lunes, 19 de mayo de 2008

Crónica de la batalla de La Albuera

El 16 de mayo de 1811, tropas francesas provenientes de Sevilla y dirigidas por el mariscal Soult se aproximaban a la ciudad de Badajoz con el propósito de romper el cerco al que los aliados la sometían desde hacía apenas una semana. Pero antes de que pudieran atisbar las murallas que se yerguen sobre el Guadiana, el mariscal Beresford reunió un contingente de tropas españolas, británicas y portuguesas que salieron al encuentro de los franceses, plantándoles cara en los llanos que rodean La Albuera.

Las fuerzas españolas estaban al mando del general Joaquín Blake, quien contaba con la inestimable compañía del general Castaños, el héroe de Bailén. En total, el ejército aliado lo componían unos 14.600 españoles, 10.000 británicos y 10.000 portugueses. Frente a ellos, las fuerzas de Soult, aunque menores en número (sumaban unos 24.200 hombres), superaban a sus enemigos en habilidad táctica y experiencia en el combate.


La batalla comenzó cuando Soult lanzó en un ataque frontal sobre el pueblo a cuatro compañías de ulanos --los temidos jinetes lanceros polacos--, que cruzaron el río y sembraron el caos entre las filas aliadas. Pero esta primera embestida no era más que una estratagema para desviar la atención de los aliados, mientras el grueso del ejército francés se desplazaba hacia el sur con la intención de acometer una maniobra envolvente sobre su adversario.

Sin embargo, el coronel alemán Bertold Schepeler, que años atrás había combatido a las órdenes de Soult y ahora formaba parte del ejército aliado, advirtió las intenciones del mariscal francés y hubo tiempo suficiente para movilizar las tropas que pudieran repeler el ataque. A partir de entonces todo se complica y ambos ejércitos entablan una dura batalla, sucediéndose toda una serie de maniobras que no entro a detallar, por no aburrir. La lluvia y el granizo hacen acto de presencia, dificultando aún más la acción de soldados y jinetes, que tienen que combatir empapados y manchados de barro hasta las trancas. Con la niebla y el humo de la pólvora, la visibilidad se hace casi imposible, y en más de una ocasión tanto aliados como franceses no se percatan de que están disparando contra sus propias filas. El 57º Regimiento de Línea británico es aniquilado, y cuando su comandante, el coronel Inglis, es herido de muerte y le retiraban del campo de batalla, aún le quedan fuerzas para gritar: Die hard! Die hard! («¡Morid peleando!»). Desde entonces, a los miembros de este regimiento se les conocería como the diehards.

El mariscal Jean de Dieu Soult (1769-1851)

Las bajas para ambos contendientes fueron inasumibles: más de 13.000 entre muertos y heridos, lo que hace que esta batalla sea una de las más sangrientas de la Guerra de la Independencia. Los campos de La Albuera quedaron repletos de cadáveres sin enterrar. Ambos ejércitos se adjudicaron la victoria, aunque en tales circunstancias ni unos ni otros podrían presumir de ella. Se puede considerar que los aliados obtuvieron una victoria táctica, ya que Soult dio marcha atrás y regresó a Sevilla; pero poco después británicos, españoles y portugueses tuvieron que abandonar el asedio de Badajoz, que no pudo ser tomada hasta un año después, cuando el mismo general Wellington se presentó ante sus puertas.

Marshal Beresford disarming a Polish lancer at the Battle of Albuera, de T. Sutherland (1831). Beresford estuvo a punto de ser derribado por un ulano polaco, al que derribó un granadero de la escolta del mariscal.

Ayer, como todos los años, el pueblo de La Albuera revivió las horas trágicas de aquella batalla. Las tropas de Soult y Beresford volvieron a batirse frente al puente, los lanceros polacos sembaron el terror entre las filas aliadas y los cañones retumbaron contra las formaciones de los regimientos de voluntarios españoles y portugueses. Como ya he comentado en otras ocasiones, a veces las lecciones de historia no se aprenden en los libros, sino que es preciso vivirlas. Ayer fue la ocasión.

El mariscal Beresford, supongo, acompañado de su señora y un lacayo.

Oficial de gastadores.

El autor de este blog junto a las veteranas tropas de la Grande Armée y una portuguesa con bigote dispuesta a que le pidiera matrimonio.

¿El general Castaños?

Granaderos del Ejército Imperial.

Las tropas invasoras del mariscal Soult.

Regimiento de Dragones del ejército de Su Majestad.

Las tropas británicas desfilan por las calles de La Albuera.

Las descargas de la artillería provoca estragos en las filas enemigas.

Batería aliada.

Un voluntario catalán acompaña a una pareja de cazadores afanados en hacer blanco.

Fusilero escocés cargando su arma.

Infantería de línea británica.

El autor de este blog junto a algunos oficiales del ejército aliado. El primero por la izquierda es Daren Norris, descendiente Thomas Norris, un británico que combatió en La Albuera con el 57th Foot Regiment (Middlesex Regiment).

El coronel William Inglis al frente del 57º Regimiento Middlesex.

Tropas francesas y aliadas toman posiciones en el campo de batalla.

Tropas españolas con un estandarte donde declaran luchar por el rei Fernando VIIº. Así nos ha ido siempre, tomando por redentor al soplagaitas más inepto.

La Cruz de San Andrés, enseña de los antiguos Tercios, ondea orgullosa sobre los campos de La Albuera.

La niebla y el humo provoca momentos de confusión entre ambos ejércitos, que desorientados llegan a disparar contra sus propias filas.

La Guardia Valona cruza el puente al encuentro del invasor francés.

Fusileros del 23º Regimiento Royal Welch.

La artillería francesa trata de despejar el puente.

La insolencia de los gabachos se pasea sobre los cadáveres de los soldados aliados caídos en la batalla.



La carnicería ha sido igual para ambos bandos. Y para el incauto que se viera envuelto en el fuego cruzado...

Confraternizando con los supervivientes de la batalla.

sábado, 17 de mayo de 2008

La caverna


La película de la semana: "Nosferatu"

Servidor ha de reconocer que tiene aficiones un tanto extrañas. Una de ellas es ver películas de cine mudo. Aunque no lo parezca, tiene sus ventajas; como no hay que estar pendiente de los diálogos, puedes fijar la atención en otros detalles y se aprende mucho más de cinematografía, se aprecian mejor las escenas, los encuadres, las luces… Siento una especial predilección por el cine del expresionismo alemán, pero no os voy a dar la chapa hablando ahora de esta corriente, que se desarrolla fundamentalmente en la década de los veinte del pasado siglo, ni voy a comentar una por una cada una de las películas, ni referirme a sus directores. Sólo digo que, entre todos, declaro mi más profunda admiración por la filmografía de Fritz Lang, quien antes de emigrar a EE.UU., huyendo de la persecución de los nazis, había llevado a la cumbre al movimiento expresionista en el cine. En otra ocasión quizá elija una de sus películas para comentarla con más profundidad y detenimiento.

Para hoy tenía pensado traer otro clásico de esta etapa: el Nosferatu, de Friedrich Wilhelm Murnau. Se trata de la primera adaptación cinematográfica de Drácula, lo que sucede es que Murnau no consiguió comprar los derechos de la novela y, por eso, decidió cambiarle el título a la película por el de Nosferatu, que en rumano viene a significar algo así como vampiro o no muerto. Aún con todo, la viuda de Bram Stoker le empaquetó una demanda y finalmente le ganó el juicio a Murnau por haberse apropiado indebidamente de los derechos de autor.


La interpretación de Max Schreck, el actor que encarna al Conde Drácula --aunque aquí se le llama Conde Orlok, por lo que antes he dicho--, es a todas luces magnífica. Según se rumoreaba, Schreck era realmente un vampiro, e incluso se llegó a decir que el director F.W. Murnau le había pagado para que en la escena final de la película le mordiera de verdad en el cuello a la protagonista. Schreck en alemán significa «susto», por eso muchos críticos piensan que esta leyenda no es más que una de las primeras estrategias de marketing en el mundo del cine, y quien en realidad estaba detrás de la caracterizacion del Conde Orlok no era sino el actor Alfred Abel, que ya sin seudónimo alcanzó cierto éxito actuando en otras películas de Fritz Lang, como El doctor Mabuse (1922) y Metrópolis (1927). Por otra parte, la leyenda sirvió de inspiración para la película La sombra del vampiro, de E. Elias Merhige (2000), en donde se narra esta versión fantástica del rodaje de Nosferatu.

Dejando a un lado la leyenda y las anécdotas del rodaje, Nosferatu es una de las películas más representativas del expresionismo alemán, y en ella se pueden encontrar muchas de las características que lo definieron: el contraste de luces y sombras, la acentuación de los planos, una escenografía casi teatral, la alternancia brusca de ritmos narrativos, la interpretación sobreactuada…

He encontrado una versión integra de la película, así que si esta tarde de sábado no sabéis muy bien qué hacer, os propongo que le echéis un vistazo y después me contáis.

miércoles, 14 de mayo de 2008

La muerte del teniente Ruiz

Viendo la exposición sobre el 2 de Mayo en Madrid, de la que ya he hablado y que se encuentra en el centro Arte Canal, en la Plaza de Castilla, me enteré que el teniente Ruiz, el héroe de Monteleón, había fallecido en la provincia de Cáceres, concretamente en Trujillo.

Jacinto Ruiz y Mendoza (Ceuta, 1779Trujillo, 1809) era teniente de infantería y el 2 de mayo de 1808 se encontraba convaleciente de unas fiebres. Al enterarse de que el pueblo madrileño se había levantado en armas contra el invasor, saltó de la cama y se dirigió al cercano cuartel de Monteleón, donde los capitanes Pedro Velarde y Luis Daoíz habían repartido el poco armamento con el que contaban entre la población civil y a duras penas conseguían mantener a raya a los franceses, sólo con la ayuda de unos cuantos cañones.

Defensa del parque de artillería de Monteleón, obra de Joaquín Sorolla.

El teniente Ruiz fue herido en un brazo, pero tras ser curado, inmediatamente se reincorporó a la lucha. Caídos Daoíz y Velarde, cuando ya todo parecía perdido, Jacinto Ruiz se hizo cargo de la última y desperada defensa del cuartel. Finalmente una bala le atravesó el pecho, pero antes de que los franceses pudieran capturarle y cumplir con las órdenes que Murat les había dado, que eran las de fusilar a todos los defensores que hubieran quedado con vida, sus compañeros consiguieron sacarle allí y le condujeron hasta su domicilio. El doctor don José Rives trató de curarle las heridas, pero en vista de que el enemigo no tardaría en encontrarle, aquella misma noche preparó su huida de Madrid.

Tras un periplo del que poco se conoce, durante el que el teniente Ruiz, gravemente herido, ha de eludir constantemente los controles franceses, llega a Badajoz, ciudad que por el momento no estaba controlada por el invasor y donde además cuenta con la hospitalidad de su tío, el teniente coronel Juan Cebollino, al mando del regimiento de esta plaza. Allí se incorpora a la Guardia Valona y, en reconocimiento a su heroísmo, es ascendido a teniente coronel. Pero sus heridas, lejos de cicatrizar no hacen sino empeorar su maltrecho estado de salud.

Estatua del teniente Ruiz en la Plaza del Rey, Madrid (obra de Mariano Benlliure, 1891)

Quizá buscando un lugar donde poder reposar y recuperarse de las heridas, Jacinto Ruiz se traslada a Trujillo en compañía de su tío. Pero cada vez alberga menos esperanzas y el 11 de marzo de 1809 otorga testamento militar, donde hace declaración de sus bienes, entre los que se encuentran una cantidad de dinero en efectivo, un reloj de plata, unas espuelas y dos cubiertos del mismo metal, dos sortijas de oro, una maleta, varias prendas de vestir, tres pistolas y un caballo con los arreos de montar.

Dos días después fallecía sin haber cumplido los treinta años. Se le dio sepultura en la parroquia de San Martín, y en este lugar estuvo su sepultura hasta que, en junio de 1823, sus cenizas fueron trasladadas a Cádiz junto con las de Daoíz y Velarde, para ser colocadas en un monumento en la catedral.


Fuentes:
- J. Muñoz Maldonado:
«La Guerra de la Independencia en Extremadura. Efemérides de julio, 1808: el teniente Ruiz en Badajoz», Revista de Extremadura, X, nº 7, julio 1908; págs. 289-295.
- A. Baeza Herrazti (ed.): Jacinto Ruiz, hijo de Ceuta, héroe de España. Ceuta: Caja de Ahorros y Monte de Piedad, 1983.
- A. Sotelo Azorín: «Jacinto Ruiz Mendoza», Boletín de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, nº 8-9, 1987-1988, págs. 41-53.
- J. A. Ramos Rubio: «El testamento del Teniente Coronel de los Reales Ejércitos Jacinto Ruiz de Mendoza. Vida y hechos de un héroe» , XXII Coloquios Históricos de Extremadura. Homenaje a frey Nicolás de Ovando, comendador mayor de la orden de Alcántara y primer gobernador de Indias (Trujillo, 1993). Cáceres: Junta de Extremadura, 1996; págs. 427-432.
- J. Lozano Ramos y J. Luengo Blázquez: «Trujillo durante la Guerra de la Independencia y su intervención en ella», XXIII Coloquios Históricos de Extremadura. Homenaje a Luis Chamizo, poeta extremeño, en el primer centenario de su nacimiento (Trujillo, 1994). Cáceres: Institución Cultural «El Brocense», 1997; págs. 203-218.
- S. Nadales Zayas, «Retrato del teniente Jacinto Ruiz Mendoza», Militaria: Revista de Cultura Militar, nº 16, 2002, págs. 83-85.
- J. A. Ramos Rubio: «El teniente coronel de los reales ejércitos Jacinto Ruiz de Mendoza, vida y hechos de un héroe», Anales de la Real Academia de Doctores, vol. 8, nº 2, 2004; págs. 39-44.
- Idem: «Homenaje al Teniente Coronel de los Reales Ejércitos Jacinto Ruiz de Mendoza, natural de Ceuta», Ceuta en los siglos XIX y XX. Ceuta: Instituto de Estudios Ceutíes, 2004; págs. 423-430.

Comunicado después del atentado


Juan Manuel Piñuel, descanse en paz. Nosotros no lo haremos hasta ver a tus asesinos entre rejas.

Niños de papá

Como ya conté en su momento, el anterior fin de semana estuve en Madrid, compartiendo unos días con mis amigos. El viernes por la noche fuimos a una discoteca por la zona de Princesa. Entre baile y baile me entraron ganas de ir al servicio y, cuando abrí la puerta, me encontré a un tío de Vigo profiriendo insultos y emprendiéndola a golpes con los lavabos y los urinarios. El pobre parecía fuera de sí, con la mandíbula desencajada y los ojos inyectados en sangre. Traté que se calmara. Agotado y jadeando como un perro, se limpió el sudor con el trozo de papel higiénico que le había alcanzado. Le pregunté qué le sucedía, a qué venía tanto alboroto… Indignado, aunque con acento gallego, me comentó que también había venido a pasar el puente a Madrid, pero que se había dado cuenta que en la capital del reino era imposible ligar. Todo lo contrario que en Galicia. (En este punto no sé si puedo darle la razón porque, desgraciadamente, nunca he estado en Galicia; a pesar que mi novia es genéticamente mitad gallega).

El de Vigo decía que en la Villa y Corte era imposible comerse un rosco. Me confesó que las mujeres sólo se fijaban en uno si «eras hijo de un torero» o si les mentía con «que tienes fincas y ganado». Por un momento me quedé asombrado, pero luego recapacité y le comenté que aquello me resultaba familiar, que de donde yo venía, aunque las mujeres, creo, que se fijan en otras cosas, sí es cierto que si deseas progresar es conveniente que seas un niño de papá (o de mamá).

Cuestión de fe

«El astrónomo jefe del Vaticano dice que se puede creer en Dios y en los extrarrestres» (El País, 13 de mayo de 2008)

Pues me quita un peso de encima… estaba pensando en consultarlo con mi confesor.

martes, 13 de mayo de 2008

Simbología fálica

En el último número del boletín Foro, que edita el Consorcio de la ciudad monumental de Mérida, se da noticia del hallazgo en el transcurso de unas obras que se vienen realizando en la calle Publio Carisio, de un bloque de granito semicircular que pudo haber servido de guardacantos, es decir, de «elemento protector de las esquinas de los edificios frente al tráfico rodado de las vías públicas». La singularidad de esta pieza estriba en que presenta tallado un miembro viril en uno de sus lados.

Las representaciones fálicas estaban muy extendidas en el mundo romano, y en Mérida hay múltiples ejemplos de ellas. Ahora mismo recuerdo un relieve parecido al que se acaba de localizar, en el lienzo de muralla hay en la zona de Morerías. Aparte, los penes también aparecen en objetos de bisutería, como colgantes y anillos, que se pueden ver en cualquier museo.

La simbología fálica tenía un sentido protector --apotropaico, que le llamarían los antropólogos--, y, por lo general, se piensa que «se vinculaba a la protección sobre las influencias negativas que podía provocar el mal de ojo». Sin embargo, en Pompeya también se han encontrado representaciones parecidas a ésta de Mérida, en los muros adyacentes a vías públicas, por lo que algún ingenioso ha interpretado que podría tratarse de una especie de indicador que señalara el camino hacia el prostíbulo más cercano.

Representación de un miembro masculino en un ladrillo encontrado en Pompeya. Le acompaña la inscripción HIC · HABITAT / FELICITAS

La justicia de San Martín

En cierta ocasión, hace ya muchos años, me presentaron a un tipo un tanto singular. Recuerdo que era una de esas personas afables, con los que apetece compartir una sobremesa, por la cantidad de anécdotas y el repertorio de chistes que tenía para contar. No me acuerdo de su nombre, ni tampoco por qué motivo le conocí. De todos modos, como he dicho, yo no debía tener más de doce años. Este señor me parece que era novelista, traductor… o algo parecido, y creo recordar que vivía en Mallorca.

Lo único que mi memoria se ha encargado de actualizar recurrentemente fue algo que le escuché contar y, aparte de porque me pareció una historia salida de una película de Woody Allen, ha sido algo sobre lo que cada cierto tiempo he venido reflexionando. Decía este señor que, al cumplir los cuarenta, cuando ya llevaba su tiempo casado, con los hijos medio criados, su empleo asegurado… --vamos, que tenía la vida resuelta--, no se le ocurrió otra cosa que coger el coche y recorrer el país de cabo a rabo, tratando de localizar y visitando una a una a todas aquellas personas que consideraba que años atrás le habían hecho pasarla canutas o, en un momento determinado, le habían jugado alguna muy gorda. Así que allá marchó el hombre, dispuesto a encontrarse al cura de su pueblo, el mismo que reservaba para sí el vino de misa y a él, cuando era un niño, le había castigado en varios ocasiones por sacrílego, por sólo mirar la botella; o aquel profesor, ignorante como los de antaño, que a base de pescozones y suspensos trataba de disimular su propio fracaso en la vida; o al sargento de la mili, representante de un estirpe antiheroica y arrogante, que la escasez de condecoraciones y medallas las suplía con la abundancia de almorranas en el culo.

Nuestro hombre, una vez que concertaba una cita con alguno de estos personajes, que en algún caso ya serían venerables ancianos, con amabilidad y una delicadeza exquisita, les explicaba que en determinado momento de su vida le habían jodido pero bien jodido y, aunque no les guardaba rencor, sólo quería manifestarles lo que pensaba de ellos: que eran unos hijos de la gran puta. Y ahí quedaba la cosa. Con la autoridad que proporciona la edad y la experiencia, y sin tener que deberle nada a sus interlocutores, este señor se quedó la mar de desahogado.

Debo reconocer que a veces he tenido la tentación de hacer lo mismo, eso sí, una vez que hubiera cumplido una edad prudencial y, como el colega, no tuviese ya nada que perder. Aunque, la verdad, estos son otros tiempos y tampoco me he encontrado por la vida con nadie a quien le haya visto un especial interés en fastidiarme, ni mucho menos en hundirme. Lo típico, algún envidioso o ese tipo de personas inseguras o insatisfechas que hallan su razón de ser en tener que quedar siempre por encima de los demás. En definitiva, nadie que merezca ni mi tiempo ni parte de mi ingenio. Además, tampoco vale la pena estar acordándote siempre de esta gente, ni planear nada en contra, porque precisamente por como son, ellos mismos se la acaban buscando. Como diría el refrán castellano, a cada cerdo le llega su San Martín.

100 entradas

Parecía imposible. Pero aún sigo aquí. Sin desfallecer por el camino, gracias a un poco de disciplina aderezada con ilusión, que es lo último que se puede perder, he ido cumpliendo el objetivo que me propuse hace unos tres meses. Y ahora me veo escribiendo mi entrada número cien. Lo cierto es que en este tiempo he sentido cómo la necesidad de escribir iba creciendo, a veces era tal que he llegado a descuidar otras obligaciones… Es extraño, pero se ha convertido casi en una rutina, este intento, a veces desesperado, de querer expresarme de la manera que mejor buenamente pueda, ya sea dando mi opinión sobre una película, hablando de los personajes de la serie Roma o, incluso, atreviéndome a analizar la actualidad, de mi ciudad, del mundo, de todo lo que me rodea...

Yo mismo no salgo de mi asombro. Me parece sorprendente que, sólo en el mes de abril, esta página haya recibido nada menos que novecientas noventa visitas. La media diaria viene siendo de unas treinta visitas, lo que no está nada mal. Me pregunto qué interés puede tener mucho de lo que escribo, cuando me doy cuenta que la mayoría de las veces son divagaciones de almohada o datos históricos que importan a muy pocos. De todas maneras, si sigo adelante es en parte porque me siento arropado por quienes diariamente son capaces de perder unos minutos de su tiempo para entrar en el blog. Por eso le quería dar las gracias a mi padre, a mi hermana, mi novia, y demás familia natural y política; a mis amigos, los que me siguen desde la capital del reino, a mis compañeros de facultad…; a los que participan con sus comentarios y a los que prefieren conservar el anonimato, a mis paisanos, y a mis hermanos del otro lado del charco… al que cada mañana me lee desde Caracas, al que se conecta desde California, al otro de Navas del Madroño, al de Torremejía… A todos, gracias. Nos seguiremos viendo, y espero no defraudaros.

Por cierto, la próxima semana hablaremos del Gobierno.

sábado, 10 de mayo de 2008

Mayo del 68

A veces pienso en que me hubiera gustado nacer cuarenta años antes. Algunos acontecimientos me quedan muy lejanos, tanto que incluso mis padres eran unos niños cuando sucedieron. Pero a veces he pensado que de haber nacido cuarenta años antes, me hubiera gustado estar presente, primero en las protestas estudiantiles de mayo del 68, y después en la revolución de los claveles en Portugal.

En el fondo tendré que resignarme y sentirme afortunado por haber nacido el mismo año que la selección española le empaquetó doce goles a Malta. De venir al mundo unas décadas antes, tengo por seguro que me habría llevado ostias hasta en el cielo de la boca. Uno que no se puede quedar callado, aunque antes a los que no se limitaban a verlas venir les llamaban inconformistas.


De haber vivido la primavera del 68, seguramente estuviese entre los que se encaramaron a los tanques en las calles de Praga; los que arrancaban adoquines en Saint-Denis, con la esperanza de encontrar debajo alguna playa; o corriendo delante de los grises por los pasillos de la Complutense --pues por aquel entonces en Extremadura ni siquiera había universidad--, y puede que hasta yo fuera el descerebrado que les tirara a la cara un crucifijo.

Aquellas jornadas gloriosas fueron para haberlas vivido. De nada sirven que nos cuenten lo que pasó. Sobre todo porque de la ilusión que entonces estalló no nos queda nada. Otra cosa son las ideas, con las que algún que otro freak podemos seguir comulgando. En un graffiti pintado en París durante aquellos días se podía leer: «Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas». Y así sucedió. Aunque creo que precisamente no cavaron las suyas propias, sino las de sus hijos.


Los héroes del 68, los líderes estudiantiles, aquellos rebeldes sin remedio, pertenecen a una generación que, próximos a la jubilación, tienen la vida resuelta. Después de cuestionar la sociedad, de poner el Estado patas arriba y levantar barricadas, hoy en su mayoría se sienten cómodos en sus cargos políticos, sus cátedras de universidad y enfundados en sus trajes de burgueses satisfechos. Mientras tanto, los que nacimos con la vista puesta en la televisión y los dedos pegados a los mandos de una videoconsola, miramos al futuro con indiferencia, sin necesidad de trastocar ni conseguir nada, porque para cambiar de canal ya existe el mando a distancia.


Los motivos para transformar el mundo son los mismos ahora que en mayo del 68, pero nos faltan los huevos que nuestros padres tuvieron, o quizá es que éstos nos pesan demasiado. Aunque, la verdad, si después de hacer la revolución me veo encumbrado a lo más alto de escala política y social, a lo mejor me lo pensaba dos veces. Como rezaba otro graffiti de aquella época, «no quiero un mundo donde la garantía de no morir de hambre supone el riesgo de morir de aburrimiento».


Por ahora, del mayo del 68 me quedo con frases lapidarias como esta otra: «En una sociedad que ha abolido toda aventura, la única aventura que resta es abolir la sociedad»; también con las niñas en minifalda, con lo que nos quedó dicho Luther King, con la música de Simon y Garfunkel... En aquel mes de mayo, seguramente habría estado arrojando adoquines al ritmo de esta canción:



Para despedirme, permitidme hacerlo con otro epitafio: «Tomemos en serio la revolución, pero no nos tomemos en serio a nosotros mismos». Y, por supuesto, aunque para alguno le resulte tópico...

Junta Patriótica de Cáceres

Seguimos conmemorando el bicentenario del levantamiento popular en contra de Napoleón, y por ello a continuación describo la composición de la Junta Patriótica que se constituyó para la defensa y gobierno del partido de Cáceres mientras duró la invasión francesa.

- D. Francisco Martínez de Leyva, regente de la Real Audiencia de Extremadura (presidente).
- D. Vicente Fita, fiscal de S.M. en la Audiencia.
- D. Álvaro Gómez Becerra, abogado y corregidor de la villa de Cáceres.
- D. Cayetano Golfín, conde de Torre-Arias y regidor perpetuo del Ayuntamiento de Cáceres.
- D. Vicente de Ovando y Perero, marqués de Ovando y regidor perpetuo.
- D. Vicente de Aponte, marqués de Torreorgaz y regidor perpetuo.
- D. Joaquín Cabrera, vizconde de la Torre de Albarragena y regidor perpetuo.
- D. Joaquín Ovando y Adorno, regidor perpetuo y comandante de la Milicia Honrada de la villa.
- D. Miguel de Ovando y Rivera, regidor perpetuo.
- D. Joaquín de Ovando y Ulloa, regidor perpetuo.
- D. Pedro Maderuelo y Ojalvo, diputado del Común.
- D. Gonzalo María Rincón, cura de la parroquia de Santa María y vicario.
- D. Esteban Carrancio, relator de la Audiencia.
- D. Jacinto Hurtado, abogado y diputado del Común.
- D. José Getino Campomanes, abogado y procurador personero del Ayuntamiento.
- D. Antonio Fernández del Castillo, abogado.
- D. Marcos Benito Hernández.
- D. Benito García Pavón, presbítero.
- D. Tomás Muñoz de San Pedro, administrador de la Real Gracia del Excusado.
- D. José García Carrasco, procurador y recaudador de Bulas.
- D. Juan Alavet, escribano de número y secretario del Ayuntamiento.
- D. Miguel de Diego Grande.
- D. José Segura y Soler, comerciante.
- D. Vicente Esteve y Alemany, abogado.
- D. Felipe Bosch.
- D. Juan Bruno y Fernández, mayordomo del conde de Torre-Arias.
- D. Joaquín Montoya, abogado.
- D. Joaquín Samaniego, comerciante.
- D. José Rodríguez Hurtado, administrador del duque de Abrantes.
- D. Andrés Rega de San Juan, abogado.
- D. Cristóbal Arróñiz, empleado en las oficinas del Resguardo.
- D. Juan Maestre, cirujano y administrador del conde de Cervellón.
- D. Leando Frontaura.
- D. Cándido Martín de Castejón.
- D. Vicente Ramos.
- D. Claudio Constanzo, oficial mayor de la escribanía de Cámara de Villegas y anticuario.
- D. Manuel Antonio Sanabria, escribano.
- D. Alejo Falagiani, escribano.
- D. Pedro Pérez Ortega, escribano.
- Sr. Lucas Paredes, labrador.
- Sr. Juan Vinagre, labrador.
- D. Francisco Donis, escribano.
- D. Fernando López.

Fuente: P. Hurtado: Recuerdos cacereños del siglo XIX. Sevilla: [s.n.], 2000. Pág. 73.

D. Álvaro Gómez Becerra (1772-1855), abogado y corregidor de la villa. Político liberal, fue diputado en Cortes en 1822, magistrado del Tribunal Supremo, ministro de Gracia y Justicia en los gobiernos de Mendizábal, presidente de las Cortes Constituyentes de 1836 y presidente del Consejo de Ministros en 1843.

viernes, 9 de mayo de 2008

Día de Europa

La última vez que gané un concurso literario fue en 1º de BUP. También es verdad que desde entonces no me había vuelto a presentar a ninguno. Lo de hoy no ha sido más que una mención especial y un cheque de 50 € para gastarme en libros. No está mal para volver a empezar. Me pregunto si acaso esto de escribir no es más que una consecuencia de estar en el paro, de poder centrarme no en el trabajo ni en los estudios, sino sólo en lo que a mí me interesa, pero a los demás le da igual. No tengo vocación de nada, pero a quién no le gustaría ganarse la vida escribiendo… y leyendo. Uno de los motivos por los que decidí estudiar Historia, no era porque tuviese mucho interés por el pasado, que también, sino porque desde siempre me ha gustado contar historias… y que me las cuenten.

Hoy se celebraba el Día de Europa y un grupo de voluntarios europeos --un día de estos me apunto a un bombardeo-- hemos organizado una serie de actividades para los alumnos del I.E.S. García Téllez, todo relacionado con el diálogo intercultural y demás. Luego ha venido la alcaldesa y, tras pronunciar su discurso, hizo entrega de los premios de los concursos de dibujo y relato corto, éste último al que me presenté hace unos meses.

El autor de este blog recibe una mención especial en el I Certamen Europa 2007 de relato breve, en presencia de la señora alcaldesa y el concejal de Innovación y e-Gobierno. La postura recuerda bastante a la de Justino de Nassau en el cuadro Las lanzas de Velázquez.

La película de la semana: "La fiesta"

Por lo general no me gusta el cine español, salvo honrosas excepciones. Sin embargo, siento una especial debilidad por las películas de bajo presupuesto. En este caso se trata de la película española que menos dinero puede haber costado --sólo 6.000 €-- y en cambio consiguió una aceptación bastante digna, no tanto entre la crítica como por parte del público. La fórmula para cosechar tal milagro era sencilla: contar una historia cotidiana, sin demasiados miramientos ni preocuparse en tejer un elaborado guión ni una artificiosa interpretación. Y, como en la vida misma, el humor ya estaba asegurado.

Seguramente quien la vea no sea capaz de distinguirla de un episodio de cualquier serie de sobremesa para adolescentes, o quizá piense que se trate de un experimento posmoderno más de cine alternativo; sin embargo, he tratado de entenderla del mismo modo que los realistas del siglo XIX escribían sus novelas o pintaban sus cuadros, para conseguir una reproducción fiel y exacta de la realidad. En este caso el retrato es de la sociedad juvenil de principios del siglo XXI. No intenta reflejar a una minoría, sino los distintos perfiles que, por ejemplo, se reúnen en una fiesta de un piso de estudiantes; y, ni mucho menos, trata de establecer críticas ni juicios de valor. Ésta es la diferencia, a lo mejor, con otras películas de hace ya bastantes años, como Historias del Kronen, que no obstante aprovecho también para recomendarla.

jueves, 8 de mayo de 2008

La Ribera del Marco


Ayer por la tarde estuve en la presentación del libro La cacereña Ribera del Marco, escrito por mi estimado Fernando Jiménez Berrocal, director del Archivo Histórico Municipal, el arquitecto Agustín Pedro Flores Alcántara y el historiador del arte Juan Carlos Martín Borreguero. Durante los últimos años se ha venido hablando mucho sobre la Ribera del Marco, ese espacio tan próximo a nuestra ciudad, tanto que forma parte de ella, y del que muchos cacereños lo desconocemos casi todo. Por eso era necesario una obra como esta, una especie de enciclopedia sobre la Ribera, que nos permita saber de qué estamos tratando y a partir de ahí discernir qué planes son los que consideramos más adecuados para conservar en un futuro este entorno tan singular.

Es cierto que en los últimos años se han cometido muchos atropellos, yo los que más conozco son los que atañen al patrimonio arqueológico, pero también los ha habido de tipo urbanístico, medioambiental… Pero prefiero callarme, además en el libro vienen recogidos de manera sincera muchos de estos atentados, algunos de cuyos efectos son ya irremediables. Pero aparte, este volumen recopila un importante acervo documental y fotográfico, difícil de localizar en algunos casos, por tratarse de una zona tan restringida espacialmente, pero que nos proporcionan datos de un gran interés y curiosidad que nos van a permitir conocer y apreciar aún más los tesoros que todavía esconde la Ribera, paisaje de muchos de mis paseos y escenario de alguno de mis anhelos.

Personalmente el libro me va a venir al pelo, pues a medida que lo vaya leyendo con detenimiento, seguramente me inspire más de una idea sobre la que escribir en este blog. Mi más reconocida enhorabuena para los autores, en especial para Fernando, quien en estos días tanto nos está ayudando a Cecilia y a mí en el aciago trabajo de bucear en los libros de acuerdos y actas municipales.

Dos de mayo en Iraq

Rebuscando entre mis recortes de artículos de Arturo Pérez-Reverte, he encontrado éste que publicó hace ya seis años en El Semanal, pero que creo que viene al pelo para seguir tratando lo mismo que en las últimas entradas: la conmemoración del 2 de Mayo y la Guerra de la Independencia.

A ver si les suena esta bonita y edificante historia. Ocurrió hace ciento noventa y cuatro años, tal día como hoy. El Imperio de turno quería exportar democracia y, de paso, dirigir el orden mundial. Sus marines eran tropas entrenadas e invencibles. En España gobernaba un macarra que había conseguido el poder calzándose a la reina, y a lo que este individuo aspiraba era a que el Bush de entonces le diera palmaditas en la espalda, plas, plas, y dijera cuánto aprecio a mi amigo Manolo. Lo que no sabía el pringadillo era que el otro tenía intención de fumigárselo a él y a la monarquía reinante, poner en el trono a un pariente y dotar a esta caverna de analfabetos supersticiosos de una Constitución que modernizara la cosa. Entonces el Emperador, tras reunirse con sus asesores en el despacho oval correspondiente, decidió meter aquí a sus marines. A esos animales, dijo, los vamos a modernizar por cojones. Y al que no quiera ser libre, lo obligaremos a serlo. Primero lo hizo con tacto, pero al final se lió la de Dios es Cristo. Antes todo eso venía en los libros de Historia --lo llamábamos Dos de Mayo--, aunque ahora ya ni sale. Las sublevaciones patrióticas no son políticamente correctas. Además, a quién puede aprovecharle estudiar batallitas, dijeron un par de ministros llamados Maravall y Solana --el de Sarajevo, la OTAN y el dieciseisavo--. La Historia, como el resto de las Humanidades, traumatiza mucho a la juventud. Ese yugo y esas flechas fascistas. Ese Cid xenófobo y asesino de magrebíes que pasaba mucho de las oenegés. Para hablar por teléfono móvil no hace falta saber quiénes fueron los almogávares y las almogávaras.

Volviendo a lo que les contaba y a las tropas del Emperador, el caso es que la gente de Madrid se sublevó. Como en Faluya, fíjense. Qué cosas. Los marines ocuparon España sin tener ni puta idea del avispero en el que se metían. Eso del progreso y el libre pensamiento les sentaba como un tiro a los imanes de aquí, o sea, a los curas. Se les iba el control. Así que se remangaron las sotanas y se pusieron a calentar a la gente desde las mezquitas locales, que en España --donde a Dios se le enfoca desde otro punto de vista-- suelen llamarse iglesias. A eso añadamos la torpeza de los marines, su chulería, su ignorancia, su falta de respeto a las costumbres locales, su desconocimiento de la visceralidad elemental de una España variopinta que degüella o vota con los huevos antes que con la cabeza. Y claro. Primero se echaron a la calle los que nada tenían que perder: gentuza de los barrios bajos, lumis, chulos, mendigos. A degollar marines gabachos y ver de paso qué podían sacar del barullo. Los otros, por su parte, empezaron a dar cargas de caballería y a fusilar gente. Acción, reacción, ya saben. Con todo eso se hicieron después manuales de lucha revolucionaria.

Y se lió la intifada. A los españoles liberales, llamados afrancesados, los arrastraron por las calles, ofcourse. Al final, hasta los que creían en las mismas cosas en que creían los invasores, la libertad y el progreso, se vieron obligados a elegir: estar de parte de quienes mataban a sus vecinos y amigos, o pelear. Los que tenían sangre en las venas hicieron de tripas corazón, uniéndose a partidas de guerrilleros mandadas por curas e integradas por analfabetos. Si quieren saber cómo fue, miren los cuadros de Goya o los grabados de los Desastres de la Guerra. Esos ojos enloquecidos por la desesperación y el odio, esas navajas, esos franceses despedazados colgados de los árboles. Enemigos de España, enemigos de Dios. Figúrense. Quienes se estremecen ante las fotos de americanos y extranjeros linchados en Iraq, cual si fuera originalidad inesperada --«¿Cómo puede un ser humano hacerle eso a otro?», preguntaba un bobo en la tele--, deberían echar un vistazo a esa memoria que nos escamotean los ministros imbéciles. La foto que hace un mes fue primera plana en los diarios, aquel despojo humano colgado del puente en Faluya, es idéntica a los grabados que Goya tomó aquí del natural. A los españoles que hacían eso, los marines gabachos los llamaban terroristas. Aquí los llamamos resistentes o guerrilleros. Da igual. Eran, sobre todo, fuerzas ciegas en manos de los de siempre: los que manipulan el fanatismo, la incultura, la estupidez; los emperadores arrogantes, los imanes radicales, los curas fanáticos y los tiñalpas que los secundan. Pero eso no es lo peor. Lo terrible es que desde el grabado de Goya hasta la foto del despojo colgado en Iraq no hemos aprendido nada.

miércoles, 7 de mayo de 2008

¡Larga vida al choricero!

Me paso todo el fin de semana en Madrid, celebrando el 2 de mayo, y cuando llego a casa me encuentro con la siguiente noticia:

«Una representación del PP de Badajoz lleva flores a la tumba de Manuel Godoy en París»

En primer lugar, hay que reconocer que el Partido Popular no está atravesando uno de sus mejores momentos. En segundo, como historiador no me gusta valorar, mucho menos en lo personal, a determinados personajes importantes de la Historia de nuestro país. No por respeto hacia nadie, sino porque uno no se puede considerar experto ni en todas las materias ni en cada una de las etapas históricas, y además ya existen suficientes profesionales que se encargan de escribir documentadas y rigurosas biografías. Aunque me supongo que estos señores que se fueron de excursión a París han debido leer más bien poco sobre el que en su día llamaron el Príncipe de la Paz. Una vez más, me da la sensación que estamos ante un nuevo episodio de historia contrafactual.

Recientes estudios, de los que a continuación indicaré algunos títulos, han tratado de rehabilitar la figura y la memoria de Manuel Godoy, presentándolo como un hombre ilustrado, promotor de las ciencias, las letras, el arte… y no como el cazurro mentecato que la historiografía tradicional se había encargado de difundir. Sin embargo, es mi opinión, la torpeza política del valido de Carlos IV, más interesado en su propia promoción y en conservar el poder a toda costa, en detrimento de los intereses del país y la monarquía, nos llevaron --y le llevaron-- a vivir episodios tan lamentables como la derrota de Trafalgar, el Motín de Aranjuez o la invasión napoleónica. Pero como antes he dicho, yo no quiero ser el crítico que que se arriesgue a meter la pata, por eso a continuación transcribo parte de un artículo de Arturo Pérez-Reverte, que, sin duda, sabe captar con refinada precisión qué papel desempeñaron determinados personajes de la Historia de nuestro país y en qué contexto deberíamos valorarlos, sobre todo teniendo en cuenta a las imponentes personalidades que sobresalieron en otras naciones, frente a las que las nuestras nos les llegaban ni a la altura de la suela de la bota.

Mientras Francia tenía a Fouché y a Talleyrand, Austria a Metternich e Inglaterra a Pitt, España tuvo a Godoy, príncipe de la Paz y ministro universal, cuyo mérito principal --Trafalgar e invasión napoleónica aparte-- consistió en hacerle la pelota al rey y calzarse a una reina más golfa que María Martillo. Y a continuación, para rematar el paisaje, vino un vil zurullo llamado Fernando VII, con el canónigo Escóiquiz apuntándole al oído a quién tenía que encarcelar y a quién tenía que fusilar. Quiero decir con esto que, hasta en el reparto de malvados, a los españoles nos tocaron siempre los desechos de tienta y los mierdas sin remedio. Aquí, hasta para mentir, robar, manipular, nuestros hombres públicos fueron --y lo siguen siendo--, salvo contadas e ilustres excepciones, bajunos, mediocres, torpes, y a menudo analfabetos de cultura kleenex sin clase ni luces.


Breve bibliografía sobre Manuel Godoy:
- C. Pereyra: Cartas confidenciales de la reina María Luisa y de don Manuel de Godoy. Madrid: M. Aguilar, 1935.
- Carlos Seco Serrano: Godoy: el hombre y el político. Madrid: Espasa Calpe, 1978.
- I. Rose-de Viejo, E. la Parra López y E. Giménez López: La imagen de Manuel Godoy. Badajoz: Editora Regional de Extremadura, 2001.
- E. la Parra López y M. A. Melón Jiménez (coords.): Manuel Godoy y la Ilustración. Mérida: Editora Regional de Extremadura, 2001.
- E. la Parra López: Manuel Godoy: la aventura del poder. Barcelona: Tusquets, 2002.
- M. A. Melón Jiménez, E. la Parra López y F. T. Pérez: Manuel Godoy y su tiempo. Mérida: Editora Regional de Extremadura, 2003.
- E. Rúspoli (ed.): Memorias de Godoy. Madrid: La Esfera de los Libros, 2008.

lunes, 5 de mayo de 2008

Crónica madrileña del 2 de mayo

Me he dado cuenta de que aunque me pase una semana sin escribir nada, el blog sigue recibiendo visitas. Una de dos: a la peña le gusta releer las entradas, o acaso hay quien tiene como rutina entrar en mi página cada mañana al encender el ordenador, esperando impaciente que ese día haya escrito algo. Seguramente os sorprenda y estaréis diciendo: «Vaya, este tío viene sobrado después del puente». Pues sí, vengo sobrado. Aunque, bromas aparte, realmente me pregunto si hay alguien a quién le interesa lo que escribo en este blog. Ya tendré tiempo de meditar sobre ello.

Ahora vamos al grano. Esta introducción con tono fanfarrón se me ha ocurrido porque de lo que hoy toca hablar es de la conmemoración de la revuelta del 2 de mayo en Madrid, cuando el pueblo se levantó en armas para darle su merecido al ejército del mayor fanfarrón de la Historia: Napoleón Bonaparte.


Para celebrar tan señalada fecha, el miércoles cogí el tren y a eso de las ocho de la tarde me había plantado en Atocha. No era cuestión de comenzar con excesos el largo puente que se avecinaba, aunque las buenas intenciones pocas veces se cumplen. Así que allá nos fuimos, y para qué contaros… Habíamos quedado con una amiga que acababa de llegar de Londres, y que se presentó con su flamante novio inglés. Ya no nos faltó entretenimiento en toda la noche, nos lo llevamos de un sitio a otro, sin que faltara a probar la leche de pantera del Chapandaz, y estuvimos recordando a sir Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, y las palizas que ingleses, portugueses y españoles, fundamentalmente, les propinamos a los franceses en Talavera, La Albuera, Arapiles, Vitoria


A la mañana siguiente, lógicamente nos levantamos tarde. Así nos ahorramos desayunar. Fuimos directamente a comer en bufet oriental donde te preparan la comida al wok. De camino, pasé por los túneles de la M-30, una prodigiosa obra de ingeniería digna de visitar. En el transcurso de la sobremesa estuvimos perfilando un proyecto empresarial que, quién sabe, pensamos que tendría un éxito seguro. Como la idea es demasiado buena, no doy más detalles, sólo puedo decir que todo surgió con unas toallitas perfumadas de esas que reparten para que te limpies los dedos después de comer.

La digestión fue un poco pesada, así que nos quedamos reposando en casa hasta eso de las ocho. Luego fuimos al barrio de Lavapiés, no a nada raro, sino a ver una representación teatral. Aunque exactamente no podríamos decir que se tratara de una función al uso. Aquí la valía de los actores no se medía en su capacidad para interpretar un personaje como Hamlet, sino en su destreza para improvisar, para salir airosos de los apuros. Eso que tanto miedo provoca a la mayoría de los actores, era el motivo en torno al que se desarrolla Deprisa y Corriendo, un espectáculo que aprovecho para recomendar a todo el que tenga ocasión de pasarse por la Sala Mirador de Madrid. Como he dicho, en el barrio de Lavapiés, concretamente en la calle Doctor Fourquet. Actuaba una chica de Cáceres, y tanto ella como sus compañeros nos hicieron sentir dolor de barriga de la risa que pasamos.


Una vez más, cenamos copiosamente y como señores, y después pusimos rumbo al barrio de Malasaña, para celebrar lo que habíamos venido a celebrar: el 2 de mayo. Como muchos sabréis, el barrio se encuentra donde antes estuvo el parque de artillería de Monteleón, en el que aquella jornada heroica un grupo heterogéneo de chisperos, artesanos… con los capitanes Daoiz y Velarde, y el teniente Ruiz a la cabeza, resistieron hasta tres veces las embestidas de los franceses, que no tuvieron agallas para pisotear el orgullo de los madrileños sino después de muertos. La zona recibe su nombre de Manolita Malasaña, una chiquilla de quince años que estuvo ayudando a su padre, llevándole la pólvora que necesitaba para el trabuco, y que murió alcanzada por una bala de los gabachos.


No nos encontramos con ningún francés en la Plaza del 2 de Mayo, en cambio lo que sí había era mucha policía. Mientras que los chisperos y las manolas de antaño habían sido sustituidos por yonkis, fumaos y demás calaña posmoderna. Esta vez sí, nos fuimos tempranito a acostar, no más allá de las cinco, para poder aprovechar el día siguiente.


El viernes me acompañó Felipe a ver la exposición Un pueblo, una nación. El 2 de mayo en Madrid, en el centro cultural del Canal de Isabel II, en la Plaza de Castilla. Impresionante, no me caben palabras para describirla. Además, es para verla, por eso sólo os animo a que, si podéis, le hagáis una visita. Después de haber estado trabajando durante un año en un museo, algo entiendo del tema, por eso creo que es perfecta, desde todos los puntos de vista… Se nota que detrás anda la mano de Pérez-Reverte, aunque seguro que el mérito es compartido. Una pena que se tratase de una exposición temporal, porque podría funcionar perfectamente como un gran centro de interpretación de la Guerra de la Independencia. Reitero mi recomendación: estáis a tiempo porque dura hasta septiembre.


Querría haber visto el espectáculo que la Fura dels Baus tenía preparado en torno a la Plaza de la Cibeles, pero me dijeron que estaba imposible llegar hasta allí. Así que me tuve que conformar con verlo por la televisión, y aquí os traigo un video de alguien que sí tuvo la suerte de asisitir en directo.




Por la noche, como era nuestra intención, hubo fiesta. Primera en la maravillosa terraza con vistas al último vestigio que la memoria histórica no ha podido borrar: el hospital militar Generalísimo Franco. No es recomendable mirar hacia allá con más de dos cubatas, porque os aseguro que se ven fantasmas. Después continuamos hasta altas horas escuchando la discografía al uso en cualquier otro sitio. Por cierto, he descubierto que si hablas en otro idioma, determinado tipo de gente parece que te toma más en serio.

El sábado madrugamos: a las dos estábamos en la Plaza Mayor metiéndonos un bocata de calamares entre pecho y espalda. Y a las tres --puntualidad británica, oiga--, en el Prado, para ver la exposición sobre Goya. Allá fuimos con Alberto, una víctima de la LOGSE, como tantos otros de su generación, que era la primera vez que pisaba la pinacoteca --y me dirá: «¿qué es eso?»--. Al pasar por delante de Las lanzas de Velázquez, sorprendido pensó que se trataba de los 300.

Por si no lo he dicho, Goya es mi pintor preferido. Por eso siempre que puedo me paso por el Prado para admirar sus cuadros, sus dibujos y sus grabados. Ahora había que ir a ver la reciente restauración de los lienzos que conmemoraban la fecha en la que estábamos. La exposición, aunque titulada Goya en tiempos de guerra, no era más que una sucesión de sus obras más importantes, de todas las épocas y sin que muchas tuvieran nada que ver con el conflicto bélico. La verdad es que no entendí muy bien el sentido ni la distribución del recorrido, pero disfruté como siempre con las pinturas del de Fuendetodos.


Aprovechamos también para ver la ampliación del Prado, ya que contaba con la inestimable compañía de dos futuros arquitectos. Moneo siempre me ha impresionado, aunque le veo un poco repetitivo en todo lo que hace. Luego también estuvimos paseando por la recién estrenada sede de Caixa Forum. En ambos casos, me parecieron geniales desde el punto de vista estético, pero enseguida te percatas de graves errores que hacen a estos magníficos edificios muy poco funcionales y hasta incómodos, tanto para quien los visita como quien trabaja en ellos.


Después de habernos saciado con tanta cultura, nos entró la sed. Y he aquí que comenzó nuestro peregrinar. Primero estuvimos en un hawaiano en la Plaza de Santa Ana, después en otro sitio donde fabricaban su propia cerveza --muy rica, por cierto--, para acabar en un clásico, bebiendo sangría en las Cuevas de Sésamo, también por la zona de Sol.

La ocasión lo merecía, no siempre vamos a poder celebrar el bicentenario de la serie de derrotas que le infringimos a la Grande Armée. Así que después de cenar continuó la fiesta. Primero en la terraza y después en un sitio de esos a los que uno piensa que no va a ir en la vida. Pues sí, estuve en Kapital. Me cobraron quince eurazos por entrar, así que pienso que estuve bailando toda la noche rodeado de los hijos de los narcotraficantes más famosos de Sudamérica, de los dictadores más sanguinarios de África o de los políticos y presidentes de corporaciones empresariales de nuestro país. Es una suposición nada más, uno que es muy prejuicioso. Quien sí estaba por allí era Juan el Golosina, aunque el primo Pedro, acostumbrado a confundir el nombre de la gente, se empeñara en llamarme Antonio.


El domingo no dio para mucho. Me hubiera gustado despedirme de don Leopoldo Calvo Sotelo, pero también había cola para entrar en la capilla ardiente. De todas maneras, me quedó con el emocionado recuerdo del que, de haber estado más tiempo, habría sido el mejor presidente de la democracia española. No conseguí pillar un autobús hasta las nueve de la noche. De estación en estación, acabé devorando en las revistas de Historia lo que aún no había aprendido en este fin de semana sobre la Guerra de la Independencia. He pretendido resumirlo todo lo más que he podido, por eso durante estos días a lo mejor sigo desgranando detalles, no tanto festivos como culturales, sobre este emocionante puente del 2 de mayo.


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