Memoria e investigación en torno al setenta aniversario del final de la Guerra Civil es el título del libro coordinado por Julián Chaves Palacios y editado por la Diputación provincial de Badajoz dentro de la colección La Memoria. En el mismo se recopilan las ponencias y comunicaciones presentadas al Congreso Memoria histórica e Historia: estado de la cuestión, que tuvo lugar en Cáceres en abril de 2008. «En esta obra se recogen artículos de contenido diverso que tienen de trasfondo el enfrentamiento bélico de los años treinta; comunicaciones de jóvenes investigadores interesados en esta temática; testimonios de personas que bien por razones familiares, bien por interés particular, han rescatado del olvido las experiencias vividas por represaliados a causa de acciones violentas franquistas; y, finalmente, entrevistas realizadas por alumnos universitarios a ciudadanos que han tenido a bien contarle sus vivencias en esos años». Según el profesor Chaves se trata de «contenidos variados dentro de una misma directriz que constituyen una aportación significativa a la siempre controvertida cuestión de la Guerra Civil en el setenta aniversario de su final». Dentro de la gran variedad que asuntos que se analizan en esta obra, también podéis encontrar un artículo firmado por el que escribe que estas líneas, con el título de «Los antecedentes de la intervención militar alemana en Extremadura durante la Guerra Civil (julio-septiembre 1936)» (págs. 243-259).miércoles, 17 de febrero de 2010
«Memoria e investigación en torno al setenta aniversario del final de la Guerra Civil»
Memoria e investigación en torno al setenta aniversario del final de la Guerra Civil es el título del libro coordinado por Julián Chaves Palacios y editado por la Diputación provincial de Badajoz dentro de la colección La Memoria. En el mismo se recopilan las ponencias y comunicaciones presentadas al Congreso Memoria histórica e Historia: estado de la cuestión, que tuvo lugar en Cáceres en abril de 2008. «En esta obra se recogen artículos de contenido diverso que tienen de trasfondo el enfrentamiento bélico de los años treinta; comunicaciones de jóvenes investigadores interesados en esta temática; testimonios de personas que bien por razones familiares, bien por interés particular, han rescatado del olvido las experiencias vividas por represaliados a causa de acciones violentas franquistas; y, finalmente, entrevistas realizadas por alumnos universitarios a ciudadanos que han tenido a bien contarle sus vivencias en esos años». Según el profesor Chaves se trata de «contenidos variados dentro de una misma directriz que constituyen una aportación significativa a la siempre controvertida cuestión de la Guerra Civil en el setenta aniversario de su final». Dentro de la gran variedad que asuntos que se analizan en esta obra, también podéis encontrar un artículo firmado por el que escribe que estas líneas, con el título de «Los antecedentes de la intervención militar alemana en Extremadura durante la Guerra Civil (julio-septiembre 1936)» (págs. 243-259).lunes, 13 de octubre de 2008
Al final todo se sabe

viernes, 10 de octubre de 2008
La burbuja de los tulipanes
En una entrada anterior os hablé del blog de Leopoldo Abadía, que suelo consultar con frecuencia, para aclarar mis dudas sobre todo lo relacionado con la economía mundial, la crisis… y todo lo que tenga que ver con la inflación, los tipos de interés y demás. También os recomiendo que le echéis un vistazo al Blog Salmón, una página que con un lenguaje apto para profanos y con un estilo bastante ameno, trata de explicarnos muchas cosas que solemos escuchar por otros medios pero que no entendemos.

Este episodio, acaecido en Holanda en el siglo XVII, es uno de los ejemplos más citados a la hora de ilustrar el concepto de burbuja especulativa. Quizás es, por el objeto de la especulación, uno de los más curiosos, aunque desde luego no el único.
Los tulipanes llegaron a Europa Occidental a finales del siglo XVI, y en un principio no eran demasiado populares (ya que en su estado natural no es una flor especialmente atractiva). Sin embargo, tras verse afectadas por un virus, empezaron a surgir una gran variedad de colores y una forma, irónicamente, más agradable, lo que provocó un creciente interés por ellos.
La boyante situación económica en Holanda, derivada de su gran actividad comercial, hizo el resto; y a principios del siglo XVII, los bulbos de tulipán se convirtieron en piezas de coleccionista.
En la década de 1630, el panorama se volvió enloquecido, con un mercado de los tulipanes cada vez más activo. Los precios ascendían sin parar, alcanzando cifras desorbitadas; en 1635 se llegaron a pagar 100.000 florines por 40 bulbos, y por un bulbo de la preciada especie Semper Augustus, se podían pedir 5.500 florines.
En esta situación, generalizada en todo el país, se generó la ilusión de que siempre se ganaba en el mercado del tulipán. Independientemente de a qué precio se comprara, alguien siempre estaría dispuesto a pagar más. Gentes de todas las clases se lanzaron a comprar bulbos de tulipán, deshaciéndose de sus bienes más básicos, con la esperanza de revenderlos obteniendo un beneficio. Un marinero desconocedor de los tulipanes fue encarcelado tras comerse por error un bulbo.
Evolución del precio del tulipán en Holanda entre 1636 (12 de noviembre) y 1637 (1 de mayo).
lunes, 6 de octubre de 2008
Fuente de la Higuera
Pero ahora tampoco quiero entrar en detalles. Voy a necesitar varias entradas para poner fotos y comentar detenidamente lo que se puede observar a lo largo de este paseo. Quizá dentro de unas semanas, cuando encuentre algo de tiempo, hablé más a propósito de ésta y otras excursiones por los alrededores de nuestra ciudad. Es una pena que paisajes y sitios como éstos a los que me refiero, en donde se puede encontrar un patrimonio natural e histórico igual de importante que el del casco urbano, permanecen olvidados, sin atención alguna ni por parte de las autoridades ni del común de los mortales, y en muchos casos --lo que es aún peor-- en evidente peligro por falta de protección adecuada.
Como he prometido, en próximas entradas iremos desgranando los detalles de estas excursiones. A modo de aperitivo, os dejo con las siguientes líneas que al respecto de la del pasado fin de semana, mi compañero Salvador Calvo escribió ayer para las páginas del Periódico Extremadura.
Aturdido aún el oído interno por las estridencias de la música horrísona y perturbado el ánimo por la evidente constatación de la corrupción de las costumbres, nos fuimos de nuevo al campo en pos del silencio y de la serenidad en la contemplación de las huellas del pasado. Hablando en plata: que después de lo visto y oído la otra noche en un evento social de ringorrango cultural, era menester aliviar el ánimo con el pacífico latido de madre Naturaleza. De modo que la del alba sería cuando con nuestros amigos Jugimo y Norbano tomamos la dirección de las Torres, carretera que dicen de Medellín.
Tan cerca las cosas ¡y tan ignoradas! Las huellas del pasado, a nada que alguno las ayude, pueden darnos muestra de aquellos tiempos perdidos. Cuando la mano ingrata y destructiva del común de los mortales no ha dejado su huella nociva, los restos nos manifiestan su ineluctable encanto. Una simple fuente y una inscripción en la roca.
Hace muchos años, siglos, una breve fuentecilla fue el alivio para la sed de los que frecuentaban aquel paraje, y un cincel, ¿de cantero?, labró en el granito un mensaje curioso que allí mismo puede hoy leerse con toda facilidad: LOCUS CONSTUS IN CIRCUM PEDES CL.
Para dar aún más encanto al lugar y también más misterio, en otra peña de granito la invocación a una diosa del pasado. Aun con dificultad, pero allí consta su nombre: LAEANAE. Luego, al albur de una mañana seca del primer otoño, que nos hurtó el placer de la tierra mojada, merodeamos por un amplio valle del cauce del Salor. ¡Y qué triste y lamentable el espectáculo de un lecho sediento! En la ligera costana de un espeso encinar, Jugimo nos lleva a la contemplación de una prensa de aceite, y se me vienen a las mientes los versos de aquel valentón del soneto de Cervantes: «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un millón por describilla».
Sillares de granito por doquier no son sino los últimos testigos de un poblamiento de considerable categoría. Hileras de piedras cónicas manifiestan una estructura de considerables dimensiones: ¿una mansión?, ¿un templo?... Al otro lado del lecho agostado del río, tégulas por doquier, y en una pared una estela en la que, presto, Norbano nos vierte al entendimiento: la piedra guarda el recuerdo del joven G. Mailo que se fue al Elíseo con 14 años. Que la tierra te sea leve, Gayo o Cayo Mailo. En fin, hay quien alimenta su intelecto con decibelios ensordecedores y con pantomimas zarrapastrosas ¡Que sea enhorabuena! Nosotros preferimos la vida retirada, la del que huye del mundanal ruido; ya sabéis quien lo dejó en verso.
lunes, 29 de septiembre de 2008
El día en que Hitler ganó
El acuerdo de Múnich no sólo supuso una traición para el gobierno democrático de Checoslovaquia, sino que también significaba la sentencia de muerte para la República española, que inmersa en plena Batalla del Ebro, vio desvanecerse de la noche a la mañana sus esperanzas de poder obtener ayuda de las democracias europeas. Pero como en la Historia los mayores despropósitos se miden siempre en comparación con otros peores, pocos meses después de este «pacto entre caballeros», el mundo asistiría atónito a la firma de otro si cabe más ignominioso: el pacto de no agresión germano-soviético. Cuando después de Austria y Checoslovaquia le llegó el turno a Polonia, resultó demasiado tarde para rectificar y no cupo más respuesta que la guerra, una guerra que desangraría Europa durante cinco largos años.


Checoslovaquia había nacido el 28 de octubre de 1918 entre las ruinas del Imperio Austrohúngaro. El nuevo Estado, organizado en torno a Bohemia, Moravia y Eslovaquia, era un rompecabezas étnico y lingüístico en el que resultaba muy difícil acomodar las diversas nacionalidades y salvar las diferencias sociales, culturales y económicas entre esos grupos. Pero, al contrario de lo que sucedió con los otros países del este de Europa y de los Balcanes, creados tras la derrota de los imperios autocráticos en la I Guerra Mundial, que sucumbieron muy pronto a dictadores con poderes absolutos, Checoslovaquia mantuvo durante esos 20 años de entreguerras una democracia parlamentaria, republicana y de respeto a las libertades individuales.
La coexistencia entre checos, eslovacos y las restantes minorías nacionales fue relativamente pacífica hasta el comienzo de los años treinta, cuando la crisis económica mundial impactó de lleno en las áreas industriales de los Sudetes donde vivía la mayoría de los ciudadanos de habla alemana. Hasta ese momento, los nazis habían contado con poco predicamento en Checoslovaquia, pero, con la subida de Hitler al poder, se organizaron en torno al liderazgo de Konrad Henlein, un profesor de gimnasia que comenzó a reclamar, con bastante éxito entre los alemanes étnicos, la separación de los Sudetes del resto del Estado checoslovaco.

Hitler creía también que esos tres millones de alemanes debían integrarse en el Reich y, tras la anexión de su Austria natal en marzo de 1938, ordenó a Henlein aumentar la agitación violenta y la intimidación a sus oponentes. Joseph Goebbels, el ministro nazi de Propaganda, difundió todo tipo de mentiras sobre las atrocidades cometidas por los checos sobre las mujeres y los niños alemanes de los Sudetes, y Hermann Göring, ministro del Aire, se sumó a la campaña denunciando a los checos como «una raza vil de enanos sin cultura». El concepto nazi de raza y su lenguaje político sobre el «espacio vital» eran incompatibles con la existencia de estados independientes en Europa central y del Este. Después de Austria, Checoslovaquia se convirtió en el siguiente objetivo.
Operación Verde fue el nombre con el que Hitler designó el plan de conquista de un país con importantes recursos económicos y que, en términos estratégicos, era la puerta que abría el dominio del Este. Las cosas, sin embargo, no iban a resultar tan fáciles como en Austria, porque Checoslovaquia era un país más rico y poderoso, con unas fuerzas armadas y una mayoría de la población dispuestas a resistir la invasión. Göring y los principales generales del Ejército alemán le advirtieron a Hitler de que era mejor asegurar concesiones graduales --que Francia y Gran Bretaña ya habían mostrado su disposición a aceptar-- que correr el riesgo de iniciar una guerra para la que Alemania no estaba todavía preparada. Pero Hitler siguió con su idea de aplastar a Checoslovaquia. «Viva la guerra», le dijo a Henlein el 1 de septiembre de 1938, convencido de que las democracias, muy divididas políticamente y sin poderío militar, no intervendrían y, si no lo hacían ellas, tampoco Rusia acudiría en su ayuda.
Septiembre fue un mes de declaraciones pomposas, intensos contactos diplomáticos, y de viajes de ida y vuelta. Dos veces voló Chamberlain a Alemania a encontrarse con Hitler para explicarle que Francia y Gran Bretaña estaban de acuerdo con la cesión de los Sudetes al Reich. Chamberlain y Daladier culminaban con Checoslovaquia su política de «apaciguamiento», esa que consistía en evitar una nueva guerra a costa de aceptar las demandas revisionistas de los dictadores fascistas, siempre y cuando no se pusieran en peligro los intereses estratégicos de sus respectivos países. En el clímax de la crisis, en los días finales de septiembre, cuando Hitler le comunicó a Chamberlain que con los Sudetes no bastaba y que quería más, toda Checoslovaquia, el primer ministro británico les dijo a sus ciudadanos, en un discurso transmitido por la BBC, que parecía «horrible, fantástico, increíble» que tuvieran que comenzar a cavar trincheras y probar máscaras de gas «a causa de una disputa en un país lejano, entre gente de la que no sabemos nada». Era el 27 de septiembre. Dos días después, firmaba, junto con Daladier, Hitler y Mussolini, la sentencia de muerte para la única democracia que se mantenía en pie en Europa al este del Rin.

A la ceremonia de desmembramiento de Checoslovaquia ni siquiera fue invitado su jefe de Gobierno, Eduard Benes, quien eludió la responsabilidad por la capitulación, culpando exclusivamente a las grandes potencias europeas, dimitió el 5 de octubre y abandonó el país dos semanas después. Los polacos y los húngaros se sumaron también al reparto del pastel, consiguiendo territorios en sus fronteras a costa de checos y eslovacos. Cuando no había pasado ni un mes desde el acuerdo de Múnich, Hitler ordenó a sus fuerzas armadas que se prepararan para la «liquidación pacífica» de lo que quedaba de Checoslovaquia. A mediados de marzo de 1939, las tropas alemanas entraban en Praga.
Los historiadores discuten todavía si aquel pacto fue ineludible o si, por el contrario, septiembre de 1938 habría sido el momento apropiado para combatir al Ejército alemán, menos poderoso y peor preparado para la guerra que un año después. Múnich significó la victoria del Nuevo Orden nazi en Europa sobre los «defensores de una época moribunda». Un Nuevo Orden que, según le dijo Joachim von Ribbentrop al conde Galeazzo Ciano en una de esas charlas amistosas entre ministros fascistas de Asuntos Exteriores, «garantizaría la paz durante mil años». «Mil años eran muchos; con un siglo valdría», le contestó Ciano. Vista la historia, menos mal que sólo duró poco más de un quinquenio.
Toda la basura
Ya tenemos una segunda versión de la historia del señor de la basura. En la primera, la de los hermanos Marx, Zeppo decía: «Papá, ha llegado el hombre de la basura». Y Groucho contestaba: «Dile que hoy no queremos». Era también una época de crisis y está considerada como una de las ocurrencias que más ha hecho reír en la historia humorística de Estados Unidos. Al parecer, esta crisis es distinta y el humor ha cambiado. El hombre de la basura llama a la puerta de la Casa Blanca y el principal inquilino pregunta por el precio. «Así, a ojo, 700.000 millones de dólares y un centavo», tantea el hombre de la basura. Bush responde: «¡Nos la quedamos toda!». La diferencia entre la versión marxista y la actual es que la primera era un diálogo y la presente, un monólogo. El hombre de la basura y el presidente son la misma persona. Un economista respetable, Paul Krugman, resume el proceso con sarcasmo: «Lo impensable se ha vuelto inevitable». Como con el fútbol, la diferencia entre quién sabe y no sabe de economía parece haberse reducido al tamaño de una uña. Entiendo por respetable quien haya estado haciéndose preguntas sobre el coste de la guerra y la verdadera naturaleza de estas cumbres codiciosas. Hay un nervio que une las cadenas de Guantánamo y el tintineo excitado de Wall Street: una época de estado de inmoralidad permanente. El presunto plan salvador, en las antípodas del new deal, no parece otra cosa que llevar este videojuego hasta el final. Lo deduce con precisión otro investigador respetable, Michael Hudson. ¿Qué se pretende? Socializar las pérdidas. Desplazar la carga fiscal hacia el trabajo. Y entrampar a Obama, añado. Mientras tanto, nuestros tanques del pensamiento se ensañan con el optimismo táctico de Zapatero y jalean a McCain, el doble de Bush, que no sabe ni dónde está España. ¡Viva el hombre de la basura!
viernes, 26 de septiembre de 2008
Una foto analgésica
viernes, 19 de septiembre de 2008
Un susto de muerte
La localidad polaca de Dolny Slask se estremece al sonar por error el himno del III Reich
Los asistentes a la ceremonia de bienvenida de una delegación alemana que visita la localidad polaca de Dolny Slask, se quedaron helados al escuchar las notas musicales del himno del III Reich. El periódico Dziennik explica que el ayuntamiento de ese pueblo fronterizo está investigando si el incidente se trató de un error o de un sabotaje contra el proyecto de cooperación con el país vecino.
18/09/2008
Libertad Digital (EFE) Un error fue el causante de que el himno del III Reich, el que corresponde a la antigua Alemania nazi, sonase en la localidad polaca de Dolny Slask (suroeste de Polonia) para recibir a una delegación germana, una música que heló la sangre de los asistentes al recordar el período de la invasión alemana.
Según informa el periódico Dziennik, la visita de los alemanes, que tenía por objeto firmar un acuerdo de cooperación, había sido concienzudamente preparada por el ayuntamiento de Dolny Slask, un municipio fronterizo con Alemania que, por primera vez, desarrollaba un proyecto de cooperación con el país vecino.
Cuando la delegación alemana llegó a la localidad, fue recibida con el himno Deutschland, Deutschland über alles in der Welt, el mismo que sonaba bajo el delirio de Hitler y del nacionalsocialismo, cuando la dictadura nazi arrasó media Europa y, sobre todo, Polonia.
Las caras de los germanos eran un auténtico poema, cuenta Dziennik, mientras que los polacos se morían de vergüenza ante semejante error, especialmente en un país en el que la invasión alemana y la II Guerra Mundial tienen todavía mucha presencia en la memoria colectiva.
Mientras, en el ayuntamiento de Dolny Slask buscan ahora al responsable de este error que, para algunos miembros de la corporación municipal, bien podría ser un sabotaje para avergonzarles frente a los vecinos alemanes.
martes, 9 de septiembre de 2008
La tortilla de patatas, invento extremeño
Quienes me conocen, saben que la gastronomía me pierde. Además, pienso que debo sentirme dichoso por haber nacido en esta región, donde vayas al sitio que vayas, siempre te van a dar bien de comer. No quisiera enumerar, porque se me hace la boca agua: migas para desayunar, gazpacho y frite para comer, bocadillo de jamón para merendar…, y no hablemos ya de los vinos o los postres, de los quesos... Sin desmerecer los callos madrileños ni la butifarra catalana, siempre preferiré mi dieta mediterránea con sabor a dehesa. Sobre todo ahora, cuando resulta que el plato más internacional de la cocina española --del estado español, como dirían algunos--también tiene origen extremeño. ¿Esto no cuenta para las balanzas fiscales? Pincha aquí y aquí, para leer más sobre esta interesante y nutritiva noticia.
sábado, 6 de septiembre de 2008
El Nano
Yo debía ser bastante pequeño, porque no le recuerdo, pero cualquier persona de más edad podría contar muchas más cosas sobre Mariano Amaral Pérez, más conocido como el Nano. Se trataba de un individuo muy particular, que supo ganarse el aprecio y el cariño de todos los que le conocían. Solía recorrer las calles de la ciudad con una cruz de madera a cuestas, repleta de flores y estampitas colgadas, y como si se tratase de una improvisaba procesión, iba cantando toda clase de canciones de misa, salves y jaculatorias, que si uno se fijaba bien en la letra, podía comprobar que eran inventadas.
Actualmente, el Nano vive feliz y sin complicaciones en una residencia de la ciudad. Muchos son los cacereños que le recuerdan con ternura, e incluso hay quien piensa que nada volvería a ser lo mismo desde que el Nano dejó de procesionar por las calles de Cáceres. Poco a pocos nos hemos ido quedando sin otros tantos personajes entrañables, que animaban la rutina de esta villa. Quizá por eso hoy le echemos especialmente de menos. Habría sido divertido ver cruzarse al Nano en procesión con aquellos que últimamente, y de manera legítima, andan pidiendo la retirada de cualquier símbolo religioso en la ciudad. ¿Qué les habría dicho el Nano? ¿También habrían pedido firmas para su secularización?
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Manifiesto por la Lengua Común
Entre los banners que tengo colocados en este blog, que sirven para reivindicar algo o pedir apoyo para alguna causa, he añadido uno nuevo, solicitando la adhesión de quien lo desee al Manifiesto de la Lengua Común. No hace falta que explique de qué se trata esta iniciativa, ni quiénes la promueven o qué polémica se ha suscitado en ciertos ambientes por culpa del dichoso documento. Yo lo he firmado. El que quiera que lo lea, y si está de acuerdo, puede hacer lo mismo. Por mi parte, tampoco voy a explicar mis razones, porque creo que en líneas generales coinciden con las de otro de los muchos suscriptores de este manifiesto: aunque a algunos ya sé que no os cae en gracia, me refiero a Arturo Pérez-Reverte, que ha dedicado dos columnas, este domingo y el anterior, a reflexionar sobre el asunto y a poner a caldo a sus detractores:
A ciertos amigos les ha extrañado que el arriba firmante, que presume de cazar solo, se adhiriese al Manifiesto de la Lengua Común. Y no me sorprende. Nunca antes firmé manifiesto alguno. Cuando leí éste por primera vez, ya publicado, ni siquiera me satisfizo cómo estaba escrito. Pero era el que había, y yo estaba de acuerdo en lo sustancial. Así que mandé mi firma. Otros lo hicieron, y ha sido instructivo comprobar cómo en la movida posterior algún ilustre se ha retractado de modo más bien rastrero. Ése no es mi caso: sostengo lo que firmé. No porque estime que el manifiesto consiga nada, claro. Lo hice porque lo creí mi obligación. Por fastidiar, más que nada. Y en eso sigo.
No es verdad que en España corra peligro la lengua castellana, conocida como español en todo el mundo. Al contrario. En el País Vasco, Galicia y Cataluña, la gente se relaciona con normalidad en dos idiomas. Basta con observar lo que los libreros de allí, nacionalistas o no, tienen en los escaparates. O viajar por los Estados Unidos con las orejas limpias. El español, lengua potente, se come el mundo sin pelar. Quien no lo domine, allá él. No sólo pierde una herramienta admirable, sino también cuanto ese idioma dejó en la memoria escrita de la Humanidad. Reducirlo todo a mero símbolo de imposición nacional sobre lenguas minoritarias es hacer excesivo honor al nacionalismo extremo español, tan analfabeto como el autonómico. Esta lengua es universal, enorme, generosa, compartida por razas diversas mucho más allá de las catetas reducciones chauvinistas.
La cuestión es otra. Firmé porque estoy harto de cagaditas de rata en el arroz. Detesto cualquier nacionalismo radical: lo mismo el de arriba España que el de viva mi pueblo y su patrona. Durante toda mi vida he viajado y leído libros. También vi llenarse muchas fosas comunes a causa del fanatismo, la incultura y la ruindad. En mis novelas históricas intento siempre, con humor o amargura, devolver las cosas a su sitio y centrarme donde debo: en el torpe, cruel y desconcertado ser humano. Pero hay un nacionalismo en el que milito sin complejos: el de la lengua que comparto, no sólo con los españoles, sino con 450 millones de personas capaces, si se lo proponen, de leer el Quijote en su escritura original. Amo esa lengua-nación con pasión extrema. Cuando me hicieron académico de la RAE acepté batirme por ella cuando fuera necesario. Y eso hago ahora. Que se mueran los feos.
Quien afirme que el bilingüismo es normal en las autonomías españolas con lengua propia, miente por la gola. La calle es bilingüe, por supuesto. Ahí no hay problemas de convivencia, porque la gente no es imbécil ni malvada, ni tiene la poca vergüenza de nuestra clase política. La Administración, la Sanidad, la Educación, son otra cosa. En algunos lugares no se puede escolarizar a los niños también en lengua española. Ojo. No digo escolarizar sólo en lengua española, sino en un sistema equilibrado. Bilingüe. Ocurre, además, que todo ciudadano español necesita allí el idioma local para ejercer ciertos derechos sin exponerse a una multa, una desatención o un insulto. Métanse en una página de Internet de la Generalidad sin saber catalán, por ejemplo. De cumplirse el propósito nacionalista, quien dentro de un par de generaciones pretenda moverse en instancias oficiales por todo el territorio español, deberá apañárselas en cuatro idiomas como mínimo. Eso es un disparate. Según la Constitución, que está por encima de estatutos y de pasteleos, cualquier español tiene derecho a usar la lengua que desee, pero sólo está obligado a conocer una: el castellano. Lengua común por una razón práctica: en España la hablamos todos. Las otras, no. Son respetabilísimas, pero no comunes. Serán sólo locales, autonómicas o como queramos llamarlas, mientras los países o naciones que las hablan no consigan su independencia. Cuando eso ocurra, cualquier español tendrá la obligación, la necesidad y el gusto, supongo, de conocerlas si viaja o se instala allí. En el extranjero. Pero todavía no es el caso.
Y aquí me tienen. Desestabilizando la cohesión social. Fanático de la lengua del Imperio, ya saben. Tufillo franquista: esa palabra clave, vademécum de los golfos y los imbéciles. La puta España del amigo Rubianes. Etcétera. Así que hoy, con su permiso, yo también me cisco en las patrias grandes y en las chicas, en las lenguas --incluida la mía-- y en las banderas, sean las que sean, cuando se usan como camuflaje de la poca vergüenza. Porque no es la lengua, naturalmente. Ése es el pretexto. De lo que se trata es de adoctrinar a las nuevas generaciones en la mezquindad de la parcelita. Léanse los libros de texto, maldita sea. Algunos incluso están en español. Lo que más revienta son dos cosas: que nos tomen por tontos, y la peña de golfos que, por simple toma y daca, les sigue la corriente. Pero de ellos hablaremos la semana que viene.
El artículo del domingo siguiente, continúa así:
La semana pasada se acabó la página cuando les comentaba cómo ni el Gobierno central ni algunos gobiernos autonómicos garantizan el libre uso del castellano, o español, en la Administración, Sanidad o Educación de toda España. Franquismo al revés: antes era el español forzoso para todo, y ahora es la lengua local la obligatoria. Cuando los nacionalistas buscaban parcelita, la palabra bilingüismo era mágica: daban el alma por rotular también en catalán, gallego o vascuence. Ahora proclaman sin disimulo el ideal de una nación monolingüe, aunque no encaje en la realidad de la calle. Pese a que su mala fe es evidente, aún hay palmeros y cómplices afirmando que eso es progresista; y denunciarlo, resabio imperial. Y mientras tanto imbécil --en el más honrado de los casos-- mira al tendido o lleva el botijo, cuatro golfos oportunistas han convertido las respectivas lenguas, valiosas herramientas culturales y de comunicación, en filtro sectario para excluir a los no afines y promocionar en el trabajo y la sociedad a su clientela exclusiva. Marginando la excelencia profesional a favor de la lingüística, como si contara más el idioma que la habilidad de quien opera con un bisturí. Tal es el sentido de la sobada cohesión social: hablar sólo una lengua propia como si la común, el español, no lo fuese. Empeño legítimo, por cierto, para un catalán, un vasco o un gallego nacionalistas; pero injusto para quien no lo es. En una España llena de naturales e inmigrantes que van de una autonomía a otra buscando trabajo, es un disparate negarles el único idioma que permite comunicarse en todo el territorio nacional --y también fuera de él-- con soltura y libertad.
En esta canallada política nadie tiene la exclusiva. Los graves cantamañanas del Pepé, reunidos hace mes y pico en San Millán de la Cogolla para proclamar su apoyo a la lengua española, podían haberlo hecho con más eficacia y menos demagogia durante los ocho años que estuvieron en el poder. Entonces, la peña del amigo Ansar tragó de todo. Como tragará en el futuro, por mucho que ahora subscriba el manifiesto de la Lengua Común o el de la Lirio, la Lirio tiene, tiene una pena la Lirio. Así que, en mi opinión, Mariano Rajoy puede meterse la adhesión donde le quepa. Por culpa de tanto oportunista, al final siempre terminan vendiéndonos la lengua española como enfrentamiento entre derecha e izquierda; cuando, en realidad, los políticos de derechas tienen tanta desvergüenza como los de izquierdas. Es cosa del puerco y común oficio.
En cuanto a los que se llenan la boca de República o Guerra Civil, cuya realidad tanto manipulan, hay que recordarles que la mayor parte de quienes lucharon por esa República no lo hicieron para darles un cortijo con lengua propia a cuatro mangantes, sino para que una España de ciudadanos fuese más culta, libre y solidaria. Uno comprende que la derecha, con su desvergüenza innata, vaya y venga envuelta en toda clase de farfollas trompeteras. A fin de cuentas, su discurso es, a escala nacional, el que los nacionalistas mantienen a escala cutre. En cuanto a la izquierda, algunos llevamos treinta años preguntándonos qué pito toca en ese apoyo suicida al nacionalismo, que no fue de izquierdas nunca: situar ahí a Arzallus, Ibarretxe o Pujol es un desatino indecente. Como dijo Juan Marsé: «En la postguerra me putearon los padres y en la democracia sus hijos. Pero siempre me putearon los mismos».
Hay menos injusticia, afirmaba Montaigne, en que te roben en un bosque que en un lugar de asilo. Es más infame que te desvalijen quienes deben protegerte. Pensé en eso oyendo al presidente Zapatero referirse al Manifiesto de la Lengua Común, cuando expresó su esperanza de que la derecha «no se apropie del idioma español como hizo con la bandera». Todavía estoy dándole vueltas a si lo del presidente es candidez o cinismo. La derecha se apropió de la bandera española porque, desde la Transición, la izquierda se la regaló gratis, negándose a utilizarla hasta veintitantos años después: los mismos que ha tardado el Pesoe en pronunciar la palabra España. Y al final, entre unos y otros, han conseguido lo mismo que con la bandera. Lo que ya pasa en algunos colegios: que al niño que habla en español lo llamen facha.
Por eso me adherí al manifiesto. Confirma mi decisión el recular de los cobardes, el silencio de los corderos y el runrún de los tontos: los equidistantes que siempre acaban favoreciendo al verdugo. Me reafirma la furia de los caciques paletos y los escupitajos de mala fe de quienes tienen la osadía de llamar nostálgicos del franquismo, e incluso extrema derecha --lo han hecho consejerías de cultura autonómicas y miembros del Gobierno-- a firmantes como Miguel Delibes, Carlos Castilla del Pino, José Manuel Sánchez Ron, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Margarita Salas, o yo mismo. Luego algunos se extrañan de que me cisque en su puta madre.
Corrupción en Cáceres
Pero antes de dar carpetazo y pasar a otra estación --para los optimistas, recordarles que oficialmente todavía quedan veinte días--, quería recuperar algunas cosas que me dejaba en el tintero, que bien por falta de tiempo no he podido comentar, o acaso tenía la intención de hacerlo, pero lo fui dejando, dejando… En fin, ya se sabe que nunca es tarde si la dicha es buena. Además, probablemente esto que traigo a la memoria va a dar bastante de que hablar en los próximos meses; ahora que también los políticos y politicuchos regresan de su descanso estival, y más de uno se va encontrar sobre la mesa con un regalo no deseado, por lo que seguramente volverán a recordar su destino de vacaciones y pensarán «con lo bien que estaba yo tumbado en la cubierta del yate».

En más de una ocasión me he mofado de los periódicos regionales, lo reconozco. Por lo general, como en esta ciudad tampoco sucede gran cosa, suelen resolver el problema de cómo rellenar espacio con noticias, entrevistas y artículos de opinión que no interesan a nadie. Por algo mi tío abuelo Pepe, que en paz descanse, solía leer sólo las esquelas. Pero como en todas partes, existen excepciones, y algunas incluso tan dignas que, junto a los suplementos y coleccionables, ayudan a reconducir el prestigio de estas publicaciones y moderar el ánimo de sus lectores. Y si uno de estos reportajes o noticias aparece en los meses de verano, el mérito es doble, pues durante la canícula casi todos los periodistas de verdad se toman sus merecidas vacaciones, y las redacciones se ven invadidas por legiones de becarios hambrientos, algunos de notoriedad y otros por la escasa paga.
En el caso que me ocupa, no deseo sino felicitar por el espléndido trabajo al periodista. Nunca lo hubiera imaginado, pero leyendo esta serie de artículos, que se publicaron entre los últimos días de julio y primeros agosto, he podido comprobar que en una ciudad como Cáceres, también se puede hacer periodismo de investigación… y además del bueno:
- «El saqueo verde de las arcas locales.»
- «GP Promoción de Suelo se creó un mes antes de empezar a comprar terreno verde.»
- «El Ayuntamiento encargó el laudo que dobló el valor del suelo en el Príncipe.»
Después de leerlo, uno puede pensar que se trata del guión de una película, pero lejos de frivolizar, el asunto es grave: nos andan tocando el bolsillo, y no está el horno para bollos. Ahora solo cabe esperar, como ha sucedido en otras ocasiones, que tras haber aportado la prensa suficientes pruebas, el peso de la ley caiga sobre TODOS aquellos que la hubiesen quebrantado.
viernes, 15 de agosto de 2008
Nuestros aliados ingleses


domingo, 20 de julio de 2008
El día que cayó el Duce

Informado de la decisión del Gran Consejo, el rey ordenó arrestar a Mussolini y lo sustituyó por un general de su confianza, Pietro Badoglio. Movilizados la policía y el ejército, los principales líderes fascistas aconsejaron a sus militantes obedecer al rey. En unas pocas horas se había desmoronado una dictadura de veinte años. El nuevo Gobierno preparó la rendición de Italia, firmada el 8 de septiembre de 1943. Los aliados invadieron Italia desde el sur y los alemanes ocuparon el centro y el norte del país. Durante los meses siguientes, hasta abril de 1945, el suelo italiano fue el escenario de dos guerras: una internacional, entre los aliados y los alemanes, y otra civil, entre los fascistas que apoyaban a los nazis y la resistencia antifascista que se extendió como la pólvora desde la caída del Duce.
Pero Mussolini no estaba muerto, y la historia todavía le reservaba un papel protagonista en el final de aquel drama. Un equipo especial de las SS lo liberó el 12 de septiembre de la prisión en la que se encontraba, en el monte Gran Sasso, a poco más cien kilómetros al noreste de Roma, y lo trasladó en avión a Múnich. Desde esa ciudad alemana, tras un breve encuentro con Hitler, anunció su decisión de castigar al rey y a los traidores del 25 de julio y proclamó la creación de un nuevo régimen fascista, la República Social Italiana, conocida también como la República de Salò, la pequeña ciudad del norte de Italia donde se instaló parte de su Administración. En realidad, ese nuevo régimen no tenía ni Estado, ni ejército, y estuvo dominado por los nazis. Pero para Mussolini, y para unos cuantos fascistas radicales y antisemitas que le acompañaron, como Roberto Farinacci, Giovanni Preziosi o Alessandro Pavolini, representaba una vuelta al sueño del fascismo social y revolucionario que nunca pudieron llevar a cabo tras la subida al poder en octubre de 1922.
Benito Mussolini había nacido en Predappio, en la región agrícola de Romagna, el 29 de julio de 1883. Hijo de un herrero socialista y de una maestra, el joven Benito forjó su rebeldía como un brillante propagandista de periódicos socialistas, primero en Forli, donde dirigió La Lotta di Classe, y después como editor del influyente Avanti!, de Milán. Allí estaba cuando, en agosto de 1914, comenzó la I Guerra Mundial y se abrió en la sociedad italiana un agrio debate entre la intervención o la neutralidad. Mussolini, al principio, como la mayoría de los socialistas, se opuso a la guerra y a la intervención de Italia, pero en octubre de ese año cambió a una posición de "activa neutralidad", y poco después defendió la participación en la guerra al lado de Francia y Gran Bretaña. Tras esa apuesta crucial de abandono del antimilitarismo y de las convicciones internacionalistas, fue despedido como editor de Avanti! y expulsado del Partido Socialista Italiano. A partir de ese momento comenzó a nacer un nuevo Mussolini, antimarxista, convencido de que la intervención de Italia en la guerra generaría una revolución de nuevo tipo que derribaría el sistema liberal, destruiría el poder socialista y llevaría a una nueva clase dominante al poder.
La guerra, pese al optimismo inicial de los intervencionistas, fue larga, destructiva y causó un trastorno en la sociedad italiana de enormes consecuencias. Casi seis millones de hombres, la mayoría campesinos, fueron movilizados, y un millón de ellos dejaron sus vidas en los campos de batalla. Cuando la guerra acabó, Italia, como integrante del bando vencedor, consiguió importantes ganancias territoriales a costa de su enemigo tradicional, el Imperio Austrohúngaro; pero no recibió colonias, la ambición imperial de los nacionalistas, lo que dio origen al mito de la "victoria mutilada". Mientras tanto, el viejo sistema electoral y parlamentario se había desmoronado, y los conflictos y disturbios sociales generados por las duras condiciones de la posguerra fueron percibidos por las gentes de orden como la antesala de la revolución, una prolongación de lo que había empezado en Rusia en 1917.
Así germinó la semilla fascista, en medio de la crisis posbélica, con la urgente necesidad por parte de industriales y terratenientes de restablecer el control social sobre campesinos y trabajadores. Los fascistas movilizaron a un sector importante de excombatientes, estudiantes, profesionales, administradores de fincas y pequeños y medianos propietarios. Todos ellos se convirtieron en la base social de los grupos paramilitares, de la política del squadrismo violento contra socialistas y sindicalistas, que defendía el orden social contra la amenaza de la revolución. Las clases dominantes, la Iglesia católica y los militares aceptaron el fascismo como una alternativa a la vieja clase política, como una expresión de nacionalismo radical y antídoto frente a las aspiraciones igualitarias de la democracia liberal y del socialismo. Y en octubre de 1922 le dieron su gran oportunidad. El rey Víctor Manuel III se negó a decretar la ley marcial y a utilizar a las Fuerzas Armadas contra la marcha insurreccional fascista sobre Roma. El liberal Luigi Facta dimitió, y Benito Mussolini le sustituyó en la jefatura del Gobierno el 29 de octubre. Subió al poder con una combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas, sin necesidad de tomarlo militarmente o de ganar unas elecciones. Tenía 39 años y no iba a desaprovechar esa conquista.
En su largo periodo de dominio, Mussolini vivió una primera década de consolidación y una fase final de crisis y desintegración, imparable desde el momento en que, en junio de 1940, optó por entrar en la II Guerra Mundial al lado de Hitler. Durante todo ese tiempo, el fascismo funcionó como un instrumento para la distribución del poder, siempre respetuoso con las jerarquías sociales, pese a la retórica populista y revolucionaria de sus dirigentes más radicales, y subordinado al aparato tradicional del Estado.
El rey Víctor Manuel III, el papa Pío XI -que había sido elegido unos meses antes de la Marcha sobre Roma-, el mundo de los negocios, las élites de la sociedad italiana y el ejército estaban encantados con Mussolini y nunca le plantearon problemas; ni siquiera al principio, en uno de sus peores momentos, cuando un grupo de matones fascistas secuestró y asesinó, en junio de 1924, al diputado socialista Giacomo Matteotti. Lo que siguió a la crisis provocada por ese asesinato fue la dictadura más absoluta de Mussolini, quien acumuló cargos y ministerios, puso en marcha una legislación represiva que mandó a las catacumbas a la oposición política e institucionalizó un amplio e innovador experimento social, magnificado por la propaganda y el culto al Duce, de nuevas relaciones entre el poder y las masas. Fueron los años en los que el Partido Nacional Fascista y sus secciones juveniles y femeninas acogieron a millones de afiliados, y la Opera Nazionale Dopolavoro, el sistema de control y organización del ocio, manejó miles de salas de teatros y cine, orquestas, bibliotecas y grupos deportivos. El fascismo italiano alcanzó en ese período, desde 1926 hasta 1935, su punto álgido de gloria, y fue, hasta la subida al poder de Hitler y los nazis en 1933, el modelo ejemplar para los movimientos autoritarios de derecha.
La agresiva política exterior de la Alemania nazi, que alteró rápidamente el orden diplomático europeo, contribuyó también a modificar la hasta entonces orientación conservadora del régimen fascista italiano. Mussolini utilizó la política exterior como una plataforma para incrementar su prestigio y poder personal. Entre 1935 y 1939, Italia se metió en tres guerras sucesivas, en Etiopía, España y Albania. Mussolini se mantuvo al principio al margen de la Segunda Guerra Mundial, pero cuando los ejércitos alemanes avanzaban inexorablemente por los Países Bajos y Francia en la primavera de 1940, le comunicó al general Badoglio, jefe del Estado Mayor, que la guerra la ganaría pronto Hitler y que Italia necesitaba "unos cuantos miles de muertos para poder asistir a la conferencia de paz como beligerante". El 10 de junio, Italia entró en la guerra, una decisión a la que pocos ponían objeciones en ese momento.
La guerra resultó un absoluto fiasco para Italia y, dos años después, todos los sectores de la vieja elite prefascista que habían mantenido su poderosa presencia durante la dictadura, desde el rey al Vaticano, pasando por el ejército, temerosos de la derrota, prepararon la caída de Mussolini. El Duce resucitó durante un tiempo, en la República de Salò, y pudo vengarse de algunos de los que le habían traicionado, como su yerno Galeazzo Ciano, casado con Edda, su hija mayor, e influyente ministro de Asuntos Exteriores de la Italia fascista desde junio de 1936 a febrero de 1943. Pese a las súplicas de Edda, Ciano fue fusilado el 11 de enero de 1944.
Mussolini era entonces un dictador títere al servicio de los nazis, que iba perdiendo poco a poco el control sobre el territorio italiano que supuestamente gobernaba. En marzo y abril de 1945, mientras los nazis llevaban a cabo negociaciones secretas con los aliados para la rendición, Mussolini buscaba infructuosamente establecer contactos con los británicos a través de la Iglesia católica. El 27 de abril de 1945 se unió a un convoy de soldados nazis que escapaban del avance aliado. Cuando los camiones fueron detenidos por un grupo de partisanos, descubrieron a Mussolini envuelto en una manta y disfrazado con uniforme alemán. El 28 fue ejecutado junto con su última amante, Clara Petacci, y al día siguiente sus cadáveres y los de otros célebres fascistas, como Roberto Farinacci o Achille Starace, fueron colgados cabeza abajo en la piazzale Loreto de Milán.
El balance de tanta guerra y tiranía, pese a que Mussolini siempre parece ocupar un lugar menor al lado de otros criminales de su época como Hitler, Stalin o Franco, fue brutal y al menos un millón de italianos murieron por los campos de batalla de Libia, Etiopía, España, Albania y después en su propio suelo durante la Segunda Guerra Mundial. Y el máximo responsable de tanta sangre derramada fue Benito Amilcare Andrea Mussolini y sus ambiciones imperiales y totalitarias. Conviene recordarlo en momentos de manipulación de la historia, cuando ilustres políticos y gobernantes italianos lo proclaman como el estadista más grande del siglo XX.






