lunes, 1 de septiembre de 2008

El sepulcro de Francisco de Vargas Figueroa

El jueves pasado, en el escueto apartado de una noticia, el periódico dio a conocer un nuevo e interesante descubrimiento en el casco antiguo de Cáceres. Según el diario, en el transcurso de las obras que actualmente se ejecutan en la iglesia de San Francisco Javier, para adecuarla e instalar en ella un centro de interpretación de la Semana Santa, se ha descubierto, o mejor dicho, han localizado el sepulcro de Francisco de Vargas y Figueroa, el noble cacereño que cedió los terrenos y gran parte de su patrimonio para la construcción de dicha iglesia y el establecimiento en la ciudad de la orden jesuita.

La ocasión es propicia, por tanto, para que comentemos brevemente quién fue este personaje y cómo intermedió para que los jesuitas se asentaran en Cáceres. Francisco de Vargas y Figueroa (1638-1698) era el hijo primogénito de Diego García de Vargas y Figueroa (1602-1682), señor de Mayoralguillo, y de Catalina de Aponte y Zúñiga (1606-1646). Por ser el mayor de sus cinco hermanos, le correspondió heredar todas las propiedades y bienes raíces de la familia, lo que no era poco, pues estamos hablando de uno de los linajes principales de Cáceres en el siglo XVII. Pero Francisco de Vargas decidió profesar los votos eclesiásticos e ingresar en la orden jesuita, con lo cual iba a morir sin descendencia, y por ello, a su iniciativa y generosidad, se le debe el establecimiento en Cáceres de la Compañía de Jesús, que más tarde construiría la iglesia de San Francisco Javier y el colegio-seminario.


En 1665 había llegado a Cáceres el padre Tirso González de Zantolla, para tratar con la municipalidad el asentamiento en la ciudad de la orden y la construcción de un colegio donde sus religiosos pudiesen impartir la enseñanza. Pero se encontró con la oposición de los dominicos y franciscanos, que recelaban de que la llegada de los jesuitas pudiese restarles influencia e ingresos en el negocio de la salvación de las almas. No obstante, las principales dificultades para que los jesuitas se establecieran en la ciudad eran encontrar unos terrenos apropiados para construir el colegio y una iglesia, y los medios económicos necesarios para acometer la obra.

Pasaron todavía algunos años hasta que, pocos días antes de morir, concretamente el 2 de octubre de 1698, Francisco de Vargas y Figueroa firmó su testamento a favor de la Compañía de Jesús, a la que instituía heredera universal de todos sus bienes, tanto libres como vinculados, con la condición de que fundasen en Cáceres un colegio y una iglesia bajo la advocación de San Francisco Javier, y que una vez terminada, se llevaran a ella sus huesos. Las cláusulas de este testamento también establecían que el patronato de esta fundación recaería en el Ayuntamiento cacereño.

Pero todavía tendría que transcurrir medio siglo, nada menos, para que los jesuitas pudiesen ver terminada su iglesia y su colegio. La inauguración tuvo lugar el 3 de octubre de 1755, aniversario de la muerte de su fundador. Sin embargo, como todos sabemos, pocos años después, en 1767, los jesuitas fueron expulsados del país, y por lo tanto fue muy poco el tiempo que pudieron disfrutar de su estancia en Cáceres, dedicándose fundamentalmente a la enseñanza, un beneficio del que la ciudad se vería privado, aunque tampoco sería la última vez.

Los restos mortales de Francisco de Vargas y Figueroa fueron sepultados, en un primer momento, en la iglesia de Santa María, hasta que al fin estuvo acabado el nuevo templo y fueron trasladados a la cripta, que no albergaría ningún otro enterramiento más que el suyo, ya que en doce años no dio tiempo a que falleciese ningún otro sacerdote de la orden. Desconozco cómo puede ser el citado sepulcro, que acaba de ser redescubierto. Sólo me consta que en él está inscrito el siguiente epitafio, y es posible que aparezcan labrados los escudos de la familia del fundador.

AʠVI YACE EL YL· Rº
S· D· FRAN.º UARGAS I FI
GVEROA FVNDADOR Ð
ESTE COLLº Ð LA COMPª Ð
JHS MVRIO A 3 Ð OCE
AÑO Ð 1698

Vargas: En campo de plata, tres fajas ondeadas de azur.
Figueroa: En campo de oro, cinco hojas de higuera de sinople puestas en soluter.
Aponte: En campo de azur, un puente de piedra de cuatro ojos, sobre un río y derrumbado por la mitad. Encima del puente, a la derecha, un lobo de sable, de cuyas fauces parte la leyenda «mal paso»; y, a la izquierda, una torre.
Zúñiga: En campo de plata, una banda de sable, y puesta en orla, brochante sobre el todo, una cadena de oro de ocho eslabones.

Cáceres es una ciudad que no deja de sorprendernos, y aunque para algunos el tiempo de encontrar tesoros escondidos queda bastante lejano, lo cierto es que como en esta ocasión, todavía queda mucho por descubrir y que estudiar. Precisamente, aunque aún no ha aparecido publicado en la prensa, y puede que no trascienda, hace pocos días me informaron de otro interesante descubrimiento, del que seguramente dé más detalles en breve… así que permaneced atentos.

Fuentes:
- P. Hurtado: Ayuntamiento y familias cacerenses. Cáceres: [s.n.], [1918] (Tip. Luciano Jiménez Merino); págs. 857-858.
- J. M. Lodo de Mayoralgo: Viejos linajes de Cáceres. Cáceres: Caja de Ahorros y Monte de Piedad, 1971; págs. 103-104.
- A. Rubio Rojas: Cáceres, ciudad histórico-artística. Cáceres: [s.n.], 1985; págs. 96-100.
- F. J. García Mogollón: Los monumentos religiosos de Cáceres, Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Cáceres: Excmo. Ayto. de Cáceres, 2005; págs. 54-57.
- F. Acedo: «La Compañía», El Periódico Extremadura, 31 de julio de 2005.
- A. Bueno Flores: Cáceres, historia escrita en piedra. [Badajoz]: Asamblea de Extremadura, 2006; págs. 110-112.
- F. Acedo: «Campos señoriales», El Periódico Extremadura, 11 de febrero de 2007.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Grazie per questo post meraviglioso. Ammirando il tempo e l'impegno che mettete nel vostro blog e dettagliate informazioni vi offrono.