miércoles, 19 de noviembre de 2008

Momentos estelares de la Humanidad


Esta misma mañana hemos terminado de comentar en el club de lectura los últimos capítulos de los Momentos estelares de la humanidad, del escritor austriaco Stefan Zweig. Personalmente, reconozco que éste libro que me ha sorprendido y satisfecho por igual, y por lo mismo recomiendo a cualquiera que tenga interés que no dude en leérselo. Stefan Zweig no era historiador, pero bien podía haberlo sido, por la rigurosidad y apasionamiento con que describe tanto los acontecimientos como a los protagonistas de éstos, que él considera los momentos cumbre de la Historia de la Humanidad. Sobre todo cabe destacar la maestría con que penetra en los aspectos más introspectivos de la psicología de personajes del calibre y la complejidad de Cicerón, Händel, el capitán Scott, Dostoievsky, Tolstói o Lenin. En este mismo sentido, Zweig cultivó profusamente a lo largo de su vida el género biográfico; y tras la lectura de los Momentos estelares, estoy deseando tener entre mis manos la biografía de Fouché, una de las mejores que sobre cualquier personaje histórico se hayan escrito.

No quisiera entrar en demasiados detalles, pero no me apetece tampoco pasar por alto el peculiar concepto que Stefan Zweig tiene sobre la Historia:

En ese «misterioso taller de Dios», como respetuosamente llamara Goethe a la Historia, gran parte de lo que ocurre es indiferente y trivial. También aquí, como en todos los ámbitos del arte y de la vida, los momentos sublimes, inolvidables, son raros. La mayoría de las veces, en su calidad de cronista se limita a hilvanar, indolente y tenaz, punto por punto, un hecho tras otro en esa inmensa cadena que se extiende a lo largo de miles de años, pues toda crisis necesita un periodo de preparación y todo auténtico acontecimiento, un desarrollo (…). Han de transcurrir millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar de la humanidad.

Si se me permite, apuntaré que no puedo estar de acuerdo con esta afirmación del genial escritor austriaco. Este concepto de historia a trompicones, lo más alejado que uno puede escuchar respecto a las tesis braudelianas, no me acaba de convencer. Es cierto que existen momentos estelares, episodios sublimes que generalmente son los que aparecen consignados en los libros de Historia; pero no creo que en el largo camino de la Humanidad se pueda hablar de horas inútiles… La Historia Social y sus derivados nos enseñaron hace mucho tiempo que ningún suceso ni ningún sujeto, por insignificantes que parezcan, desempeñan un papel anónimo o aislado en el gran engranaje de la historia humana. No es necesidad, como señalaban los griegos, sino más bien azar, pero en ese continuo rodar de los dados por el tapete intervienen tantos factores como estrellas quedan en el universo, y si cambiase una sólo de las variables de la ecuación el resultado sería radicalmente distinto. Por eso mismo, todo acontecimiento y todo sujeto tienen la misma importancia a los ojos de la Historia, lo mismo el emperador que el siervo, al igual una cruenta batalla que cien años de paz… sin unos ni otros la historia no avanzaría, no existiría progreso. Los momentos que más llaman la atención del espectador no son más que espejismos que quizá --en esto le doy la razón a Zweig--, nos ayudan a sobrellevar la monotonía, creando modelos en que fijarnos, como Cicerón, o héroes a los que seguir, como el capitán Scott.


A veces me sorprendo a mí mismo. No había vuelto a pensar en cuestiones historiográficas desde aquellos exámenes --horribles, por cierto-- de quinto de carrera. En fin, tampoco quiero que se me caliente el coco… e incluso va a parecer que quisiera destripar al bueno de Zweig. En todo caso, es preciso tener en cuenta el contexto en que se escribió este libro --la Europa de entreguerras-- y las motivaciones del autor: Stefan Zweig era un entusiasta admirador de la dignidad humana y de la cultura occidental. Precisamente cuando el empuje arrollador del fascismo amenazaba con aniquilarlas para siempre, Zweig consideró que no tenía sentido seguir viviendo y se suicidó junto a su joven esposa. Afortunadamente, esta vez sí, se equivocó…

Para terminar, y resumiendo, me quedo con lo que alguien ha dicho sobre Stefan Zweig: que su pluma más bien parece un escalpelo. Como muestra, este otro párrafo, del comienzo del capítulo dedicado a la batalla de Waterloo. Me parece bastante significativo e incluso llego a encontrarle cierta actualidad ¿Por qué será?:

El destino impulsa a los poderosos y a los violentos. Durante años se convierte en el esclavo servil y sumiso de un solo hombre --César, Alejandro Magno, Napoleón--, pues ama al hombre elemental, que se asemeja a él, incontenible elemento. Pero a veces, en contadísimas ocasiones a lo largo de todos los tiempos, llevado por un peregrino humor se echa a los pies de algún indolente. A veces, y éstos son los momentos más asombrosos en la historia universal, el hilo de la fatalidad cae durante una fracción de segundo en unas manos por completo incompetentes. Ante el embate de la responsabilidad, que les introduce de lleno en el heroico juego de fuerzas cósmicas, tales hombres, más que afortunados, se sienten estremecidos, y casi siempre dejan que el destino que les ha caído encima se les escape entre las manos temblorosas. Sólo muy rara vez alguno de ellos, enérgico, enaltece la ocasión y con ella a sí mismo. Pues tan sólo por un segundo se entrega lo grande al insignificante. Y al que desaprovecha ese momento, jamás le concede una segunda oportunidad.