miércoles, 19 de noviembre de 2008

La elegía de Marienbad


Stefan Zweig dedica uno de los episodios de sus Momentos estelares de la Humanidad a describir el proceso de creación de una de las obras maestras de la lírica europea: la Elegía de Marienbad de Johann W. von Goethe. En el verano de 1823, el poeta alemán a punto de cumplir setenta y cinco años, se instala en Marienbad (Bohemia), ciudad conocida por las propiedades curativas de sus aguas termales. Un año antes había sufrido una grave enfermedad que le mantuvo inconsciente y postrado en la cama, y ahora necesita encontrar calma y sosiego, más que inspiración. Pero al poco de llegar, se siente rejuvenecer y de repente sucumbe al viejo embrujo, a la eterna magia. Otra enfermedad se apodera de su ser: cae profundamente enamorado de Ulrike von Levetzow, una muchacha de apenas diecinueve años, a la que corteja como cualquier otro joven, y llega incluso a pedirle matrimonio.


Goethe nunca obtuvo respuesta de aquella dulce niña, y por eso, cuando apremia el momento de partir, en el transcurso del viaje que le lleva de Karlsbad a Weimar, desde el 5 al 12 de septiembre, redacta y le dedica esta elegía, quizá uno de los más sinceros y profundos poemas de amor que nunca se han escrito.

Como es razonable, no pienso torturaros con la versión original en alemán, pues además reconozco que nunca me atreveré a estudiar la lengua de Goethe y Schiller. He encontrado una traducción aceptable y espero que ésta sea de vuestro agrado:



Acostumbra el dolor al hombre dejar mudo.
Milagro es que yo pueda deciros lo que sufro
.


¿Qué puedo yo esperar de este reencuentro,
de la flor no cortada de este día?
Infierno y paraíso están abiertos.
Mi corazón vacila entre uno y otro.
Pero, ¡fuera las dudas!, si ella viene
y en sus brazos al cielo me levanta.

Así, pues, sí, se te abre el paraíso,
donde eterna es la vida y la belleza;
deseos y esperanzas se te colman,
que no es posible allí más anhelo,
pues contemplando su belleza única
quedó seca la fuente de las lágrimas.

Con sus alas veloces corre el día
y atropellados pasan los minutos.
Al caer la tarde me besó, entregada,
y otro beso mañana me dará.
Las horas como hermanas se parecen,
pero en verdad distinta es cada una.

Pero este beso último ha segado
con crueldad y dulzura mis amores.
Mis pasos dudan en el mismo umbral
Donde un ángel me expulsa con su fuego.
Mis ojos miran la sombría senda,
la puerta celestial, que me han cerrado.

Y, plegado en sí mismo, el corazón,
como si nunca hubiese estado abierto,
o como si en el cielo las estrellas
nunca hubieran sentido su reflejo,
angustias y reproches ya le ahogan
y una oprimente atmósfera respira.

¿Es que el mundo no rueda? ¿Ya las rocas
no dan su santa sombra, o las cosechas
no maduran, los prados no se extienden
junto al río entre arbustos y matojos?
¿El universo mundo ya no acoge
en su esférica forma a tantos seres?

Qué clara y qué ligera, con sus rizos,
entre un coro de nubes, como un ángel,
su figura la viste sobre el cielo,
surgiendo de un perfume que no olvidas.
Igual que entonces cuando era en el baile
la más encantadora de las jóvenes.

Pero sólo un momento a la quimera
de esta imagen etérea te entregas.
Dentro del corazón la ves más clara.
Allí es muchas y es ella misma siempre
y de todas las formas y manera
adorable resulta y siempre amada.

Aún la recuerdo allí, junto a la puerta,
colmándome de dicha, y que, al marcharme,
aún volvió a despedirse y a aquel último
beso aún dejó un último en mis labios:
como con fuego se quedó grabada
esta imagen de amor en mi recuerdo.

Mi corazón levanta firmes muros
que lo guardan y guardan esa imagen,
que su alegría esparce en cada hora;
nada sabe de sí cuando ella calla,
libre se siente entre tan fuertes lazos,
y sólo late para agradecerlo.

Si ya mi corazón sintió algún día
que el amor se alejaba para siempre,
ahora de nuevo gozo y esperanza
siento al tomar alegres decisiones.
Si es el amor el que al amante inspira
nadie más inspirado que yo mismo.

¡Y todo a causa de ella! Porque a veces
una zozobra inunda cuerpo y alma
y terribles visiones nos rodean,
mirando en torno el corazón vacío.
Mas ya apunta de nuevo la esperanza
si ella a aquellos umbrales ahora asoma.

La paz de Dios --enseñan-- más felices
nos vuelve aquí en la tierra que la fría
razón desconsolada, pero yo
esa paz la he encontrado en la presencia
tranquila de la amada, cuando siento
que a ella pertenezco, y para siempre.

En el fondo del alma siempre existe
el anhelo de darse libremente
a algo que no sabemos, puro y claro,
cuyo nombre ignoramos, y creemos
que ser buenos en ese afán consiste.
Y yo era bueno si con ella estaba.

Tu mirada era el sol que derretía,
el aire en primavera era tu aliento,
que toda frialdad fundiendo barre.
De su invernal caverna al egoísmo
tu calor lo rescata y ya no queda
ni un resto de amor propio, vano y terco.

Y podrías decirme: «Cada hora
es un regalo amable de la vida.
Apenas si un recuerdo es lo pasado;
Lo futuro imposible es conocerlo.
Sentí miedo en la hora del crepúsculo,
pero al caer la noche alegre estaba.

Por eso, haz como yo: mira el presente,
Míralo con prudencia y nada aplaces.
Corre alegre a su encuentro, a los trabajos
entrégate del todo y al amor,
que así serás el centro donde estés,
como un niño obstinado e invencible.»

Puedes hablar así --me decía yo--
porque algún dios te concedió su gracia
y todo el que disfruta tu presencia
se siente un elegido de los dioses.
Pero si alguna vez de ti me apartan,
¿de qué me servirá tu buen consejo?

Pues bien, ya ahora estoy lejos. ¿Qué he de hacer?
No lo sé, la verdad. Y eso que sobran
motivos de belleza alrededor.
Pero más me deprimen que me alientan.
Una nostalgia me envenena el alma
y tan sólo en llorar hallo consuelo.

Que brote el llanto, pues, aunque las lágrimas
nunca lo que arde dentro apagarán.
Con aparente calma me desgarran
vida y muerte mi pecho sin descanso.
Yerbas habrá que el cuerpo curen, pero
no para un alma que no espera nada.

Si su imagen me falta, ¿qué haré yo?
Recrearla mil veces, bondadosa
o esquiva, y entregada, y vacilante,
llena de luz, de oscuridad cubierta.
Pero este ir y venir, confuso y vano,
¿podrá sanarme acaso de mi mal?

* * *

Dejadme aquí, mis fieles camaradas,
al borde del camino, entre las rocas.
Seguid vosotros descubriendo el mundo,
la vastedad del cielo y de la tierra.
Atentos a sus mínimos detalles,
desvelaréis secretos y misterios.

Que el mundo y yo caminos diferentes
seguiremos, por más que un día los dioses
su elegido me hicieran. Pero hoy
a prueba me pusieron, y el regalo
envenenado de Pandora tuve.
Unos labios besé, que me rechazan;
dulce veneno con que me han matado
.

Traducción de Enrique Baltanás.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un poema maravilloso, sería bueno haber citado quién hizo la traducción.

Anónimo dijo...

La traducción ripiosa del "motto", que Goethe tomó de su propio "Torquato Tasso", me parece delictiva. En alemán dice algo así: "Y si el ser humano enmudece en su tormento, un dios me concedió a mí expresar cuánto sufro". Sospecho que Goethe quería referirse al "dios" de la poesía, y no a un milagrito de la virgen.