viernes, 13 de junio de 2008

La ermita de San Antonio

A propósito de la onomástica que hoy se celebra, aprovecho para hablar de la ermita de San Antonio, que se encuentra en el Barrio Judío de la ciudad monumental y, desgraciadamente, sigue pasando desapercibida no sólo a los ojos de bastantes visitantes, sino también de algún que otro cacereño de los que se intitulan «de toda la vida». Conocida como ermita de San Antonio de la Quebrada o del Barrio, muchos investigadores continúan insistiendo en que fue edificada sobre una antigua sinagoga. Lo cierto es que la primera noticia de que antes de iglesia pudo haber sido tal no la encontramos hasta 1858, cuando entre los papeles de la cofradía del santo se dice lo siguiente: Que en el año de mil cuatrocientos setenta, el honrado caballero Alonso Golfín, de esta vecindad, con intención que se dijo concederles el Ilmo. Sr. Obispo de esta Diócesis, hizo construir a sus expensas la referida hermita, sobre una casa de su propiedad que hubo sido sinagoga de judíos (…).

No cabe duda de que la construcción de la ermita fue patrocinada por Alonso Golfín, señor de Torre Arias, el mismo en cuya casa se alojaron los Reyes Católicos, las veces que visitaron nuestra ciudad. Sin embargo, nada nos asegura que su emplazamiento fuese el mismo que el de la antigua sinagoga; ya que por esta fecha de 1470, la mayor parte de la aljama cacereña se habría trasladado en torno a la calle Ríos Verdes y los portales de la Plaza, y sabemos, esta vez sí de seguro, que la sinagoga se encontraba en la calle de la Cruz, en el edificio donde hoy se celebran las bodas civiles.


Dejando de lado estas aclaraciones, la ermita de San Antonio fue profundamente reformada a partir de 1661, cuando en las mandas testamentarias del portugués Francisco Díaz Suárez, vecino de Portalegre, se destina un dinero para construir la cúpula sobre el altar y cubrir con bóveda el resto de la nave. Seguramente hasta entonces la ermita había tenido una humilde cubierta de madera.


El tamaño del edificio es más bien modesto, el propio de una pequeña iglesia de sencillo aire popular sin demasiadas pretensiones. De planta rectangular, la construcción es toda de mampostería enlucida y encalada, como el resto de casas que se encuentran a su alrededor. Se diferencia, como hemos dicho, por la cubierta con bóvedas latericias de arista y la cúpula de media naranja que remata la cabecera. La puerta de entrada se encuentra situada en un extremo lateral: es adintelada y sobre la misma hay un azulejo del siglo XVIII e inspiración portuguesa, con una simpática representación de San Antonio de Padua.


Unas escaleras permiten el acceso al interior de la ermita, cuya planta se encuentra por debajo del nivel del suelo. A la entrada le precede un pórtico con tres arcos de medio punto, aunque irregulares, que se sostienen sobre dos pilastras de sillares, en la parte delantera, y sobre el muro de la ermita, en la trasera. Se cubre con una bóveda de cañón con dos lunetos, nuevamente encalada. El tejado es a tres aguas y en él encontramos una espadaña muy sencilla, con frontón triangular, y dos pequeñas linternas coronadas en cúpula.

En interior destaca el altar barroco, modificado a principios del siglo XX, cuando se le añadieron dos cuerpos laterales, en los que podemos ver sendos grupos escultóricos, La Sagrada Familia y El Bautismo de Cristo, también de inicios de dicha centuria, característicos de la imaginería de los talleres de Olot (Gerona). La parte original de retablo tiene un solo cuerpo, enmarcado por dos columnas adornadas con rocallas. Lo remata un ático con una hornacina, donde hay una imagen del arcángel San Miguel, y sobre ella un broche vegetal en el que se observan las azucenas simbólicas de San Antonio. También son originales los aletones de estilo rococó que flanquean este ático.


El retablo es obra del tallista cacereño José González, que nada tiene que ver con el salmantino Luis González, que unas décadas antes había trabajado en los retablos del cercano convento de San Pablo (1734) y la ermita de la Soledad (1730). El que nos ocupa estaba terminado en 1767 y sustituyó a otro más antiguo. En palabras de Tomás Pulido, «el retablo es una modesta obra de carpintería artística y por poco interés que tuviese el antiguo, seguramente sería hoy más importante por sus pinturas o tallas por muy restaurado que estuviese». La obra importó 2.300 reales, a los que hay que añadir otros 2.000 del dorado.

La imagen del santo con el niño en brazos, de aceptable calidad, fue adquirida en 1765 en Salamanca e importó 1.023 reales. En 1975 la ermita fue de nuevo restaurada y abierta al culto. Hasta hace unos años, la ermitaña vivía en una habitación a la que se entra por una puerta situada a la derecha del altar, y que creo debe tener acceso a un patio adosado a la muralla. La ermita también contó con su propia cofradía, devota del milagroso santo nacido en Lisboa, y que al menos hasta finales del siglo XIX debió existir, según atestigua la documentación de algunos protocolos notariales y de la propia cofradía, que se conserva en el Archivo Histórico de la Diócesis. Por último, es preciso mencionar que este santuario fue donde primero se estableció en Cáceres la institución del pan de los pobres y, en 1900, la Asociación de la Pía Unión de San Antonio.

Bibliografía:
- Publio Hurtado: La parroquia de San Mateo de Cáceres y sus agregados. Cáceres: [s.n.], [1918] (La Minerva). Pág. 113.
- Tomás Pulido y Pulido: Datos para la Historia Artística Cacereña. Cáceres: Institución Cultural «El Brocense», 1980. Págs. 195-197.
- Mª del Mar Lozano Bartolozzi: El desarrollo urbanístico de Cáceres (siglos XVI-XIX). Cáceres: Univ. de Extremadura, 1980. Págs. 167-168.
- Antonio Bueno Flores: Cáceres: conjunto monumental. Madrid: García-Plata, 1990. Págs. 77-78.
- Tomás Pulido y Pulido: Notas para la Historia de Cáceres. Cáceres: Institución Cultural «El Brocense», 1991. Págs. 21-22.
- José María Martínez Díaz: «El retablo mayor de la ermita de San Antonio de Padua (Cáceres)», Alcántara: revista del Seminario de Estudios Cacereños, nº 27, 1992, págs. 85-96.
- Alonso J. R. Corrales Gaitán: Ermitas cacerenses. Cáceres: Cámara Oficial de Comercio e Industria, 1998. Págs. 57-58.
- Florencio-Javier García Mogollón: Los Monumentos Religiosos de Cáceres, Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Cáceres: Ayuntamiento de Cáceres, 2005. Págs. 77-78.
- José Antonio Ramos Rubio: «La judería de Cáceres», Raíces: revista judía de cultura, nº 64, 2005, pág. 82.
- Francisco Acedo: «Donde las niñas buscaban novio», El Periódico Extremadura, 5 de febrero de 2006.
- Antonio Bueno Flores: Cáceres: historia escrita en piedra. Badajoz: Asamblea de Extremadura, 2006. Págs. 75-80.
- Fernando Jiménez Berrocal: Las huellas de Sefarad en Cáceres. Cáceres: Ayuntamiento de Cáceres, 2008.