sábado, 22 de marzo de 2008

Cincinato

Ya he hablado en otra ocasión de la exposición que estos días se puede visitar en el Museo de Cáceres y que rememora sus 75 años de historia en la Casa de las Veletas. Al final del recorrido de la exposición podemos ver en una pantalla una recreación virtual de cómo era una sala del Museo en los años cincuenta. Llama la atención que las vitrinas, repletas de piezas arqueológicas de la índole más variada, se mezclaran con cuadros colgados de las paredes, también de muy distintas épocas. Si nos fijamos bien, podemos comprobar que algunos de esos cuadros ya no se encuentran en el Museo: unos están expuestos hoy día en la Casa Pedrilla, pues son propiedad de la Diputación, mientras que otros se corresponden con depósitos que en su día realizó el Museo del Prado, pero que a mediados de los ochenta se devolvieron a la pinacoteca, ya que existían dificultades para garantizar su perfecta seguridad y conservación.

Uno de estos cuadros es el siguiente, una obra maestra del neoclasicismo español, que sorprende que durante tantos años estuviese expuesto en un modesto museo de provincias, sin que hubiese llamado la atención ni de los técnicos del Prado, que autorizaron el depósito, ni de los visitantes del museo, que seguramente desconocían la trascendencia artística de la obra que tenían ante sus ojos.

Juan Antonio Ribera y Fernández (1779-1860)
Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma (c. 1806)
Óleo sobre lienzo (160 x 215 cm.)
Colección Real del Museo del Prado

Juan Antonio Ribera es quizá el pintor más representativo del neoclasicismo español, movimiento que no tuvo un desarrollo muy notable ni llegó a adquirir una identidad propia en nuestro país. Fue discípulo de Francisco Bayeu --el cuñado de Goya--, y muy pronto marchó a París, donde trabajó a las órdenes del mejor maestro que pudo encontrar: Jacques Louis David. De esta etapa parisina parece que puede proceder el cuadro que ahora nos ocupa. Después sería pintor de cámara de Carlos IV, durante el tiempo que a familia real pasó exiliada en Roma, y más tarde lo fue de su hijo, Fernando VII, y de su nieta, Isabel II, ya que gozó de una larga vida, durante la cual trató de mantenerse fiel a los postulados clasicistas, de pureza de las líneas y proporción en las formas, que aprendió en Francia.

El personaje que da título a la obra es quizá uno de mis favoritos de la Historia de Roma. Lucio Quincio Cincinato (519-439 a.C.) fue considerado, además de un héroe de la República, el arquetipo que resumía las principales virtudes romanas: austeridad, integridad moral y genio político y militar. Alcanzó el consulado en el 475 a.C., pero sus continuos desacuerdos con los tribunos de la plebe --algo parecido a los sindicalistas de hoy en día-- le condujeron a acabar aburrido de la vida pública y desencantado con la política. Por ello decidió retirarse al campo para dedicarse a las labores agrícolas, que era lo que en el fondo anhelaba cualquier romano pudiente de la época. Pero la tranquilidad y el sosiego no le duraron mucho al bueno de Cincinato, pues apenas había pasado un año cuando una delegación del Senado fue a buscarle para convencerle de que se hiciera cargo del ejército romano, que a duras penas trataba de impedir la invasión de los ecuos y los volscos. Según se cuenta, Cincinato estaba con las manos en el arado cuando se le presentaron los senadores. Se le otorgaron poderes absolutos y se le nombró dictador, y con esas venció a los invasores en apenas dieciséis días. Después rechazó todos los honores que le ofrecieron tras la victoria y regresó a su finca, donde siguió arando por donde lo había dejado (T. Liv., III, 25-29). Tito Livio nos cuenta que, cuando ya había cumplido los ochenta años, el Senado nombró dictador por segunda vez a Cincinato, en esta ocasión para que hiciera frente a las maquinaciones conspiratorias de Espurio Melio (T. Liv., IV, 13-15). La capital del estado norteamericano de Ohio, Cincinnati, recibe su nombre de este héroe de la Antigüedad, pues su virtud patriótica sirvió de ejemplo e inspiración a los promotores de la independencia de los EEUU.

La exposición «En delicada forma. 75 años del Museo de Cáceres en la Casa de las Veletas» se puede visitar hasta el 13 de abril en la Casa de los Caballos,
de martes a sábados: 9,00 - 14,30
domingos: 10,15 - 14,30
(entrada gratuita)