de los primeros psicoanalistas en Estados Unidos, E. April, le contó a Bernays que en el subconsciente femenino el cigarrillo era un símbolo fálico que otorga un poder masculino y sexual. Le dijo que si podía conectar el hecho de fumar con disputar el poder masculino, las mujeres fumarían porque entonces tendrían su propio pene. Cada año en Nueva York se suele celebrar un cabalgata por la fiesta de Pascua, a la cual acuden miles de personas; Bernays decidió montar un evento en ese desfile, persuadiendo a un grupo de mujeres de la alta sociedad para que llevaran escondidos unos cigarrillos y, ante una señal suya, los encendieron de manera ostentosa. Bernays había avisado a la prensa de que un grupo de sufragistas pretendían realizar un acto de protesta reivindicando sus libertades bajo el lema antorchas de la libertad.


El experto en relaciones públicas, Pat Jackson, explicaba en el citado documental las claves ocultas de esa estrategia del sobrino de Freud:

Él sabía que todos los fotógrafos estarían ahí y que esto provocaría muchas protestas. Y estaba preparado con la frase clave: «antorchas de la libertad». Ahí enarboló el poder del símbolo; mujeres, mujeres jóvenes fumando cigarrillos, con un lema. Todo el que quiera unirse a ese lema, que es la libertad, tendrá que apoyarla. La Estatua de la Libertad es el símbolo de América, con su antorcha en la mano. Todo esto alude a la emoción, a la memoria, a los instintos inconscientes. Al día siguiente, la noticia de las mujeres que reclamaban su derecho a fumar no sólo estaba en los diarios neoyorquinos, sino de todo Estados Unidos y del resto del mundo. Desde ese momento se disparó la venta de cigarrillos a las mujeres. Bernays consiguió que fuera socialmente aceptada con un solo acto simbólico, asociando la idea de que las mujeres que fuman son más independientes, libres y poderosas.


Una idea que todavía persiste, y que fue amplificada por las inversiones que las compañías tabaqueras hicieron en las películas de Hollywood, en las que las estrellas más glamorosas siempre aparecían con un cigarrillo en la mano. No hace falta que mencionemos ningún ejemplo, pues estaríamos hablando de algunas de las mejores escenas de la historia del cine. En definitiva, Bernays consagró de esta manera el uso de los medios de comunicación para manipular a las masas. Inventó las modernas técnicas de publicidad (el llamado marketing) y con ello inauguró un nuevo período en la Historia: el de la sociedad de consumo de masas.

A lo largo de su vida, Bernays contó entre sus clientes a varios presidentes estadounidenses, como Coolidge, Wilson, Hoover, Eisenhower, Reagan o George H. W. Bush, a los que ayudó primero a alcanzar la Casa Blanca, y después como asesor en sus respectivos gabinetes. También se relacionó profesionalmente con importantes personajes de la vida pública, como el inventor Edison, el cantante Caruso, el bailarín Nijinsky, el industrial Henry Ford o el multimillonario Rockefeller; y, por supuesto, prestó sus servicios en importantes empresas transnacionales, que todos conocemos (Cartier, Dodge, CBS…). Se rumorea que Bernays recibió atractivas ofertas para trabajar en Alemania, al servicio de Adolf Hitler y su servicio de propaganda, dirigido por Joseph Goebbles; pero quizá porque era judío, o porque acabó primando más su lealtad a los principios democráticos, se negó en rotundo a colaborar con los nazis. También fue tentado para trabajar al servicio del dictador nicaragüense, Anastasio Somoza, o sin ir más lejos, de nuestro general Franco, a quien, por cierto, no le hubiera venido nada mal contar con un asesor de relaciones públicas.


Después de la Segunda Guerra Mundial, Bernays trabajó en una campaña de propaganda a favor de la United Fruit Company (hoy United Brands), que como sabemos estuvo detrás del golpe de estado que, con ayuda de la CIA, derrocó al gobierno electo de Guatemala en 1954. La empresa se servía de la mano de obra casi esclava para producir plátanos baratos que luego vendía en el lucrativo mercado de Estados Unidos. Cuando el gobierno de Guatemala, que era ligeramente reformista, trató de frenar el poder de la compañía, Bernays manipuló a los medios de comunicación para tratar de mostrar ante la opinión pública que el gobierno guatemalteco era un peligro comunista: eran los paranoicos años cincuenta y se comenzaba a vislumbrar la Guerra Fría. A Bernays le pagaron por este trabajo 100.000 dólares al año, un salario que no estaba nada mal para la época.


El sobrino de Freud siempre destacó por su notable franqueza, en una industria, la de las relaciones públicas, que el mismo había inventado, caracterizada por el dominio de las evasivas y los eufemismos:

La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y las opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática (…). Aquellos que manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder gobernante de nuestro país (…). En casi cualquier acto de nuestra vida cotidiana, ya sea en el ámbito de la política o los negocios, en nuestra conducta social o nuestro pensamiento ético, estamos dominados por un número relativamente pequeño de personas (…) que entienden los procesos mentales y los patrones sociales de las masas. Son ellos los que al tirar de los cables, controlan la mente del público.

La manipulación de la opinión de masas por los medios de comunicación ha estado presente a lo largo de todo el siglo XX, y resulta especialmente llamativa cuando se trata de legitimar invasiones y guerras, desde la de Vietnam a la de Irak (¿o acaso no os acordáis de las armas de destrucción masiva?). Según confesaron algunos asesores y responsables de la carrera presidencial de Barack Obama en 2008, la campaña electoral del candidato demócrata estuvo basada en gran parte en las aportaciones y estudios de Edward Bernays: en concreto, aspectos de tal interés como la coincidencia del interés público con el privado, así como la construcción e influencia de los líderes para arrastrar a las masas.

Algunos malintencionados continúan asegurando que todas estas estrategias fueron un invento de los alemanes, pero se equivocan, se las debemos exclusivamente a Edward Bernays. Él mismo escribió en sus memorias que se sorprendió al enterarse de que Goebbels contaba con sus libros en las estanterías de su biblioteca, y que por tanto sus teorías habían contribuido al éxito y ascenso del Tercer Reich. El sobrino de Freud fue capaz de cambiar el punto de vista de mucha gente y convencerlas de que hagan lo que se les sugiere, una habilidad que pocos hombres tuvieron y que muchos desearían poseer.

Bibliografía:
- E. L. Bernays: Biography of an idea: memoirs of public relations counsel Edward L. Bernays. Nueva York: Simon & Schuster, [1965].
- Keith A. Larson: Public relations, the Edward L. Bernays and the American scene: a bibliography. Westwood, Mass.: F. W. Faxon Co., 1978.
- Idem: Los últimos años: radiografía de las relaciones públicas, 1956-1986. Barcelona: PPU, 1990.
- J. D. Barquero Cabrero: Relaciones públicas: de las técnicas comunicativas a la aplicación de las ciencias sociales en los procesos de administración de las relaciones públicas: ensayo biográfico del doctor Edward L. Bernays. S.l.: s.n., 1990.
- E. L. Bernays: Cristalizando la opinión pública: un libro para relaciones públicas, empresarios, economistas... Barcelona: Gestión 2000, 1997.
- Idem: Propaganda. [Barcelona]: Melusina, [2008].
- E. L. Bernays, J. D. Barquero Cabrero, M. Barquero Cabrero: Relaciones públicas. Palma de Mallorca: Fultwagen, [2008].

jueves, 24 de diciembre de 2009

Feliz Navidad!!!


Que paséis una feliz Nochebuena en la mejor compañía... y cuidado con que os quiten el sitio si vais un momento al servicio.

miércoles, 11 de febrero de 2009

«La ola»


El otro día fui al cine a ver La Ola (Die Welle), una película de esas que no dejan indiferente, como si de repente te dieran una patada en lo más íntimo de la conciencia… Cuando se acabó y salí a la calle, un desasosiego me rondaba la cabeza, como una extraña mezcla de miedo y perplejidad. No es que se trate de un thriller psicológico ni nada parecido, pero da para pensar… y mucho. A pesar de lo que digo, recomiendo que el que pueda vaya a verla… si es que todavía sigue en la cartelera. Aunque más que una recomendación, debería ser un ruego. Si no siempre podéis descargarla.

La película está basada en hechos reales, pero verídicos, no vagamente relacionados como sucede con muchas otras. Se trata de una reflexión, me atrevería a calificar como profunda, sobre las causas del autoritarismo y sus posibilidades en nuestra sociedad actual. El protagonista, un profesor de instituto, formula la siguiente pregunta a sus alumnos: «¿Creéis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania?» La respuesta --demoledora-- termina por escapársele de las manos. Y no os cuento más.

Precisamente, ordenando unos apuntes de la carrera, me encuentro con las siguientes causas del ascenso de los fascismos en la década de los treinta:

- La crisis económica: recesión de la producción, contracción general de los intercambios comerciales, alza de precios, devaluaciones monetarias, etc.

- Crisis de los Estados liberales: anquilosamiento del sistema parlamentario, pérdida de confianza en los partidos tradicionales, sistema electoral poco representativo, etc.

- Problemas sociales: elevado índice de alfabetización pero escaso nivel cultural, movimientos migratorios, desempleo y sus consecuencias (exclusión social, delincuencia…), nacionalismo exacerbado…

¿No resulta peligrosamente familiar? ¿Quién dice entonces que no podría volver a suceder algo parecido? Nuestras instituciones son fuertes, en efecto, pero… ¿y las conciencias?

jueves, 2 de octubre de 2008

Una cena comprometida

Respecto a la ponencia que presenté para los Coloquios Históricos, después de su lectura me acordé de una divertida anécdota que pude haber comentado. Como tampoco aparece mencionada en el texto que envié para su publicación en las actas, aprovecho la ocasión y me referiré a ella en esta entrada.

Castillo de la Arguijuela de Arriba.

Wilhelm von Thoma (1891-1948), el oficial alemán que estuvo al frente de la base de carros de combate que se organizó en los castillos de las Arguijuelas (Cáceres), al terminar la guerra civil española y regresar a su país, por el excelente servicio prestado y los méritos adquiridos, fue ascendido a general. Como tal participó en la Segunda Guerra Mundial, combatiendo en diferentes frentes: en la invasión de Polonia, tomando parte en la Operación Barbarroja… y, finalmente, en septiembre de 1942, en el Afrika Korps, a las órdenes del general Erwin Rommel, el Zorro del Desierto. Al comienzo la batalla de El Alamein (23 de octubre), como Rommel encontraba en Alemania recuperándose de una dolencia, von Thoma se hizo cargo del mando de las fuerzas del Eje en el Norte de África.

El 4 de noviembre, en pleno fragor de la batalla en la colina de Tel el Mampsra, al oeste de El Alamein, el tanque que conducía von Thoma sufrió el impacto de un proyectil. El general alemán pudo escapar con apenas unos rasguños, pero inmediatamente fue capturado por los británicos. Aquella misma noche, el mariscal Montgomery decidió invitarle a cenar en su tienda, como un gesto de cortesía y respeto hacia el enemigo vencido. En el transcurso de aquella comida, ambos militares comentaron y cambiaron impresiones sobre el desarrollo de los combates.

Montgomery recibe al general Ritter von Thoma con un apretón de manos tras su captura.

En Londres no sentó nada bien que Montgomery hubiese compartido mantel con el enemigo, y se creó tal polémica que incluso se discutió en alguna sesión del Parlamento. En una de éstas, sir Winston Churchill, que siempre se caracterizó por su buen apetito, frente a la fama de asceta que tenía Montgomery, dijo que se compadecía de von Thoma, porque él también tuvo ocasión de cenar con el mariscal inglés y recordaba haber pasado mucha hambre.


Hasta 1947 el general von Thoma pasó por diferentes penales de alta seguridad en el Reino Unido. En este tiempo le fue amputado un brazo, a causa de una infección. De regreso a Alemania, falleció por un ataque al corazón en Dachau (Baviera) el 30 de abril de 1948.

Wilhelm Ritter von Thoma

lunes, 29 de septiembre de 2008

El día en que Hitler ganó

Hoy se conmemora --por decirlo de alguna manera-- uno de los acontecimientos más vergonzosos y con fatales consecuencias de la historia europea del pasado siglo. Me estoy refiriendo a los pactos de Múnich, que se suscribieron tal día como hoy hace exactamente setenta años, cuando los primeros ministros de las dos principales potencias democráticas de la época --esto es, Chamberlain por parte de la Gran Bretaña, y Daladier, por Francia--, creyeron conveniente ceder a las pretensiones anexionistas de Hitler sobre Checoslovaquia, que fue abandonada a su suerte, a cambio de obtener lo que denominaron una «paz honrosa», una paz que cuando fue preciso defender, ya era demasiado tarde.

El acuerdo de Múnich no sólo supuso una traición para el gobierno democrático de Checoslovaquia, sino que también significaba la sentencia de muerte para la República española, que inmersa en plena Batalla del Ebro, vio desvanecerse de la noche a la mañana sus esperanzas de poder obtener ayuda de las democracias europeas. Pero como en la Historia los mayores despropósitos se miden siempre en comparación con otros peores, pocos meses después de este «pacto entre caballeros», el mundo asistiría atónito a la firma de otro si cabe más ignominioso: el pacto de no agresión germano-soviético. Cuando después de Austria y Checoslovaquia le llegó el turno a Polonia, resultó demasiado tarde para rectificar y no cupo más respuesta que la guerra, una guerra que desangraría Europa durante cinco largos años.


El profesor Julián Casanova, de quien ya hemos hablado en otra ocasión, analizaba estos episodios de penoso recuerdo en el suplemento dominical de El País. El reportaje me ha parecido muy acertado, sobre todo por dejar de manifiesto como a veces la diplomacia se convierte en cobardía, pues por querer defender la libertad de unos se acaba sacrificando la de otros, y por esto ni siquiera se consigue apaciguar al enemigo, sino que éste se creerá más poderoso y mayor será el nivel de sus exigencias.


Recordemos los hechos. El 29 de septiembre de 1938, los jefes de Gobierno de las dos principales democracias europeas, Gran Bretaña y Francia, y los dictadores de Alemania e Italia se reunieron en Múnich para decidir el destino de Checoslovaquia, donde tres millones de alemanes vivían en las áreas fronterizas de los Sudetes, y buscar una alternativa a los planes de invasión y conquista militar puestos en marcha unos meses antes por Adolf Hitler. Tras más de 13 horas de negociaciones, Neville Chamberlain y Édouard Daladier aceptaron las propuestas de Hitler que expuso Benito Mussolini como si fueran suyas. Checoslovaquia entregaría a Alemania los territorios de los Sudetes, los cuales incluían importantes centros industriales y de comunicación, y los alemanes a cambio se comprometían a no atacar al resto del Estado checo y mantener la paz en el futuro.


El acuerdo parecía alejar el fantasma de la guerra, y Chamberlain y Daladier fueron recibidos en sus países como héroes que habían frenado las ambiciones expansionistas nazis. El tiempo, corto tiempo, pronto se encargaría de demostrar lo contrario. El sacrificio de Checoslovaquia no salvó la paz. Setenta años después, los historiadores todavía escuchamos los ecos de las explicaciones morales que los defensores y detractores del pacto dieron en su momento.

Checoslovaquia había nacido el 28 de octubre de 1918 entre las ruinas del Imperio Austrohúngaro. El nuevo Estado, organizado en torno a Bohemia, Moravia y Eslovaquia, era un rompecabezas étnico y lingüístico en el que resultaba muy difícil acomodar las diversas nacionalidades y salvar las diferencias sociales, culturales y económicas entre esos grupos. Pero, al contrario de lo que sucedió con los otros países del este de Europa y de los Balcanes, creados tras la derrota de los imperios autocráticos en la I Guerra Mundial, que sucumbieron muy pronto a dictadores con poderes absolutos, Checoslovaquia mantuvo durante esos 20 años de entreguerras una democracia parlamentaria, republicana y de respeto a las libertades individuales.

La coexistencia entre checos, eslovacos y las restantes minorías nacionales fue relativamente pacífica hasta el comienzo de los años treinta, cuando la crisis económica mundial impactó de lleno en las áreas industriales de los Sudetes donde vivía la mayoría de los ciudadanos de habla alemana. Hasta ese momento, los nazis habían contado con poco predicamento en Checoslovaquia, pero, con la subida de Hitler al poder, se organizaron en torno al liderazgo de Konrad Henlein, un profesor de gimnasia que comenzó a reclamar, con bastante éxito entre los alemanes étnicos, la separación de los Sudetes del resto del Estado checoslovaco.


Hitler creía también que esos tres millones de alemanes debían integrarse en el Reich y, tras la anexión de su Austria natal en marzo de 1938, ordenó a Henlein aumentar la agitación violenta y la intimidación a sus oponentes. Joseph Goebbels, el ministro nazi de Propaganda, difundió todo tipo de mentiras sobre las atrocidades cometidas por los checos sobre las mujeres y los niños alemanes de los Sudetes, y Hermann Göring, ministro del Aire, se sumó a la campaña denunciando a los checos como «una raza vil de enanos sin cultura». El concepto nazi de raza y su lenguaje político sobre el «espacio vital» eran incompatibles con la existencia de estados independientes en Europa central y del Este. Después de Austria, Checoslovaquia se convirtió en el siguiente objetivo.

Operación Verde fue el nombre con el que Hitler designó el plan de conquista de un país con importantes recursos económicos y que, en términos estratégicos, era la puerta que abría el dominio del Este. Las cosas, sin embargo, no iban a resultar tan fáciles como en Austria, porque Checoslovaquia era un país más rico y poderoso, con unas fuerzas armadas y una mayoría de la población dispuestas a resistir la invasión. Göring y los principales generales del Ejército alemán le advirtieron a Hitler de que era mejor asegurar concesiones graduales --que Francia y Gran Bretaña ya habían mostrado su disposición a aceptar-- que correr el riesgo de iniciar una guerra para la que Alemania no estaba todavía preparada. Pero Hitler siguió con su idea de aplastar a Checoslovaquia. «Viva la guerra», le dijo a Henlein el 1 de septiembre de 1938, convencido de que las democracias, muy divididas políticamente y sin poderío militar, no intervendrían y, si no lo hacían ellas, tampoco Rusia acudiría en su ayuda.

Septiembre fue un mes de declaraciones pomposas, intensos contactos diplomáticos, y de viajes de ida y vuelta. Dos veces voló Chamberlain a Alemania a encontrarse con Hitler para explicarle que Francia y Gran Bretaña estaban de acuerdo con la cesión de los Sudetes al Reich. Chamberlain y Daladier culminaban con Checoslovaquia su política de «apaciguamiento», esa que consistía en evitar una nueva guerra a costa de aceptar las demandas revisionistas de los dictadores fascistas, siempre y cuando no se pusieran en peligro los intereses estratégicos de sus respectivos países. En el clímax de la crisis, en los días finales de septiembre, cuando Hitler le comunicó a Chamberlain que con los Sudetes no bastaba y que quería más, toda Checoslovaquia, el primer ministro británico les dijo a sus ciudadanos, en un discurso transmitido por la BBC, que parecía «horrible, fantástico, increíble» que tuvieran que comenzar a cavar trincheras y probar máscaras de gas «a causa de una disputa en un país lejano, entre gente de la que no sabemos nada». Era el 27 de septiembre. Dos días después, firmaba, junto con Daladier, Hitler y Mussolini, la sentencia de muerte para la única democracia que se mantenía en pie en Europa al este del Rin.


A la ceremonia de desmembramiento de Checoslovaquia ni siquiera fue invitado su jefe de Gobierno, Eduard Benes, quien eludió la responsabilidad por la capitulación, culpando exclusivamente a las grandes potencias europeas, dimitió el 5 de octubre y abandonó el país dos semanas después. Los polacos y los húngaros se sumaron también al reparto del pastel, consiguiendo territorios en sus fronteras a costa de checos y eslovacos. Cuando no había pasado ni un mes desde el acuerdo de Múnich, Hitler ordenó a sus fuerzas armadas que se prepararan para la «liquidación pacífica» de lo que quedaba de Checoslovaquia. A mediados de marzo de 1939, las tropas alemanas entraban en Praga.

Los historiadores discuten todavía si aquel pacto fue ineludible o si, por el contrario, septiembre de 1938 habría sido el momento apropiado para combatir al Ejército alemán, menos poderoso y peor preparado para la guerra que un año después. Múnich significó la victoria del Nuevo Orden nazi en Europa sobre los «defensores de una época moribunda». Un Nuevo Orden que, según le dijo Joachim von Ribbentrop al conde Galeazzo Ciano en una de esas charlas amistosas entre ministros fascistas de Asuntos Exteriores, «garantizaría la paz durante mil años». «Mil años eran muchos; con un siglo valdría», le contestó Ciano. Vista la historia, menos mal que sólo duró poco más de un quinquenio.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Una foto analgésica

Hay una fotografía que me gusta mucho. La tengo delante mientras le pego a la tecla. Fue tomada en París el 26 de agosto de 1944, al día siguiente de la liberación de la ciudad por la 2ª División Blindada del general Leclerc, donde figuraban antiguos combatientes republicanos españoles. El día anterior, la división había entrado en la ciudad llevando en cabeza a la 9ª Compañía, tan llena de compatriotas nuestros que varios de sus vehículos tenían pintados los nombres de Brunete, Ebro, Belchite, Teruel, Guernica, Don Quijote y Guadalajara; y en los partes de combate con las órdenes que el capitán de la 9ª, Raymond Dronne, dio ese día a sus unidades de vanguardia, figuran los nombres de los jefes de algunas de éstas: Montoya, Moreno, Granell, Bernal, Campos y Elías.

La foto a la que me refiero es típica de la Liberación: arco de Triunfo, vehículos con soldados y la multitud entusiasmada. El semioruga que se ve en el centro de la imagen se llama Guernica y lleva a bordo a siete soldados: cinco de pie, el conductor y otro que va a su lado, también de pie. De los siete, este último es el único que no lleva puesto el casco. Es bajito --les llega a los otros, altos y apuestos, casi por los hombros--, lleva la camisa arremangada, y en vez de mirar al frente impasible y marcial como sus compañeros, mira a la gente con una gran sonrisa y un pitillo en la boca. Con esa foto suelo bromear, poniéndosela delante a los amigos: «Ejercicio de agudeza visual. Adivina quién es el español».

Hay fotos que queman la sangre y fotos analgésicas. Ésta es de las últimas. Cuando el telediario, el titular de periódico, la mirada que diriges alrededor o el espejo mismo te recuerdan con demasiada precisión en qué infame sitio vives, de qué peña formas parte y qué pocas esperanzas hay de que este patio de Monipodio llegue a ser algún día un lugar solidario, culto, limpio y libre, esa foto y algunas otras cosas por el estilo, que uno guarda en esa imaginaria lata de galletas parecida a la que usaba de niño para guardar tesoros --canicas, cromos, un tirachinas, una navaja de hoja rota, un soldadito de metal--, ayudan a soportar las ganas de echar la pota. Permiten mirar en torno buscando, más allá del primer y desolador vistazo, al fulano bajito y sonriente que, ajeno al protocolo solemne, mira a la gente, orgulloso, feliz de protagonizar tan espléndida revancha, cinco años después de haber pasado los Pirineos con el puño en alto, y en ellos quizá, apretado, un puñado de tierra española.

No sé cómo se llamaba el soldado del Guernica. Sólo sé que fue uno de los que cantaron ¡Ay Carmela! por las calles de París –el capitán Dronne lo cuenta en sus memorias– tras llegar hasta allí desde Argelia y el Chad, y luego siguieron peleando en Francia, Alsacia y Alemania hasta Berchtesgaden, la residencia alpina de Hitler. Él y los otros, que se echaron al monte al invadir Francia los alemanes o se alistaron en la Legión Extranjera, combatiendo en Narvik, Bir Hakeim, Montecassino, Normandía y la Selva Negra, llenando Francia de lápidas donde todavía hoy se lee Aux espagnols morts pour la liberté, consuelan la memoria cuando uno piensa en el modo miserable en que la Segunda República se fue al diablo; no sólo por la sublevación del ejército rebelde, sino también –qué mala información tenemos en este país idiota e irresponsable– por la vileza de una clase política mezquina, sin escrúpulos, capaz de convertir una oportunidad espléndida en un espectáculo siniestro. En una sangrienta cochinera.

Por eso me gusta tanto esa foto. Como digo, todos necesitamos analgésicos para ir tirando. Cada uno para lo suyo. Algunos, para hilar fino sin que el malestar, la náusea, te hagan meter a todo cristo en el mismo cazo. Es cierto que, en los últimos tiempos, en España ha tomado el relevo una nueva casta política irresponsable, infame sin distinción de ideologías, pegada a la ubre de los aparatos de sus partidos. Gente sin contacto con la vida real, que ni ha trabajado nunca de verdad ni tiene intención de hacerlo en su puta vida. Parásitos de la vida pública, profesionales del camelo y el cuento chino. Los que, amos de un tinglado nacional rehecho a su medida, ya nunca irán al paro. Y es cierto, también, que esa gentuza medra con la complicidad de una sociedad indiferente, acrítica, apoltronada y voluntariamente analfabeta, que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando le afecta a cada cual. Cuando truena. Esto es así, y el impulso, la tentación de mandarlo todo al diablo, ametrallando a mansalva, resulta lógico. Casi inevitable.

Por eso consuela tanto recordar, gracias a esa foto de París, que pese a todo, entre tanta basura y tanta chusma, siempre es posible dar con alguien que no se resigna. Que ni se rinde, ni traga. Tipos como el anónimo español de la División Leclerc: bajito, valeroso, descarado, sonriente. Con su pitillo. Capaz de recordarnos a todos, sesenta y cuatro años después, que siempre son posibles la dignidad y la vergüenza.

(Arturo Pérez-Reverte, El Semanal XL, 14 de septiembre de 2008)

sábado, 20 de septiembre de 2008

XXXVII Coloquios Históricos de Extremadura


El próximo lunes dará comienzo en Trujillo la XXXVII edición de los Coloquios Históricos de Extremadura, que este año están dedicados a la Guerra de la Independencia. La inauguración de los mismos correrá a cargo del profesor Fernando Sánchez Marroyo, que a las 21’00 h. intervendrá con una conferencia titulada Guerra y Revolución en España (1808-1814).

A partir del día siguiente se sucederán las ponencias. El miércoles 24 a eso de las ocho y media, le tocará el turno a un servidor. Por eso, aquí dejo un resumen de la comunicación que expondré.


La base alemana de carros de combate en las Arguijuelas, Cáceres (1936-1937)

En octubre de 1936 se asentó en los castillos de las Arguijuelas, en la carretera que va de Cáceres a Mérida, el cuartel general de una unidad de carros de combate enviada por el ejército alemán para apoyar militarmente a los insurrectos españoles. Al frente de la misma se situó el teniente coronel Wilhelm von Thoma, uno de los pioneros del arma blindada tras la Primera Guerra Mundial. En la base de las Arguijuelas, principalmente los alemanes se dedicaron a instruir a soldados españoles en la conducción de los tanques y el manejo de toda clase de armamento enviado por su país. Con esta comunicación se pretende dar a conocer los detalles que rodearon el establecimiento y funcionamiento de esta base militar, en uno de los lugares más emblemáticos de las cercanías de Cáceres. El carácter secreto de la misión motivó que las autoridades militares restringieran el contacto de los alemanes con la población civil. Sin embargo, era inevitable que se sospechara lo que sucedía en los castillos de las Arguijuelas, y un suceso luctuoso, como fue un accidente de circulación, acabó de aclarar las dudas sobre la nacionalidad e intenciones de quienes allí se encontraban alojados. Incluso los voluntarios alemanes fueron objeto de un homenaje municipal, por lo que todavía hoy día una de las principales avenidas de la ciudad lleva el nombre de su patria.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Un susto de muerte

Cada día son más sorprendentes las noticias que te puedes encontrar al leer el periódico. La siguiente es para mear y no echar gota. No obstante, me recuerda cuando hace ya varios años, en la final de la Copa Davis sonó «por error» el Himno de Riego, en lugar del himno oficial de nuestro país. La única diferencia es que en entonces más de uno estuvimos a punto de salir a la calle a celebrar el cambio de régimen, y ahora supongo que la gente habría corrido a encerrarse en sus casas muertas de miedo.


La localidad polaca de Dolny Slask se estremece al sonar por error el himno del III Reich

Los asistentes a la ceremonia de bienvenida de una delegación alemana que visita la localidad polaca de Dolny Slask, se quedaron helados al escuchar las notas musicales del himno del III Reich. El periódico Dziennik explica que el ayuntamiento de ese pueblo fronterizo está investigando si el incidente se trató de un error o de un sabotaje contra el proyecto de cooperación con el país vecino.

18/09/2008

Libertad Digital (EFE) Un error fue el causante de que el himno del III Reich, el que corresponde a la antigua Alemania nazi, sonase en la localidad polaca de Dolny Slask (suroeste de Polonia) para recibir a una delegación germana, una música que heló la sangre de los asistentes al recordar el período de la invasión alemana.

Según informa el periódico
Dziennik, la visita de los alemanes, que tenía por objeto firmar un acuerdo de cooperación, había sido concienzudamente preparada por el ayuntamiento de Dolny Slask, un municipio fronterizo con Alemania que, por primera vez, desarrollaba un proyecto de cooperación con el país vecino.

Cuando la delegación alemana llegó a la localidad, fue recibida con el himno
Deutschland, Deutschland über alles in der Welt, el mismo que sonaba bajo el delirio de Hitler y del nacionalsocialismo, cuando la dictadura nazi arrasó media Europa y, sobre todo, Polonia.

Las caras de los germanos eran un auténtico poema, cuenta
Dziennik, mientras que los polacos se morían de vergüenza ante semejante error, especialmente en un país en el que la invasión alemana y la II Guerra Mundial tienen todavía mucha presencia en la memoria colectiva.

Mientras, en el ayuntamiento de Dolny Slask buscan ahora al responsable de este error que, para algunos miembros de la corporación municipal, bien podría ser un sabotaje para avergonzarles frente a los vecinos alemanes.

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